Teatro por la identidad

Introducción

      ¿Qué es teatro por la identidad teatro por la identidad? surge en el año 2000 como una forma más de lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo en busca de sus nietos. Su tenaz y dolorosa labor permitió que muchos jóvenes se reencontraran con su verdadera historia de vida. Sabemos que la dictadura militar argentina que comenzó el 24 de marzo de 1976 y se extendió hasta la vuelta de la democracia en noviembre de 1983 participó en la desaparición de miles de ciudadanos y el nacimiento en cautiverio de centenares de bebés. Las madres fueron mujeres secuestradas y desaparecidas en cárceles convertidas en campos de concentración a partir de 1976. Madres de Plaza de Mayo y Abuelas comenzaron ese reclamo por el destino de sus hijos y nietos, lo que significó además que hubiera también algunas madres desaparecidas. Desde 1984, han sido recuperados 118 jóvenes robados en estos años. El más reciente es Martín Ogando Montesano, criado como Diego Berestycki, quien en un reportaje para Infobae declaró: “Mi mamá me parió con los ojos vendados arriba de una chapa.” (nota de Agustina Larrea, 1ro de febrero de 2020). Quedan muchos, aunque desconocen su verdadera identidad y sus padres biológicos.
       En 1998 la Sala Penal de la Audiencia Nacional de Madrid Tribunal Superior señalaba que entre 1976 y 1983, pero especialmente los primeros 5 años, se produjo el exterminio masivo de ciudadanos; y se impone un régimen de terror generalizado a través de la muerte, el secuestro, la desaparición forzada de personas y las torturas inferidas con métodos científicos, reducción a la servidumbre, apropiación y sustitución de identidad de niños de los que son víctimas decenas de miles de personas a lo largo y a lo ancho del territorio de la República Argentina; y fuera del mismo, mediante la ayuda y colaboración de otros gobiernos afines que aplicaba o habían aplicado similares métodos de represión como el liderado en Chile por Augusto Pinochet, y los de Paraguay, Uruguay y Bolivia.

Surgimiento

      En 1981 y como antecedente fundamental del Teatro por la Identidad, se crea el Teatro de la Resistencia denominado Teatro Abierto inaugurado el 18 de julio de 1981 en el Teatro del Picadero que funcionó en la cortada Enrique Santos Discépolo entre Lavalle y Corrientes; y constituyó un verdadero suceso sociopolítico de características multitudinarias. Este fenómeno político cultural provocó, a una semana de su inauguración y a manos de un comando de la dictadura, la quema del teatro. Inmediatamente, 20 salas ofrecieron sus instalaciones para que el ciclo pudiera continuar.                                                  Los autores y actores y promotores recibieron la solidaridad de todo su público. El dramaturgo argentino Eduardo Pavlovsky quien integró el Teatro de la Resistencia señala que en nuestro país habían sucedido dos extraordinarios acontecimientos político culturales que, seguramente, formarían parte de la historia del teatro latinoamericano: Teatro Abierto y Teatro por la Identidad. En 2001, Patricia Zangaro escribió la primera obra de Teatro por la Identidad “A propósito de la duda” sobre testimonios de Abuelas de Plaza de Mayo, con puesta en escena y dirección de Daniel Fanego se representó durante todo este año en el Centro Cultural Recoleta. La repercusión de esa obra generó el nacimiento de Teatro por la Identidad. Se realizaban espectáculos simultáneos los lunes en diversas salas de Buenos Aires, y a partir de entonces, nuevos ciclos todos los años hasta la fecha. También en el interior del país. Teatro por la identidad llega a representarse en España Madrid y Barcelona.
        La problemática en torno a la identidad que el ciclo en el principio trató de partir de hechos puntuales relacionados con la dictadura se han ampliado en los últimos años a los fenómenos como la inmigración, las comunidades aborígenes, y a todo lo que significa discriminación u opresión. Muchos grupos teatrales adhirieron a estas temáticas, entre ellos, el grupo Taller Amanecer, el grupo de Teatro Brazo Largo dirigido por Norman Briski, Los Payamédicos y Crear Vale la Pena entre otros.

