ROMA: Tragedias

Introducción

      El teatro latino es el teatro que se hacía en la antigua Roma, incluía textos, música, escenografía, indumentaria… y se representaba en latín. Algunos dramaturgos romanos célebres fueron Plauto, Terencio o Séneca con obras como Medea o Las troyanas.

     Al contrario que los griegos, para los romanos la función del teatro pasó de ser una forma de formación, filosofía o crítica social, a tomar importancia el entretenimiento y el espectáculo por sí mismo. La comedia era extremadamente popular, pero también se hacían tragedias y otros géneros para disfrutar otras emociones. Se crearon compañías de teatro profesionales formadas por grupos de actores que hacían giras por varias provincias.

      Los romanos estaban más preocupados del espectáculo concreto que ofrecía la obra teatral que de no estar en armonía con el conjunto del mundo, como hacían por ejemplo los griegos. Así, a veces taparon con frentes escénicos bonitos paisajes detrás del escenario para que el público se pudiera centrar en el espectáculo y proveerlo de más complejidad, puesto que servía también de “decorado” monumental, que ornamentaban con escenografías pintadas de forma realista. También se sabe que se mostraron deseosos de mejorar la acústica y la visibilidad, algo patente en sus construcciones arquitectónicas dedicadas a estas artes.

      La comedia togata es la que trata sobre temas de la cultura romana, pero también se hicieron, al comienzo, inspiradas en las griegas, género que posteriormente los estudiosos han denominado comedia paliata. Este arte de entretenimiento comenzó a hacerse en espacios cada vez más grandes para poder alcanzar más espectadores; el tamaño y la consiguiente distancia entre el público y los actores hizo evolucionar el espectáculo hacia una cosa más visual, donde los diálogos intimistas y detallados iban sustituyéndose por otros más simples y comerciales

La tragedia

      Aunque fue muy apreciada en su día, no ha sobrevivido ninguna tragedia romana temprana. Los historiadores reconocen a tres tempranos dramaturgos: Ennio, Pacuvio y Lucio Accio. Un aspecto importante de la tragedia que se diferenciaba de otros géneros fue la introducción de coros que se incluían en la acción en el escenario durante las representaciones de muchas tragedias.

      Sin embargo, de la época del imperio sobrevive la obra de dos trágicos: uno es un autor desconocido, mientras que el otro es el filósofo estoico Séneca. Sobreviven nueve de las tragedias de Séneca, todas ellas fabulae crepidatae (A fabula crepidata o fabula cothurnata es una tragedia latina con temas griegos)

      Séneca aparece como personaje en la tragedia Octavia, el único ejemplo existente de fabula praetexta (tragedias basadas en temas romanos, creadas por primera vez por Nevio), y como resultado, la obra se atribuyó erróneamente al propio Séneca. Sin embargo, aunque los historiadores han confirmado que la obra no era de Séneca, se desconoce a su verdadero autor.

      Las tragedias de Séneca presentan un estilo declamatorio, o un estilo de tragedia que enfatiza las estructuras retóricas. Era un estilo caracterizado por la paradoja, la discontinuidad lingüística, la antítesis y la adopción de estructuras y técnicas declamatorias que involucraban aspectos de compresión, elaboración, epigrama y, por supuesto, hipérbole, ya que la mayoría de sus obras parecían enfatizar exageraciones para hacer puntualizaciones más persuasivas.

     Séneca escribió tragedias que reflejaban el alma, a través de las cuales se usaba la retórica dentro de un proceso de creación de un personaje trágico y la revelación sobre su estado de ánimo. Una de las formas más notables que Séneca desarrolló en la tragedia fue el uso del aparte, un recurso teatral común en el drama helenístico, que en ese momento era ajeno al mundo de la tragedia ática. Séneca exploró el interior de la psicología de la mente a través de “soliloquios o monólogos de autorrepresentación”, que se centraban en los pensamientos internos, las causas centrales de sus conflictos emocionales, su autoengaño, u otras variedades de confusión psicológica que le sirvieron para dramatizar la emoción de una manera que se convirtió en el centro de la tragedia romana, distinguiéndose de las formas anteriores de la tragedia griega. A los que atestiguaban el uso de la retórica por parte de Séneca, alumnos, lectores y público en general, se les había enseñado el uso por Séneca de la estrategia verbal, la movilidad psíquica y el juego de roles público, que para muchos, alteró sustancialmente los estados mentales de muchos individuos.

Edipo

(de Séneca)

EDIPO, y a continuación YOCASTA.


