Segunda lectura: Polifemo

       Polifemo pertenece a la segunda generación de cíclopes, su relato se encuentra en Odisea, escrita por Homero. Relata las dificultades por las que pasaron Odiseo y sus compañeros cuando regresaban a Ítaca, su patria natal. El encuentro con Polifemo se puede leer en los versos 105 a 436 del canto IX de esa obra. 

      Y desde allí, la isla de los hombres lotótfagos y, con dolor en el alma, seguimos bogando hasta dar en la tierra que habitan los fieros cíclopes, unos seres sin ley. Confiando en los dioses eternos, nada siembran ni plantan, no labran los campos, porque todo viene allí a germinar sin labor ni simienza: los trigos, las vides, que dan un licor generoso de sus gajos, nutridos tan solo por lluvias de Zeus.
       Los cíclopes no tratan en juntas ni saben de normas de justicia; habitan en las cuevas de las cumbres de las montañas, en ellas tienen su mansión; cada cual da la ley a su esposa y a sus hijos sin más, y no piensan en nosotros, los humanos.
      Una isla, por nombre Laquea se extiende de frente a la costa de aquellos cíclopes. Es boscosa y en ella se crían las cabras salvajes incontables, por cierto, pues no la ahuyentan los pasos de los hombres ni van cazadores tras ellas, porque desierta la isla produce pasto y frutos para las cabras salvajes.
       Los cíclopes no tienen sólidas naves ni constructores para realizarlas para viajar a las ciudades pobladas por humanos, como suelen los otros hacer que atraviesan los mares de país en país en sus propias naves o bajeles. Tales hombres bien pudieran tener floreciente esa isla: su suelo no es mezquino, sino que rendiría de todos los frutos porque tiene unos húmedos prados de hierbas suaves junto al mar espumoso.
      Hacia allí se dirigieron los barcos de mi flota; un dios conducíanos a través de la lóbrega noche sin luz y sin vista; densa sombra cercaba las naves; la luna no daba en el cielo sus rayos, cubriéndola del todo las nubes. Nadie vio con sus ojos la isla, tampoco advertimos el oleaje que nos llevaba hacia tierra, hasta que las naves estuvieron sobre la playa. Pero, luego de que casi habíamos chocado con la costa, plegamos del todo las velas de las naves y en las mismas rompientes salimos del barco y juntos, a la espera del Alba divina, nos entregamos al sueño. Al mostrarse la Aurora temprana de los dedos de rosa, recorríamos admirándolo todo, también a las ninfas, tiernas hijas de Zeus, quien embraza la égida.
    Nos dedicamos a cazar, luego a comer y beber y dormir plácidamente al abrigo de la noche fresca. A la mañana siguiente, subí a mi nave y ordené a mis amigos que embarcaran también y soltasen amarras de popa. Embarcando, ocuparon los bancos; sentados en fila empezaron a herir con los remos las aguas grisáceas. Atracamos pronto en la costa vecina y al momento divisamos una cueva en un acabo a la orilla del mar.
   Grande y alta, rodeada de laureles se veían pastar a muchas reses, ovejas y cabras y, en torno, un recito extendíase rodeado de lajas hundidas en tierra, con altísimos pinos y encinas de excelso ramaje. Era dueño del antro un varón monstruoso; pacía sus ganados aparte, sin trato con otros cíclopes, y guardaba en su gran soledad una mente perversa. Aquel monstruo causaba estupor, porque no parecía ser humano que vive de pan, sino pico selvoso que se eleva enojado y domina a las otras montañas.
     Ya en la playa, mandé a los demás de entre mis fieles amigos que se quedase allí, custodiando el bajel y, escogiendo a los doce mejores, me puse en camino; llevaba un gran odre de cuero cabrío, repleto de un dulce vino negro que antaño me diera Marón el de Ebantes, sacerdote de Apolo, el patrono de Ísmaro. Causa fue del don el haberle dejado con vida, lo mismo que a su esposa y a su hijo, en respeto del dios, pues vivía en el bosque de Febo.A buen paso alcanzamos la gruta, más no hallamos dentro a su dueño, que andaba paciendo su pingüe manda por los prados. Una vez dentro de la gruta, lo revisamos todo. Vimos zarzos cargados de quesos y prietos rediles que guardaban por orden de edad a los corderos, rebosaban de leche las vasijas labradas, colodras y jarras, en donde reservaba su ordeñe.
    Mi gente empezó en aquel momento a pedirme que recogiéramos los corderos y los quesos y volviéramos pronto a la costa y cruzar a la otra isla. Pero yo, sordo a sus ruegos (y cómo me arrepentí de no escucharlos) quise ver aquel hombre y pedirle los dones de huésped: ¡Poco amable en verdad iba a ser su presencia a mis amigos!
Así pues, encendimos el fuego, quemamos la ofrenda y cogiendo los quesos comimos. Y allá nos sentamos a esperar su regreso. Llegó con sus reses; traía una carga imponente de leños para cocinar su cena. Tal estruendo produjo al tirarlas en mitad de la gruta, que de miedo salimos corriendo al fondo de la cueva. Mientras tanto, hacía entrar a su pingüe manada a la cueva. Luego, levantando una gran e inmensa roca, cerró con ella la entrada a la gruta.
       Luego, encendió el fuego del hogar y nos descubrió con la mirada. Entonces nos habló de este modo: 

