Segunda lectura: Tres "ismos" cosmogónicos

          El politeísmo, el monoteísmo y el paganismo contemporáneo son tres “ismos” relacionados con la cosmogonía. Cada uno tiene sus propias características en relación con las divinidades, la naturaleza, la naturaleza de la divinidad y el ser humano.  

El politeísmo del antiguo oriente

          En la mentalidad politeísta del antiguo Oriente, los dioses suelen considerarse como formando parte del mundo real. Tanto los seres humanos como el resto de los organismos que pertenecen a la naturaleza (sean objetos, plantas o animales) comparten el cosmos con las divinidades.
          Ellas también forman parte de éste. De manera que los límites entre dioses o espíritus, seres humanos y naturaleza son inexistentes o, como mínimo, pueden traspasarse con facilidad. Semejante identificación de lo humano con lo divino lleva a creer que los dioses son semejantes a los hombres en muchos aspectos y que también el mundo natural posee matices tanto de la divinidad como de la humanidad.
        Por tanto, se supone que aquellas cosas que parecen iguales es porque, en realidad, son iguales. Por ejemplo, la escultura que representa al dios Baal es realmente Baal y todo aquello que se le haga a dicha estatua material, se le está haciendo al dios. Si se considera que Baal es responsable de la lluvia o la tormenta, -en ocasiones impetuosa pero siempre necesaria- entonces se supone que lo que se le haga al ídolo de piedra tendrá influencia directa sobre la climatología, porque ésta depende del estado de ánimo divino.
          De la misma manera, aquello que le acontezca a cualquier sacerdote de Baal, repercutirá también en el mismísimo dios. Es la idea de que manipulando seres físicos resulta posible influir en las divinidades. Esto permite entender aspectos concretos del enfrentamiento histórico entre los hebreos y los profetas de Baal (1 R. 18:20-46; 2 R. 10:18-28).
           Y, por ende, si en la naturaleza existen los sexos, se concibe que los dioses también serán sexuados. Si las semillas no germinan por falta de agua o los ganados abortan a sus crías, la prostitución ritual entre sacerdotes y sacerdotisas motivará a las divinidades para que sean fructuosas y generosas y fecundas.
       La falta de límites entre el mundo natural y el espiritual tenía también implicaciones morales y conductas que escandalizaban a los hebreos. Al no haber fronteras entre lo humano y lo animal, la bestialidad era habitual. Si no existían límites en la relaciones conyugales, la prostitución o la poligamia eran bien vistas. El incesto era aceptable, porque tampoco las relaciones entre padres e hijos debían limitarse. Y así, un largo etcétera. Todo se fundamentaba en unas afirmaciones teológicas politeístas que -insistimos- no conocían limitaciones definidas entre los dioses, las personas y la naturaleza.
            En síntesis, las cosmovisiones politeístas periféricas a Israel se caracterizan por la tendencia a crear imágenes ideales de los dioses que no son sólo estatuillas o esculturas materiales sino que además se consideran como divinidades auténticas. No solamente representan al dios sino que son el dios.

         Generalmente asumen la eternidad del mundo ya que, al no saber cómo explicar el origen de la materia prima que constituye el cosmos, tienden a pensar que los dioses simplemente manipularon los materiales preexistentes. No pudieron crear el mundo de la nada, precisamente, porque ellos mismos son parte fundamental del mundo. Tal como se mencionó, los dioses de las cosmovisiones paganas también poseen sexualidad y esto les lleva a comportarse como los mortales. Procrean, fornican, incluso con los seres humanos, comenten adulterio y frecuentemente, padecen ataques de envidia y celos. De ahí, la importancia de la magia, los amuletos y sortilegios con el fin de manipular a las diversas divinidades para obtener sus favores y beneficios.  