Edipo
. — Una vacilante claridad ha disipado las tinieblas; el sol eleva tristemente su disco pálido, velado de sombras brumosas, para contemplar el luto de nuestra villa azotada por un flagelo atroz; el día descubre ante nuestros ojos la devastación ocurrida durante la noche.
      ¿Se halla feliz el rey en su trono? Oh! ídolo embustero!, que ocultas tus miserias tras una apariencia risueña! Pues como a las más altas montañas azota siempre la mayor furia de los vientos ; como a los agudos peñascos que dividen los vastos mares, aún en tiempo de calma, incesantes abaten las aguas: así, contra la mas alta posición de los reyes se descargan con denuedo los mayores golpes del infortunio. ¡Bien he hecho de huir del reino de mi padre Pólibo!, he estado exiliado, pero tranquilo, errante, pero exento de alarma. El cielo y los dioses son testigos de que no he buscado el trono sobre el que ahora estoy sentado. Una predicción funesta me persigue, temo llegar a ser el asesino de mi propio padre, los laureles proféticos de Delfos me auguran ese crimen , y otro aún mas grande. Pero, ¿qué puede haber de más horrendo aun que la muerte de un padre ? Ay! que infeliz soy! Que desgracia el no poder olvidar esta predicción funesta: Apolo ha hablado de un lecho incestuoso, y de unas antorchas impías que habrán de alumbrar la unión de un hijo con su madre! Es este el temor que me ha alejado de la casa de mi padre. Ya veis que no he abandonado el lugar de mi nacimiento como un vil desterrado; sino que desconfiando de mi mismo, he puesto a resguardo tus santas leyes, oh naturaleza! Porque cuando el hombre se estremece ante la idea de un crimen , aun cuando el mismo no lo crea posible, debe así mismo permanecer temeroso.
      Todo me asusta, y ya no me atrevo a confiar en mi mismo. Se que el destino me prepara alguna desgracia; pero, que debo pensar al verme solo y a salvo de la catástrofe que se ha desencadenado sobre el pueblo de Cadmo, y que ya extiende tan lejos su devastación?. Que infortunio mayor entonces está reservado para mi? Si en la desolación de esta comarca, en medio de su gran dolor y de los funerales que renacen sin cesar, yo permanezco de pie, intacto, sobre los despojos de todo un pueblo. ¿Condenado como estoy por la boca de Apolo, puedo esperar un reinado mas feliz, por precio de tan grandes crímenes ?. Soy yo quien envenena el aire que se respira aquí. El soplo tenue de la brisa no refresca los pechos jadeantes y afiebrados; los céfiros han huido, el sol abrasa con todos los fuegos del ardiente Sirio que precede al terrible León de Nemea,
las aguas escapan de los ríos, y el verdor abandona las hierbas; la fuente de Dirce esta reseca, y no queda mas que un hilo de agua que apenas lame las arenas de su lecho. La hermana de Apolo pasa invisible a través del cielo, y las noches serenas carecen de estrellas; un denso y sombrío vapor se esparce por la tierra; los palacios del Olimpo y las altas moradas de los dioses se ocultan tras la obscuridad de una noche infernal. Ceres se niega a fructificar, y allí donde hace un momento alegremente se mecía una espiga dorada, ahora yace un fruto muerto sobre su tallo reseco.
      No hay persona que escape a este infeccioso mal : golpea sin distinción de edades ni sexos, mata por igual a viejos y a jóvenes, a padres y a niños ; y al mismo tiempo consume al esposo y a la esposa en el fuego de una misma pira.
      El duelo y los lamentos faltan a estos funerales, porque el obstinado rigor de este terrible mal ha secado hasta la fuente de las lagrimas; los ojos permanecen secos. Aquí un padre agonizante, allá una madre extraviada portando su hijo a las llamas, y tan pronto como se termina con uno, en seguida se va por otro para cumplir con idéntico deber. La muerte nace de la muerte ; aquellos que conducen los funerales caen sin vida al lado de quienes eran portados. Se ve a los infelices dejar sus muertos sobre la pira encendida para otros cuerpos disputándose las llamas funerarias; la desgracia sofoca todo sentimiento. Los restos mortales no son sepultados en tumbas separadas, se contentan con encontrar alguna llama, y aun las llamas son insuficientes. La tierra escasea para las sepulturas, y los bosques son insuficientes para tantas piras ; ni ruegos ni cuidados pueden aplacar la furia de este mal ; los médicos también sucumben, y así la enfermedad se lleva a aquellos que la debieran combatir.
      Postrernado al pie del altar extiendo las manos suplicantes para rogar que una muerte pronta me lleve antes de ver sucumbir a mi patria y me salve de ser el ultimo en morir habiendo acompañado el cortejo de todo mi pueblo. Crueles dioses!, despiadado destino!, solo a mi me negáis la muerte, tan activa y despiadada con todo lo que me rodea. Huye!, infeliz!, de este reino infectado por tus manos culpables; cesa en tus lagrimas, deja estos funerales, abandona este aire envenenado que tu mismo contaminas allí donde quiera que pisas.
      Escapa, apúrate a huir, aunque sea para encontrar asilo en la casa de tus propios padres.