      – ¿Quiénes son ustedes, forasteros?, ¿De dónde vienen por las rutas del mar?, ¿Viajan por negocios, o quizá, a la ventura, como van los piratas del mar que navegan errantes, exponiendo su vida y llevando desgracia a los pueblos? 

      Al oírle, el temor quebrantó nuestros corazones, pues su voz era terrible y su figura espantosa; más con todo eso, logré contestarle con estas palabras:

      – Somos dánaos que errando venimos del campo de Troya, sobre el seno sin fondo del agua a merced y capricho de los vientos. Buscando el hogar, nos torcieron el rumbo por muchos lugares y distintos caminos… decreto de Zeus, sin dudas. Nos gloriamos de pertenecer a las huestes que mandó Agamenón, cuya fama es sin par bajo el cielo, pues tan grande ciudad arrasó. A tus pies venimos ahora, esperando nos des la señal de hospedaje o nos hagas de lo tuyo otro regalo, según es entre huéspedes ley. Ten respeto, Señor, a los dioses. 

Después de escucharme, me respondió con animo impío:

      – ¡Pero que necio, este extranjero! Viniste desde lejos pensando que yo tendría temor de los dioses… En nada se cuidan los cíclopes de Zeus, que embraza la Égida, pues superamos por mucho su fuerza. ¡Por evitar el enojo de aquel, no pienso hacer nada si no se me da la gana! Pero, dime: ¿por dónde atracaste tu sólida nave?, ¿Fue quizás, en el cabo, o más cerca? Sus preguntas no me engañaban, pues me preguntaba con malas intenciones.

      Entonces le respondí:

      – Mi bajel lo estrelló Poseidón, que sacude la tierra, pues lo vino a lanzar contra el roquedal de la costa, en la punta del cabo. Pero me pude salvar de la muerte inminente porque los vientos acercaron los restos de mi barco. 