El espejo

de Mónica Felippa

PERSONAJES:
Lucía 21 años
Alfredo, su abuelo
Amelia, su madre

      Altillo de una casa muy acomodada. A derecha una escalera que va hacia abajo y es el único acceso al lugar. Por una ventana pequeña entra la luz del atardecer.
     Hay un amplio lugar vacío en el centro, y hacia foro un espejo con barra que intenta parecer un estudio de Danza. El espejo no es un enorme espejo de pared, sino un antiguo espejo que ha sido adaptado para este uso. En el piso, algunos almohadones grandes. Atrás una mesa con una caja de cartón sobre ella. La caja está medio abierta y sobre un panel de corcho, fotos pegadas. Dos sillas. Un biombo a un costado. Algunos elementos de baile están desordenados por los muebles (mallas, calentadores, etc.). También hay libros en el mismo estado. Un equipo de música está sonando. Es un aria de ópera: “La wally” de Catalani, cantado por Victoria de los Ángeles. Sentada sobre unos almohadones está Lucia.
      Es una joven de 21 años. Está descalza, lleva una malla de baile y unos calentadores al estilo de bailarina de danza moderna. Una leve falda le cae sobre sus rodillas. Escucha la música con los ojos cerrados. La luz va haciéndose más suave y Lucía comienza a moverse al ritmo de la música. Se levanta y ejecuta una danza bella y dramática. En el curso de la misma se detiene frente al espejo y observa atentamente sus movimientos, que se hacen lentos y profundos. Finalmente se desata girando por todo el ambiente para caer al final sobre el piso. La música hace una pequeña pausa y luego continúa. Lucía levanta la cabeza y respira muy emocionada. Se oye una voz desde abajo.

AMELIA: (OFF) ¿Lucía! Vas a bajar? (Lucía se levanta lentamente. Se detiene frente al espejo.)
AMELIA: (OFF) ¡Lucía! ¡Tenés visitas! (Lucía no contesta. Se acerca al equipo de música y baja lentamente la música.)
AMELIA: (OFF) ¿¡Vas a bajar, Lucía!? (Lucía, por toda respuesta eleva nuevamente la música y cierra los ojos. Mientras ella se encuentra en este estado sube por la escalera Alfredo. Se detiene y la observa con una sonrisa. Es un hombre de 70 años, corpulento y de vestimenta formal, aunque de buen gusto.)
ALFREDO: (SUAVE) Es muy hermosa esa música. (Lucía se da vuelta sobresaltada y apaga rápidamente el grabador.)
LUCÍA: ¡Abuelo! (Se acerca y lo abraza) ¡Qué sorpresa! ¡Viniste! (Es un abrazo largo) Abuelo… abuelo…
ALFREDO: Mi chiquita…
LUCÍA: Disculpame que no bajé… es que estaba… no sabía que eras vos…
ALFREDO: No es nada hijita… no te preocupes… mejor… así conozco tu famoso altillo…
LUCÍA: ¡Qué suerte que viniste…! Te extraño mucho… Y no venís nunca a Buenos Aires…
ALFREDO: ¿Cómo no iba a venir? Es tu cumpleaños. Y tu madre…
LUCÍA: Ah! Mamá te llamó.
ALFREDO: No, Luci, quería estar para tu cumple. (Bromeando) ¡Ya sos mayor de edad!
LUCÍA: ¡Uf! ¡Qué importante…!
ALFREDO: (Se desplaza observando el lugar. Divertido) Mirá que es raro este lugar…
LUCÍA: ¿Por qué raro? No está terminado todavía…
ALFREDO: Este lugar… así tan vacío es para bailar… ¿no? (Se toma de la barra y levanta la pierna) Uno… dos… (Ve las fotos) ¿Y estas fotos?