Yocasta. — ¿De qué sirve, esposo mío, agravar nuestros males con nuestras quejas? Yo creo que lo verdaderamente digno de un rey es saber hacer frente a la adversidad: cuanto más insegura es la situación y cuanto más inminente y amenazadora es la ruina por la pesada carga del poder, más necesario se hace afirmar el pie y resistir enérgicamente: no es viril volver la espalda al asalto del Destino.

Edipo. — Lejos está de mí el pecado de miedo, y el merecer el dictado de cobarde; mi valor desconoce los cobardes temores: ni aun cuando una espada desvainada viniera contra mí, aunque el horrible furor de Marte se precipitase sobre mí, me lanzaría animoso al encuentro de los fieros gigantes. La Esfinge misma y las enigmáticas palabras que insidiosa mente profería no me hicieron huir: soporté la vista de la horrible y sangrante faz de aquella infame profetisa y no me arredró contemplar el suelo blanquecino por los huesos calcinados, y cuando desde la alto de su roca preparaba sus alas y se azotaba los flancos con su cola aprestándose amenaza dora como un león embravecido, le reclame su enigma: Re sonó su voz horrenda junto a mí; crujieron sus mandíbulas, e impaciente por la espera, clavaba sus garras en la roca, con la esperanza de desgarrar luego mis entrañas; y sin embargo, las palabras enmarañadas de su enigma, los pérfidos y complejos misteriosos del funesto poema de esa fiera alada, fueron, explicados por mí.

Yocasta. — ¿Por qué ahora, en tu locura, dirigir tan tardíamente a los dioses esos votos de muerte? Podrías haberlo hecho entonces. Este cetro es la recompensa de tu gloria; éste es el premio que te valió la muerte de la Esfinge.

Edipo. — Sí; sí; es la espantosa ceniza de ese monstruo astuto lo que se levanta contra mí y aquella plaga destruida por mí es la que pierde ahora Tebas. Una sola esperanza de salvación nos queda: ¡la de que Apolo quiera tener a bien indicarme un medio de salvarnos! (Sale.)