       Dije así, pero en nada cambió su espíritu impío. Dando un salto, atrapó con sus manos ingentes a dos de mis hombres. Los aprisionó cual si fueran cachorritos y los estrelló contra el suelo. Y corrieron vertidos sus sesos, mojando la tierra. Luego, cortó sus cuerpos en pedazos y se los devoró en la cena. Nosotros aterrorizados, llorábamos ante el acto maldito del cíclope y levantamos las manos clamando a Zeus del todo impotentes.
       Una vez que se hubo saciado de la carnes de mis amigos y llenado su estómago ingente de leche fresca se echó a dormir acostado en medio de sus reses. Al momento me puse a pensar en mi espíritu altivo y sentí el impulso de clavarle mi chuchilla en su corazón, pero otro impulso me detuvo. Pues hubiéramos muertos nosotros también, sin remedio, sin poder levantar o mover con nuestros pequeños brazos la ingente piedra que cerraba la cueva. Suspirando, esperamos la llegada del alba divina.
      Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa, encendiendo el hogar, ordeñó sus espléndidas reses y habiendo terminado este quehacer, agarró a otros dos de mis hombres y dispuso su almuerzo con ellos, Ya comido, movió la inmensa roca y sacó de la cueva sus pingües rebaños. Luego, volvió a cerrarla con nosotros dentro. Mientras tanto, yo pensaba mil males, rogando que Atena me diera la oportunidad de vengarme. Y en mi mente, al fin, empezó a formarse la mejor idea.
      Había un tronco de olivo verde que el cíclope había arrancado para dejarlo secar. Lo vi al costado de uno de sus grupos de rebaños. Era tan grande como el mástil de un navío de veinte remeros. De este tronco, corté la medida de una braza y le pedí a mis hombres que le sacaran punta. Luego, lo curé al fuego y lo escondí tapándolo con estiércol que había en abundancia esparcido por la cueva. Luego, decidimos quiénes me acompañarían a clavárselo en el único ojo al cíclope cuando lo venciera el hechizo del sueño.
      Al caer la noche, volvió él con sus reses lozanas de lúcidos pelajes y las metió en la caverna sin olvidarse de ninguna. Levantó la ingente roca y volvió a cerrar con ella la salida de la gruta. Cuando terminó esos quehaceres, atrapó a dos de mis hombres y los hizo su cena.
       Entonces, yo me acerqué a él, con un cuenco de negro licor, lo extendí y le hablé de este modo:

    – Tomá de este vino, Ciclope, después de haber comido carnes crudas de hombres. Verás que bebida guardaba mi bajel, para vos la traía, por si acaso mostrabas compasión y ayudabas mi vuelta al hogar; más no tenés en tu furia medida. ¡Maldito! ¿Qué seres humanos llegarán después de esto hasta vos? ¡No has obrado con justicia! 

      Tal le dije; lo agarró y bebió con deleite salvaje todo el dulce licor y me pidió sin pausa otro cuenco:

     – ¡Dame más!, ¡No escatimes! Y decime tu nombre, pues quiero hacerte un regalo de huésped que te va a dar mucha alegría. Nuestra tierra nos da un mosto de racimos egregios que nutre la lluvia de Zeus, pero este efluvio de néctar y flor de amborsía.     

     Tal habló; le di lo que pedía y hasta dos veces más; y las tres medidas las bebió en su locura. Más después de que el licor empezaba a llenar las entrañas del cíclope, me dirigí a él con melosas palabras:

      – Preguntaste, cíclope, cuál era mi nombre glorioso y te lo voy a decir, vos dame el regalo que prometiste. Ese nombre es Ninguno. Ninguno mi padre y mi madre me llamaron de siempre y también mis amigos. 

      Tal dije con alma cruel y, al momento me dio la respuesta:

      – A Ninguno, me lo voy a comer al final de todos y a los otros primero, hete ahí mi regalo de huésped. 