LUCÍA: Estoy poniendo fotos mías. Van a ir todas en esa pared… así… (Alfredo saca fotos de la caja)
ALFREDO: Mirá… aquí estás a caballo… eras una viejita sin dientes…
LUCÍA: ¿Cómo se llamaba este caballo? no me acuerdo…
ALFREDO: Qué sé yo… Te acordás de Juan, el capataz, el que te enseñó a montar… Falleció hace un mes.
LUCÍA: Claro que me acuerdo… tenía un perro negro que era como su sombra… ¡qué cosa! ¿De qué se murió?
ALFREDO: Un cáncer galopante… Sí. Es una macana. Él sabía todo del campo. El hijo es un tarado. No entiende nada. Un ignorante. Me estoy poniendo viejo y no sé quién se va a ocupar.
LUCÍA: (Sigue con las fotos) En ésta sí que estás joven… Te quedaba bien el uniforme. No hace tanto. Mamá estaba embarazada de mí, así que…
ALFREDO: (Sonriendo)… hace nada más que veintiún años (Los dos ríen. Alfredo se pone serio) Tu hermano tiene ganas de venir un tiempo al campo…
LUCÍA: ¿Gonzalo? ¿Él te lo pidió?
ALFREDO: Ya te dije… Alguien se tiene que hacer cargo…
LUCÍA: Pero… él es abogado… ¿Qué puede hacer ahí? ¿Por qué no me dijo nada?
ALFREDO: Bueno… esto es muy nuevo… Además… vos estás muy ocupada…
LUCÍA: (Junta las fotos y cierra la caja) ¿Ocupada… con qué?
ALFREDO: Con todo esto… el baile… ¿y la facultad? ¿Cómo anda?
LUCÍA: (Le da una foto y se dirige a la escalera) Tomá, Abuelo. Te regalo ésta. Estoy vestida de bailarina de tango. Para tu mesita de luz. ¿Bajamos?… que deben estar por llegar los invitados.
ALFREDO: Yo sé bailar tango… (Se acerca a los compactos que están junto al equipo)
LUCÍA: (Se detiene) ¿No me digas? Nunca lo hubiera imaginado.
ALFREDO: Es de mi época (Busca) ¿No tenés algún tangazo por aquí? No importa. Me canto uno. ¿Venís? (Le extiende la mano)
LUCÍA: Abuelo. (Se le acerca. Sonrisa de oreja a oreja) Te desconozco. (Alfredo tararea algún tango muy famoso mientras garrapatea unos pasos. Ella sí sabe y lo lleva. Final con chan chan!) ¡Bárbaro, abuelo! ¡Muy bien! ¡Te felicito!
ALFREDO: Pasame una silla que ya no estoy para estos trotes… (Mientras se sienta) Este año no diste muchas materias… ¿no? ¿Por dónde andás en la carrera?
LUCÍA: ¿Eh? Empezando segundo año…
ALFREDO: ¿A tu edad? Tendrías que andar por tercero o cuarto…
LUCÍA: (Se pone seria) A vos te llamó mamá, ¿no? Dale, decime. No me voy a enojar.
ALFREDO: Está preocupada, tu madre, y algo de razón tiene…
LUCÍA: ¿Preocupada? ¿Por mí?
ALFREDO: Sí, Lucía… por tu carrera, por tu futuro…
LUCÍA: Por qué, en lugar de preocuparse por mí, no se preocupa por ella que es una infeliz.
ALFREDO: ¡Lucía! ¿Qué forma de hablar es esa? No te voy a permitir que hables así de tu madre.
LUCÍA: Pero es la verdad, abuelo. ¿Podés creer que nunca subió aquí arriba desde que yo me hice el estudio? Está mal conmigo desde que murió papá.
ALFREDO: (Pausa) Ese fue un golpe duro para todos. Ella sufrió mucho… (Se recompone) Pero aquí se trata de vos… ¿Qué vas a hacer de tu vida…? ¿un baile? Como pasatiempo, como diversión está bien… pero mirá a tus primas. Casadas, con hijos, o recibidas… todas avanzan con paso firme… Te recibiste del secundario con el mejor promedio. Vas a la mejor Universidad del país…
LUCÍA: (Yéndose hacia la salida) ¡No los aguanto! No los aguanto, a vos y a mamá con ese discurso del siglo pasado… Dejame en paz abuelo.