Coro (entra)
Coro. —Pereces, generosa descendencia de Cadmo así como tu ciudad entera. ¡Oh desgraciada Tebas; que ves tas campos yermos de sus labradores! La muerte ¡oh Baco! llega a tu famoso soldado, aquel que te acompañó hasta las lejanas Indias y se atrevió a cabalgar en los países de la Aurora, y plantar tus emblemas al extremo del mundo, vio la Arcadia de bosques ricos en cinamonos y la huida de los jinetes partos (huida falaz y temible por sus flechas), penetró hasta las riberas del mar Eritreo, lugar donde el sol hace amanecer el día, en donde Febo comienza a desplegar su brillo y con sus fuegos demasiado cercanos curte a los indios de desnudo cuerpo.
      Hijos de una invencible raza perecemos víctimas de un hado cruel que nos arrastra; de instante en instante la Muerte preside un nuevo fúnebre cortejo; interminables filas de una muchedumbre desolada van presurosas al reino de los manes; y esta triste multitud se atasca porque no son suficientes nuestras siete puertas para dar salida a tantos como se encaminan a sus túmulos funerarios. Los cadáveres se van amontonando, y sobre cada uno viene a gravitar el peso del que tras él llega ininterrumpidamente.
       El azote alcanzó primero a las tardas ovejas: el lanudo carnero ramoneó sin apetito los ricos pastos; luego cuando el sacrificador se irguió, alta la mano para herir con golpe mor tal la cerviz del toro, de rutilantes y dorados cuernos, cayó exánime el animal y al hendir su cuello el acero no se tiño de roja sangre, sino que de la profunda herida broto un repugnante pus. El corcel emperezado cae en una de sus vueltas y al flaquear sus lomos arrastra a su jinete en la caída.
      Tendidos en los campos sestean los ganados sin pastar: adolece el toro en medio de su vacada moribunda; el pastor expira entre su mermado rebaño. Los ciervos, ya no temen a los rapaces lobos; el león no hace ya resonar su furioso rugido; los peludos osos deponen su fiereza; la sierpe en su escondrijo ha perdido su ponzoña y seco su veneno, se agosta y muere. El bosque, despojado del follaje que lo adornaba, no difunde por los montes su opaca sombra; el limo fértil no hace verdeguear los campos, ni la viña doblega sus vástagos bajo el peso de los dones de Baco: todos los seres han sido inficionados por la peste que padecemos.
       Las barreras del Eber profundo han sido rotas por el tropel de las hermanas armadas con las tartáreas antorchas; el Flegetonte ha cambiado de riberas y mezclado las aguas de la Estigia con las de la sidonia Tebas. La sombría Muerte abre de par en par sus fauces ávidas y despliega en toda extensión sus alas; y aquel cuya espaciosa barca surca los sombríos ríos, él de recia senectud, apenas puede mover sus brazos fatigados de manejar sin cesar su timón. Y aún hay quien pretende (que el perro del Ténaro ha roto sus férreas cadenas, y vaga errante por nuestras tierras; que el suelo ha rugido y que en los sagrados bosques de los dioses se han visto fantasmas sobre humanos y que el bosque de Cadmea tembló dos veces sacudiendo su nieve, y la fuente de Dirce se enturbió con sangre y que en la noche silenciosa, aúllan los perros de Anfión.
¡Oh, terribles síntomas de una extraña muerte, más penosos que la misma muerte! Una perezosa languidez se adueña de las articulaciones, que quedan inertes, y en el semblante aparece un enfermizo carmín; ligeras pústulas salpican el cutis; luego una ardiente fiebre abrasa con su fuego el cerebro, ciudadela del cuerpo, e hincha las mejillas con una súbita afluencia de sangre, se quedan inmóviles los ojos; la erisipela devora los miembros; las orejas se enrojecen y de la nariz que se encorva fluye una sangre negruzca que se escapa de las venas rotas; un jadeo frecuente y estridente agita el cuerpo hasta lo más hondo de sus vísceras. Los atacados se abrazan desesperados a las frías piedras de las estatuas y aquellos a quienes la desesperación de sus parientes ha dejado en libertad para que puedan salir de sus moradas se sienten atraídos hacia las fuentes, y su fiebre se nutre con la misma agua que ingieren.
      Prosternada al pie de los altares yace una muchedumbre que implora la muerte, único bien concedido voluntariamente por los dioses; las gentes van a los templos, no para aplacar, a las divinidades con votos y promesas, sino porque se sien ten complacidos saciándolos con el espectáculo de su propia muerte. Mas, ¿quién es ese ser que camina hacia palacio con paso tan rápido? ¿No es Creonte, ilustre por su nacimiento y sus hazañas? ¿Es una ilusión de mi imaginación, o bien es una realidad? No, ¡es efectivamente Creonte por quien todos anhelantes suspirábamos!

Edipo. — Creonte (Edipo sale del palacio al anuncio de la. llegada de Creonte.) 

Edipo.—Tiemblo de horror; me pregunto con espanto a dónde va a inclinarse mi destino: un doble sentimiento con mueve mi corazón alarmado: cuando se entremezclan en la penumbra confundidas felicidad y desgracia, nuestro espíritu indeciso
fluctúa a la vez entre el deseo y el temor de saber. Hermano de mi esposa, si con tu llegada traes algún alivio a mi aflicción, apresúrate a hacérmelo saber.