      Dijo así y vacilando, se cayó de espalda. Tendido quedó ahí con el cuello robusto doblado por el sueño venció. Eructando el borracho, despidió de sus fauces el vino y las carnes humanas. En ese momento me acerqué a las brasas espesas y metí allí el tronco que había ocultado antes. Esperé a que tomara calor mientras animaba de palabra a los míos no fuese que el miedo los paralizara. Y ya, a punto de arder, aunque verde, la estaca de olivo encendida con un brillo terrible. Entre todos, levantamos la estaca oliveña y aguzada en su punta la hincamos con fuerza en el ojo. Apoyado yo arriba, la forzaba a girar cual taladro que en manos de un hombre va horadando una viga de nave. Borbotaba caliente la sangre y alrededor el ascua abrazada la ceja y el parpado. El fondo del ojo chirriaba en el fuego. El Gigante echó un alarido feroz, resonó brutalmente la caverna y de terror nos echamos atrás. Él, agarrando la estaca se la arrancó de su ojo manchado de sangre abundante y con gesto de loco la arrojó lejos de sí con sus manos. Daba voces llamando a los otros cíclopes que por la zona poblaban las otras cuevas. Oyendo sus clamores, llegaban de todos lados, preguntando qué males lo afligían.

      – ¿Por qué gritas así, Polifemo, y nos das esas voces de angustia en medio de la noche inmortal y nos quitas el sueño? ¿Te han robado las reces? ¿O acaso a ti mismo te están dando muerte por dolo o por fuerza?

       Desde adentro del antro les respondió el atroz Polifemo:

 

      – ¡Oh, queridos! ¡No es fuerza! ¡Ninguno me mata por dolo!

      Y, en aladas palabras, tales respuestas le daban sus vecinos:

      – Pues si nadie te fuerza en verdad, siendo tú como eres, imposible es rehuir la dolencia que manda el gran Zeus, pero invoca en tu ayuda al señor Poseidón, nuestro padre.

       Tal diciendo se retiraban, y yo me reía para mis adentros del engaño del nombre y de un plan bien urdido. Gemía el cíclope de agudos dolores y andaba palpando con sus manos el entorno. Quitó la enorme piedra de la entada y sentado en la puerta, los brazos tendía por si a alguno atrapaba al escaparse mezclado con el rebaño.
       Mientras tanto yo pensaba como salir de aquella situación, librar de la muerte a mis hombres y a mí mismo con ellos; trazaba mil planes y engaños, pues nos iba la vida y sentíamos la gran amenaza. Finalmente, encontré la forma más segura. Nos atamos al vientre de los carneros mas grandes, robustos y gordos. Cuando ellos salieron de la cueva, nosotros también, y el monstruoso ser no pudo atraparnos.
       Luego, corrimos a las naves que nos esperaban en la playa. Embarcamos y nos alejamos de aquel nefasto sitio. Una vez en el mar, comencé a grítale al cíclope. Él, lleno de rabia, comenzó a arrojar rocas grandes como peñas hacia la nave. Algunas pasaron tan cerca que casi nos hunden. Mis compañeron rogaban que cesara en mi intento de airar más al monstruo. Finalmente le dije mi nombre, Odiseo, el de los mil ardides. Entonces el Cíclope dijo que alguien le había profetizado que un varón con mi nombre sería la causa de una gran calamidad para él. Nos alejamos. Sin embargo, el imploró a Poseidón que lo vengara.

 

Los cíclopes constructores, la tercera generación:

        En la poesía alejandrina, los Cíclopes son considerados solo como genios subalternos, forjadores y artífices de todas las armas de los dioses. Por ejemplo, fabricaban el arco y las flechas de Apolo y su hermana Artemis, bajo la dirección de Hefesto, el dios forjador. Habitan en las islas eolias o en Sicilia, donde poseen una forja subterránea y trabajan con gran estrépito. El resoplido de sus fuelles y el estrépito de los yunques se oye retumbar en el fondo de los volcanes sicilianos. El fuego de su fragua da un tinte rojo , al atardecer, a la cima del monte Etna. En estos relatos vinculados a los volcanes, los cíclopes tienden a confundirse con los gigantes aprisionados debajo de las montañas y cuyos sobresaltos a veces agitan el país. (Grimal 2018, 101)

Una referencia literaria se encuentra en Geórgicas, de Virgilio: 

“Y con los maleables bloques apresuran los cíclopes
los rayos, y unos con taurinos fuelles aspiran aire
y lo devuelven, y otros estridentes templan los bronces
en una cuba, y gime el Etna con los impuestos y yunques,
y aquellos, alterados, alzan con gran fuerza los brazos
a compás y dan vuelta con pertinaz tenaza el hierro (…)” (Bekes 2007, vv. 170 a 175)

Actividades

17. Leé la segunda lectura. Polifemo

18. Transcribí a tu hoja de trabajo las oraciones del texto que expresan el MARCO narrativo. Prestá bastante atención, esas oraciones no necesariamente estarán al principio del relato. 