ALFREDO: (Se interpone en su camino. Muy firme) ¡Lucía!
LUCÍA: ¡Basta! ¡No nos peleemos!
ALFREDO: (Hace un gran esfuerzo para suavizarse) Por lo menos me merezco que me escuches… ¿no?
LUCÍA: (Respira hondo. Resignada.) ¿A ver?
ALFREDO: (Ahora que lo escuchan no encuentra las palabras. Camina por la habitación. Se sienta. Por un segundo se lo ve agobiado. Luego levanta la mirada.) No es un capricho mío y de tu mamá, nada más. Vos tenés que entender… Ahora tenés toda la juventud encima… la fuerza… pero los años pasan, y es muy importante que vos asegures tu futuro… Y como no te veo con ganas de casarte y tener hijos… me parece que la carrera es el mejor camino… ¡Vos siempre fuiste tan inteligente, Lucía! Puede parecerte que Ciencias económicas no te gusta o que tu facultad es chica y aburrida… pero creeme que ahí sí se estudia de verdad. Si te recibís, yo tengo varios amigos que te darían trabajo enseguida. Podés llegar hasta donde te lo propongas. Pensá en tu papá. Él hubiera estado orgulloso de verte con diploma.
LUCÍA: No metas a papá en esto…
ALFREDO: Cómo no lo voy a meter, Lucía. Tu padre está presente todos los días. Siempre. Nunca tenés que olvidarte de eso. (Se detiene. Baja la cabeza.)
LUCÍA: (Se acerca y le pasa la mano por el hombro) ¿Cómo podés pensar que me voy a olvidar de papá? Hace un montón de años que se murió y todavía me parece sentir el olor a cigarrillo cuando paso por su cuarto… Lo que pasa es que no quiero que tengamos esta discusión absurda. Papá no hubiera dicho nada. Nunca decía nada. A él no le gustaba que mamá me mandara a baile de chiquita, pero no decía nada.
ALFREDO: Tu mamá lo hacía porque quedaba bien… Qué sé yo… esas cosas. “La nena hace baile clásico”. Todas tus amigas iban, pero a ninguna se le ocurrió esta locura de…
LUCÍA: No, abuelo. Vos no sabés nada. Mamá me mandaba porque yo le insistía. Yo quería bailar. Siempre quise bailar. Lloraba cuando no me llevaba. Y eso que mi maestra era… (Se ríe) un desastre… hoy la mataría… lo anti – pedagógico. Un loro que agitaba la varita. Parecía más un compañero tuyo que una profesora de danzas. (Con pasión) Pero yo, abuelo, disfrutaba de cada nota que salía del piano desafinado. Disfrutaba de cada paso nuevo… de cada movimiento… Me llevaba a mundos que yo ni siquiera había imaginado.
ALFREDO: Qué cosa, Lucía. Estoy asombrado… no te reconozco.
LUCÍA: Abuelo: mamá está mal. Muy mal… no me entiende a mí ni se entiende ella. Vos sos distinto. Vos me querés. Vos me vas a ayudar. ¿Nunca tuviste ganas de bailar así porque sí, sin motivo? Olvidarte de todo. Sentir que podés jugar con tu cuerpo… con toda la libertad posible…
ALFREDO: (La abraza. La sienta en sus rodillas) Una vez. Con tu abuela, en Mar del Plata. Estabamos solos no sé por qué. Y salimos a caminar por la rambla. Bajamos a la playa. Era una noche especial. Muy cálida. Caminábamos del brazo. Ella tenía un vestido verde claro. Desde lejos venía una música… de uno de esos hoteles… Entonces Marta se paró. Me alzó los brazos y me pasó los de ella por la cintura. Empezó a bailar despacio. Muy despacio. Yo cerré los ojos y me dejé llevar. Por un momento me olvidé del… (Se detiene)
LUCÍA: ¿De qué abuelo? ¿De qué?