El monoteísmo bíblico

         Frente a todas estas características generales del antiguo oriente que rodeaba al pueblo de Israel, la cosmovisión de la Biblia -centrada en un único Dios trascendente que interactúa voluntariamente con el ser humano- se eleva con un marcado contraste y una oposición casi absoluta.
          La sobriedad, justicia y lógica del monoteísmo bíblico permiten pensar que tales creencias no pudieron surgir de una humanidad sumergida en el politeísmo sino que tuvo que ser el mismo Dios Creador quien se revelara al ser humano.
       Desde luego, este milagro de la revelación escapará siempre, como todos los acontecimientos sobrenaturales, a cualquier metodología científica humana. Sin embargo, a muchas personas, a lo largo de la historia y hasta hoy, sólo les ha bastado leer la Escritura para darse cuenta de dicha realidad trascendente que se intuye detrás de cada renglón bíblico.
             La Biblia rechaza categóricamente que Dios sea representado mediante imágenes materiales porque al tratarse de un ser trascendente no puede ser identificado o manipulado mediante objetos físicos de este mundo. Él es totalmente distinto al universo material que ha creado. Y aquí reside la gran diferencia entre el politeísmo y el monoteísmo bíblico. El hombre de la Biblia acepta que Dios creó el mundo y puede penetrar o intervenir en él cuando lo desee.
             Sin embargo, hay una frontera infranqueable entre la creación y el Creador, en el sentido de que ni la naturaleza, ni la humanidad pueden por propia iniciativa traspasar dicha frontera y penetrar o manipular el ámbito divino. No existe tampoco ningún tipo de interpenetración entre la humanidad y el mundo natural. Cada entidad permanece siempre en su propio ámbito y sólo Dios -el “otro” completamente distinto a todo lo creado- es capaz de intervenir cuando lo crea adecuado. La materia no es eterna, como pensaba el politeísmo, sino finita y creada, igual que la energía, el espacio y el tiempo. Lo único que no tiene principio ni fin es el propio creador.
         El relato de Génesis revaloriza la importancia que cada persona tiene para el Creador, al mostrarlo dialogando con Adán y con otros seres humanos. La dignificación del ser humano llega a su máxima expresión con Jesucristo, quién se entregó por la humanidad hasta su muerte. La Escritura ratifica la fidelidad de Dios y menciona en varias ocasiones que no cambia ni es voluble como el hombre. Por tanto, se puede confiar en todas sus promesas.
          La cosmovisión bíblica tampoco acepta la dualidad ontológica pagana del bien y el mal, sino que reafirma la unidad o existencia de un único principio, el del bien. Sólo existe un Dios que es bueno.
         El origen de la maldad estuvo en la rebeldía humana, pero, al final de la historia, el bien volverá a triunfar sobre el mal. Si en los mitos paganos se aseguraba que el ser humano fue creado para servir a los dioses, la Biblia afirma que la humanidad fue hecha a imagen y semejanza de Dios con el propósito de administrar la creación (hay aquí un elevado concepto del hombre y la mujer). Y, a pesar de que se opusieron a la voluntad divina, el Creador tomó la iniciativa para redimirlos y hacerlos reyes y sacerdotes.
         Las normas éticas de la Biblia son estables, porque están basadas en la misma naturaleza inmutable de Dios. La historia tiene sentido, el mundo se dirige a una meta concreta porque la divinidad posee el control del desarrollo de todos los acontecimientos según sus planes predeterminados.
        El Dios de la Biblia no es un ser sexuado. No procrea ni es masculino o femenino. La sexualidad no forma parte de su realidad definitiva sino sólo de las criaturas creadas. De ahí que sea absurdo usar el sexo en el culto con la intención de manipularle, como en el paganismo.
        Y tampoco, Dios discrimina al ser humano por razón del sexo. La magia no tiene ningún poder sobre él, ni sirve para manejarlo en beneficio propio. Por tanto, la actitud sabia del creyente consiste en servirle, obedecerle y confiar en que su voluntad es siempre lo mejor.   

El paganismo contemporáneo

       Curiosamente, hoy, en la cosmovisión posmoderna que domina nuestra sociedad occidental, pueden detectarse algunos de los aspectos de las antiguas visiones paganas. El humanismo secular ha rechazado la perspectiva bíblica y en su lugar ha entronizado al individuo como medida de todas las cosas.
         Pero, si el ser humano se idolatra y convierte en el centro del mundo, resulta que estamos ante un politeísmo moderno de millones de ídolos.
        Las imágenes veneradas actualmente, a las que se les dedica todo el tiempo que haga falta, son esas pequeñas estatuillas digitales, como teléfonos móviles, iPhone, iPad, iPot, Tablet y toda la subsiguiente saga de fetiches, que reflejan ese afán por adquirir cada vez más bienes materiales que dulcifiquen el tedio del sinsentido existencial y de no sentirse solos.
         Porque, en realidad, cada criatura está sola ante su propia existencia y ante la respuesta personal que tenga para ella. Sin embargo, la soledad y el silencio -que se rechazan hoy- pueden abrirnos la puerta a la trascendencia.
      Algunos científicos contemporáneos, obviamente huyendo del terreno que les es propio, vuelven a postular la eternidad de la materia y de los mundos, -aparentemente contra la de Dios- igual como en los días de las antiguas religiones politeístas.
      De la misma manera, el relativismo actual fusiona el bien con el mal, o intenta acabar con éste, declarando que la medida de lo que es bueno es únicamente un criterio individual.
          El ser humano se degrada y pasa a ser de nuevo casi como una parte indistinguible de la naturaleza. Una especie más del hipotético árbol de la evolución cuyo valor, en ocasiones, puede considerarse inferior al de una ballena, un gorila o un oso polar.
       El politeísmo ha vuelto a las raíces griegas, se ha vuelto antropocéntrico y recuerda frases como la de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Es un principio filosófico según el cual el ser humano es la norma de lo que es verdad para sí mismo, lo que también implicaría que la verdad es relativa a cada quien.

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