19. Leé con atención el siguiente enunciado: “un dios conducíanos a través de la lóbrega noche sin luz y sin vista (…)” Esta oración anticipa algunos eventos que serán cruciales para Ulises y sus compañeros. Indicá en tu hoja de trabajo qué evento o eventos anticipa. Agregá otras oraciones que acompañen a la primera en la anticipación. 

20. ¿Qué dice Ulises con respecto a los Cíclopes? Transcribí las expresiones que usa para describirlos.

21. ¿Estas consideraciones sobre los Cíclopes, se comprueban o se refutan a lo largo del relato? ¿Mediante qué hechos?

22. Enfocate en el concepto “regalo de huésped”. Repasá el texto literario, si fuera necesario y expresá: ¿Qué es el regalo de huésped y cuál es su importancia en la antigüedad? 

23. ¿Qué razón podría tener Polifemo para no tener respeto o interés en lo que Zeus decreta? (si fuera necesario, repasá la entrada primera lectura.) ¿Qué otra razón podría tener?

24. Transcribí un fragmento de texto que consideres que contrasta con el momento brutal que vivencian Odiseo y sus compañeros encerrados en la cueva de Polifemo. 

25. Expresá una respuesta a las siguientes preguntas. ¿Crees que el relato de Polifemo ha tenido un final feliz para todos? ¿Por qué?

26. Expresá de manera oral o escrita ¿Cuál es la ocurrencia de Odiseo para poder escapar de allí sin que los otros cíclopes intervengan a favor de Polifemo?

27. Después de esta experiencia, ¿crees que Odiseo podrá volver a su hogar sin problemas?

28. Reorganizá y reuní todas las frases referidas a Odiseo y a Polifemo para realizar un retrato de cada uno. 

29. ¿Quién es el observador? ¿Cuál o cuáles, los objetos observados?

30. ¿Cómo se describe la gruta donde vive Polifemo?, ¿Contradice o refuerza esta descripción la actitud de Polifemo?, ¿Qué reflejos de Polifemo se ven en esa gruta?

31. Expresá una valoración personal de acuerdo con el contenido de la lectura: ¿Odiseo es eficiente o un líder perjudicial?, ¿Qué elementos del texto sostienen tu valoración?

32. ¿Cómo son caracterizados los cíclopes en este breve texto? (Los cíclopes herreros)  ¿Qué palabras se usan para describirlos?

33. Volvé a tus sitios externos de investigación, buscá información que pueda responder a la siguiente pregunta: ¿Qué otra relación tiene la tercera generación de cíclopes con los héroes mitológicos? Expresalo en tus propias palabras.

34. Generá una hipótesis que funcione como respuesta a la siguiente pregunta: ¿Qué razón podría haber tenido Afrodita, hermosa entre las diosas, para casarse con Hefestos, que , según la mitología, era bastante feo, estaba lisiado y cojo?