ALFREDO: Del miedo… (Pausa larga. Con mucha intensidad.) Basta Lucía. Basta con todo esto. ¡Basta con la danza! Esto no es para una chica como vos. Vos tenés otros horizontes. Tenés una familia con muchas posibilidades. Nunca te va a faltar nada. Siempre te voy a ayudar. Vos sos mi vida, Lucía. Por ejemplo… ¿Podés venirte al campo conmigo? ¡Eso! Ahí podés… no sé… ocuparte de los animales… ¡que te encantan! Si querés… bueno… dejás la economía… ¡no importa! podés ser veterinaria… o lo que quieras… ¡Todo lo mío es tuyo!
LUCÍA: (Se desprende lentamente mientras escucha y se acerca a la ventana.) ¿Viste como está en flor el Jacarandá? Cuando se le caen las flores hacen en la vereda un colchón celeste. Y la flor se muere. No hablemos más de esto, abuelo.
ALFREDO: (Se levanta y la toma de las manos.) Prometeme… ¡jurame que vas a pensar lo que te dije! ¡Por favor, querida!
LUCÍA: (Se pone frente al espejo. Se mira. Estira el brazo y toca el equipo. Suena otra vez la música. Ella se mueve mínimamente. ) Cuando me miro en el espejo me parece que soy otra. Que crezco. Tengo todo el viento adentro. Mi cuerpo es como un gran ojo abierto. (Baila. Alfredo la mira hierático. En eso sube por la escalera la Madre. Alfredo se sobresalta como si hubiera visto un fantasma. Lucía se detiene.)
ALFREDO: ¡Amelia! (Lucía apaga la música.)
LUCÍA: ¿Qué pasa, mamá?
AMELIA: (Muy contenida) Disculpen… Lucía… acaba de tocar el timbre un chico…
LUCÍA: ¡Ah! ¿Marcelo? (Va hacia la puerta) Lo hiciste pasar… ¿no?
AMELIA: ¡Y… no lo voy a dejar en la calle! (Ella va a salir) ¡Esperá! (La detiene) ¿Ve lo que me hace, Alfredo? ¡Le dije que no quería que invitara a esos chicos!
LUCÍA: (Violenta) ¿Qué tienen de malo? ¡Son mis amigos!
AMELIA: ¡Te lo prohibí!
LUCÍA: Cumplo veintiuno… no sé si te enteraste… no soy una nena.
AMELIA: ¡Pero ésta es mi casa!!
LUCÍA: ¿Querés que me vaya?
ALFREDO: ¡Lucía, por favor, más respeto!
LUCÍA: Respetar… ¡eso es lo que trato de hacer todo el tiempo! ¡De respetar! Pero… ¿sabés abuelo? ¡No sé qué! Porque… ¿a mí quién me respeta? ¿A quién le importan mis ganas… mi necesidad…? Entiendan los dos. Voy a bailar. Quiero dedicarme a esto por completo. No me importa la carrera, casarme, los hijos… ¡nada!
AMELIA: ¿Ve Alfredo? Se lo dije. No escucha a nadie. ¡No entiende!
LUCÍA: ¿No entiendo qué? ¿Qué cosa? Si siempre hice lo que quisiste. ¡Siempre! El abuelo lo dijo. ¡Nunca les traje problemas! Siempre perdía a mis amigos con los cambios de colegio. Ahora yo tengo mis amigos, y ese que está ahí abajo, Marcelo, es uno… ¡No los voy a perder porque se te antoje a vos ni a nadie! (La mira) No te entiendo. ¿Por qué no me dijiste nunca que no querías que yo baile?
AMELIA: Porque sos muy necia. No escuchás. ¡No hablás! Y desde que murió tu padre, menos.
LUCÍA: ¿Papá? Papá murió hace cuatro años. ¿Hace cuatro años que no hablo? ¿O sos vos la que no escucha?