Creonte. — La respuesta del dios se oculta equívoca en un oráculo enigmático.
Edipo. — Quien da a los afligidos un medio de salvación equívoco es como si se lo rehusase.
Creonte. — El dios de Delfos acostumbra a velar con oscuros rodeos sus misteriosos avisos.
Edipo. — Habla, aun cuando la respuesta sea ambigua. Edipo tiene el privilegio de descifrar enigmas.
Creonte. — El dios ordena que se castigue con el exilio, la muerte del rey y que se vengue el asesinato de Layo: sólo entonces nos será dado ver el día claro y respirar aire puro y saludable.
Edipo. — Pero, ¿quién fue el que mató a aquel ilustre rey? Dinos a quién Febo señala como tal, a fin de que reciba el debido castigo.
Creonte. — ¡Ojalá pudiera yo revelar con serenidad hechos horribles de ver y de oír. Mis miembros se paralizan y la sangre se hiela en mis venas. Apenas mis pies pisaron suplicantes el sagrado templo de Febo, y, siguiendo el rito imploré piadosamente a la divinidad prosternado y con las manos extendidas; las dos nevadas cimas del Parnaso retumbaron con un fragor horrible; el laurel de Febo se estremeció amenazador, agitó su follaje; y de repente el agua santa de la fuente Castalia dejó de fluir. La sacerdotisa del hijo de Latona comenzó a sacudir sus cabellos erizados y a recibir delirante la inspiración de Febo; no había llegado aún al antro profético, cuando un fragor inmenso y sobrehumano resonaron estas palabras: «La cadmea Tebas verá volver cielos más clementes si abandonas como fugitivo la fuente Dircea de Ismeno, ¡oh extranjero culpable de la muerte del rey y conocido de Fébo desde tu primera infancia! No disfrutarás por mucho tiempo del fruto de esta muerte criminal: te harás a ti mismo la guerra y se la legarás también a tus hijos, tú, ser infame, que con tu
in cesto has vuelto a penetrar en las entrañas maternas. 
Edipo. — Lo que yo ahora, ante el mandato de la divinidad me preparo a cumplir, debió haber sido prestado por vosotros a las cenizas del rey difunto, para prevenir desde entonces todo pérfido atentado contra la santidad del cetro. A los reyes es a quienes sobre todo conviene asegurar la protección de la realeza: nadie se inquieta por vengar la muerte de un monarca a quien en vida se temía.
Creonte. — La preocupación de castigar aquel asesinato, se dejó a un lado ante temores más acuciantes.
Edipo. — ¿Qué temor pudo impedir cumplir ese piadoso deber?
Creonte. —El de la Esfinge y el de las amenazas horribles de sus enigmas.
Edipo. — Que ese crimen sea castigado ahora como lo prescriben los dioses. ¡Oh vosotros, dioses todos, que contempláis con ojos benignos la suerte de los reyes; tú, que mantienes en tus manes el imperio del cielo; tú, el más hermoso ornamento del firmamento sereno, que en tu curso arrastras uno tras otro los doce signos del zodíaco, y que con tu carro veloz vas haciendo girar los siglos lentos; y tú noctivaga Febe, que al encuentro vas siempre de tu hermano, y tú, señor de los vientos, que a través del mar profundo conduces tu cerúleo carro; y tú, que riges la morada horra de luz, sedme todos propicios: que aquel cuya diestra mató a Layo, no tenga ni un techo donde reposar tranquilo, ni penates, a cuya sombra pueda estar seguro; que exilado, no encuentre acogida en tierra hospitalaria; que padezca el dolor de un himeneo deshonroso y tenga hijos execrables; mate también a su padre con su propia mano, y cometa (ya que nada puede desearse más horrendo) todas las maldades de que yo huí! No habrá perdón para él; lo juro por los dos reinos; por el que ahora rijo aunque extranjero, y por aquel que abandoné; lo juro por mis dioses domésticos y por ti, venerado Neptuno, cuyas olas vienen a morir a ambos lados de nuestro suelo donde retozan; sé, también tú, testigo de mis palabras, tú que animas con tu acento los proféticos labios de la sacerdotisa de Cirra; pueda mi padre pasar una apacible ancianidad y terminar gratamente sus días en su excelso trono; que Mépore no conozca otro matrimonio que el de Pólibo (ayudadme) para que ningún favor arranque de mis manos a ese culpable. Pero, ¿te acuerdas tú, dónde se cometió aquel infame asesinato? ¿Sucumbió el rey en un ataque
franco o en alguna celada?
Creonte. — Cuando iba al sagrado bosque de Castalia de espesos follajes, al pisar el suelo de un sendero por entre tupida maleza, cerca del punto donde el camino para salir al llano se abre en tres ramales, uno que atraviesa la Fócida, suelo amado de Baco, de donde dejando las tierras labrantías se va elevando hacia los cielos, por colinas que suben en pendiente suave a la doble cima del alto Parnaso; otro llega a las tierras (del istmo) de Sísifo, bañado por dos mares, y a los campos de Oleno; el tercero, serpenteando por un valle profundo va a tocar las aguas sinuosas y corta el lecho helado del río Iliso.
      Precisamente cuando tranquilo y confiado llegaba a este lugar una banda de ladrones, lo atacó de improviso a mano armada y cometió ese crimen misterioso. Pero he aquí que en este instante el oráculo de Febo trae a Tiresias, que llega apresurando su paso tardo y tembloroso: viene acompañado por Manto, que le guía en su ceguera.