35. ¿Cuál sería la diferencia fundamental entre los cíclopes de la tercera generación y los de la segunda? Expresalo con tus propias palabra


         EL MARCO DE LA NARRACIÓN:

   Según la teoría de la Superestructura Narrativa, toda narración debe estar planteada dentro de un MARCO. Este marco está compuesto por información que determina el tiempo y el lugar donde acontecen los hechos de la narración. En el caso de las cosmogonías o relatos mitológicos, tenemos fuertes rasgos de imprecisión.
    Respecto del tiempo, dado que los mitos se transmiten oralmente de generación en generación, suelen perderse las marcas de tiempo que los fijarían a un momento específico. En muchos casos, la referencia temporal es “En el principio”, “En los primeros tiempos” o como leímos al inicio de la segunda lectura: “En primer lugar, existió el Caos.” Podemos considerar estas marcas de imprecisión como “el tiempo mítico de la creación, ya que no puede fijarse un período de tiempo determinado.
      En cuanto al ESPACIO, a veces queda clara la ubicación geográfica o cultural (la pertenencia a un determinado pueblo), puesto que estos relatos, tienden a dar identidad a los pueblos que los crearon. Sin embargo, a veces se encuentran diversas versiones de los mitos que presentan diferentes elementos espaciales, dependiendo de qué pueblo lo relate. 

     Adjetivación descriptiva:

     Con el fin de plasmar la realidad, cada autor utiliza determinados recursos para causar un impacto en el lector. En el caso de la descripción, se utilizan los adjetivos (palabras que expresan cualidades) para crear el efecto estético.
   Las descripciones o textos descriptivos nos dicen como son las cosas. En general, se pueden presentar personas, objetos o paisajes. La descripción de una persona se denomina RETRATO.
    Como ya vimos, el epíteto épico es una especie de descripción intensiva y abreviada de los personajes. En el caso de Polifemo, la descripción es más larga y muy adjetivada. El autor no quiere dejar ninguna duda acerca de quién es este personaje.
   En una descripción siempre hay un observador y un objeto observado. El observador es quien describe al objeto.

        Caracterización:

    La caracterización es la acción de agregar adjetivos o construcciones adjetivas a los objetos (o sustantivos) que se observan. Es el recurso estilístico más común.
    El autor tiene plena potestad para decidir cuando realizará una caracterización mediante la adjetivación o la utilización de epítetos. Pero debe ser plenamente consciente de qué efecto quiere causar en el receptor del mensaje, para evitar crear texto sin ninguna utilidad. 

      Connotación y denotación:

    Los adjetivos pueden usarse para transmitir información precisa o para transmitir información cargada de subjetividad.
   Cuando queremos simplemente informar, usamos los adjetivos de manera denotativa. Así, la descripción que hacemos solo informa. Por ejemplo: 

“Grande y alta, rodeada de laureles se veían pastar a muchas reses, ovejas y cabras y, en torno, un recinto extendíase rodeado de lajas hundidas en tierra, con altísimos pinos y encinas”

    Una descripción connotativa, cargada de subjetividad y emotividad, es la de Polifemo:

 “Dije así, pero en nada cambió su espíritu impío. Dando un salto, atrapó con sus manos ingentes a dos de mis hombres. (…) Nosotros aterrorizados, llorábamos ante el acto maldito del cíclope y levantamos las manos clamando a Zeus del todo impotentes.”

         La valoración:

  También conocida como evaluación o moraleja forma parte crucial de una narración. En algún momento, el narrador mismo en su propia voz, o usando la voz de un personaje, introduce un segmento en el que se emite un juicio de valor sobre los personajes o las situaciones, a veces tiene carácter reflexivo. En este caso, la valoración está dirigida al antagonista de Odiseo.

        ¿Quién es Hefesto?

    En la mitología griega, Hefesto es el dios del fuego y la forja, así como de los herreros, los artesanos, los escultores, los metales y la metalurgia. Era adorado en todos los centros industriales y manufactureros de Grecia, especialmente en Atenas.
    Hefesto era bastante feo, estaba lisiado y cojo; aunque su esposa era Afrodita. Incluso el mito dice que, al nacer, Hera lo vio tan feo que lo tiró del Olimpo y le provocó una cojera. Tanto es así, que caminaba con la ayuda de un bastón y, en algunas vasijas pintadas, sus pies aparecen, a veces, al revés.

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