AMELIA: Perdón Alfredo. Perdón por haberlo hecho venir sin sentido. Ya ve. No hay arreglo. Mire este lugar… mire… lo tomó hace unos meses y desde ese momento nadie pudo subir de nuevo. Mire. Todo sucio, todo revuelto… (Se muerde violentamente los labios conteniendo un llanto desmedido.)
ALFREDO: Amelia, por favor…
LUCÍA: Al abuelo le gustó… Y si el abuelo vino fue para mi cumpleaños… ¿no abu…?
ALFREDO: ¡Por supuesto Lucía!
AMELIA: (Casi un susurro) ¡No puedo más! ¡No puedo más!
LUCÍA: ¿Y qué les pasa entonces? (Una pausa extraña) ¿Qué pasa?
ALFREDO: (Muy tranquilo) Nada. No pasa nada, Lucía. Es que te queremos. Y queremos lo mejor para vos.
LUCÍA: Yo también los quiero. Y si ustedes me quieren, me van a entender. Y van a respetar lo que yo soy de verdad. (Se hace un silencio. Abajo suena el timbre.) Voy a atender a mis amigos. Permiso. Voy a festejar mi cumpleaños. (Sale. Se hace un pequeño silencio. De pronto, unos segundos después de que Lucía hubo salido, Alfredo se abalanza temblando sobre Amelia)
ALFREDO: (Totalmente fuera de sí.) ¿Quiénes son? ¿Quiénes son?
AMELIA: (Camina hacia la puerta como un zombie) ¿Por qué esto a mí? ¿Por qué a mí? ¡Yo creía que nunca iba a pasar! Era tan chiquita y lloraba tanto cuando me la puso en los brazos… Yo hice todo bien, Alfredo. Le juro que hice todo bien. ¡Martín no tuvo nunca nada que reprocharme!
ALFREDO: (La toma por los hombros. Trata de ahogar la voz) ¿Pero quiénes son éstos amigos? ¡Amelia!
AMELIA: Unos amigos de la clase… nada más…
ALFREDO: ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! Entonces está todo bien… (Amelia se desvanece y va a caer. Alfredo la sostiene.)
AMELIA: (Su voz es un silbido ahogado) No puedo… más, Alfredo. No soporto… Siento que las piernas me van a estallar… No puedo… sostenerme… Y ahora se va Gonzalo…
ALFREDO: (Apretándola fuertemente) Fuerza Amelia… ¿Qué le pasa? ¡Fuerza carajo! ¡Está todo bien!
AMELIA: ¿Por qué? ¿Por qué este castigo? ¿Por qué? ¡Ay mi Dios!
ALFREDO: (Sordo) ¡Vamos Amelia! ¡Está todo bien! ¡No afloje! ¿Me entiende? ¡Piense en Martín!
AMELIA: No puedo más. Todo se me escapa ¡Se me va!
ALFREDO: (La zamarrea insólitamente) ¡Si afloja, la mato! ¿Me entiende? ¡Aunque sea lo último que haga! ¡La mato! (Un rugido ahogado) ¡Le reviento la cara de un escopetazo! ¡Mierda! (Se contiene. Respira.) ¡Lo que hicimos está bien! ¡Todo lo que hicimos está bien! (Amelia se reincorpora lentamente. Alfredo la sostiene. La peina un poco.) Vamos. Atienda el cumpleaños de su hija. Vamos. Yo ya bajo. Yo estoy con usted. Yo la voy a ayudar. (Amelia sale respirando hondo y lentamente.)
      Alfredo se queda solo. Recorre la habitación. Empieza a sonar la música inicial. Alfredo se mira en el espejo. Se aleja de pronto y se sienta. Detrás del espejo evoluciona una figura. Ahora se ve claramente que es una bailarina. Toda vestida de negro, sigue la música. De pronto sale del espejo y danza alrededor de Alfredo que tiene la cabeza entre las manos. Es una danza dramática, cruel y violenta. Lentamente se hace un oscuro.

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