CREONTE — EDIPO — TIRESIAS — MANTO

Edipo. — Mortal consagrado a los dioses, ser que estás más próximo a Febo, explica su respuesta; dime quién debe ser castigado.
Tiresias. — Si mi lengua tarda en hablar y demanda algún respiro, no debes sorprenderte, magnánimo rey: a un ser pri vado de la vista, quédale encubierta una buena parte de la verdad. Sin embargo, iré donde me llama la voz de la patria y la voluntad de Febo: arranquemos al destino sus secretos. Si mi sangre fuera todavía joven y cálida, recibiría en mi mismo seno los divinos oráculos. Poned al pie de los altares un buey blanco de lucido lomo y una becerra, cuyos cuellos jamás se hayan doblegado bajo el corvo yugo. Y tú, Hija mía, guía de un padre privado de la luz, ve dándome cuenta de los signos ciertos de este sacrificio fatídico. (Los servidores traen ante Edipo las víctimas.)
Manto. — La opima víctima está ante el altar.
Tiresias. — Dirige fervorosa con las fórmulas rituales, nuestras súplicas a los dioses celestiales en favor de nuestros votos, y colma las aras con el incienso del Orienté.
Manto. — (Poniendo incienso sobre el altar) Acabo de poner incienso en la sagrada hoguera de los dioses.
Tiresias. — ¿Y la llama? ¿Ha quemado ya ampliamente las ofrendas?
Manto. — Brilló un súbito resplandor que se extinguió repentinamente.
Tiresias. — ¿La llama clara y brillante se elevó hacia el cielo recta y pura extendiendo su alto penacho por los aires, o bien serpeó indecisa por los costados del altar y se abatió deshaciéndose entre volutas de humo?
Manto. — No fue uniforme el aspecto de la móvil llama: a la manera que la lluviosa Iris envuelve en sí, y en su con torno se entremezclan y confunden variados colores, y abarcan do con sus pintadas franjas una vasta parte del cielo, anuncia, por los matices de sus tonalidades, las lluvias, sin que pueda saberse qué color tiene o cual no tiene, pasando del azul a los pardos reflejos o a los rojos de sangre, y por último se desvanece en las tinieblas. Pero de pronto, el fuego obstinado asciende, y la llama de este único sacrificio se escinde en dos discordes masas: ¡oh padre mío! me horrorizo viendo lo que veo: Las libaciones de Baco truécanse en sangre; la cabeza del rey aparece circundada por espesa humareda que se torna más densa aún en torno de sus propios ojos, una densa nube le priva de la vista de esta sombría luz. Dime, padre ¿qué significa todo esto?
Tiresias. — ¿Cómo voy a poder hablar en medio del tumulto que perturba mi ánimo atónito? ¿Qué podría yo decir? Hay signos de desgracias terribles; pero aún yacen profunda mente en el misterio: la cólera de los dioses se muestra de costumbre por síntomas inequívocos. ¿Qué secreto es, pues, éste, que tan pronto quieren como no quieren revelar? ¿Por qué esconden sus temibles amenazas? Los dioses sienten vergüenza de no sé qué. Ven, apresúrate a traer aquí las víctimas” y a esparcir sobre la cabeza de los toros la harina sagrada, ¿Se someten ellos plácidamente al rito y sé dejan tocar con las manos?
Manto. — El toro, al levantar su altiva cabeza y colocado mirando a Levante, fue herido por la luz, volvió la cara temblando y esquivó los rayos del sol.
Tiresias. — ¿Caen los animales abatidos al primer golpe?
Manto. — La becerra se lanzó ella misma contra la cuchilla levantada y cayó al primer golpe; pero el toro, después de recibir dos heridas, vagando de un sitio a otro se desploma, y va exhalando, agotado, una vida que obstinada se resiste.
Tiresias. — ¿Brota rápida la sangre de una estrecha herida o bien va manando lentamente de hondas heridas ?
Manto. — Fluye abundante por la abertura del pecho en ella; las profundas heridas del toro, tíñense apenas por un como tenue rocío de sangre, que fluye copiosa por su faz y por sus ojos.
Tiresias. — Los sacrificios infaustos despiertan en mí un terror inmenso. Pero, ve dándonos los signos más seguros que ofrecen las entrañas.
Manto. — Padre mío ¿qué es esto? Las entrañas no palpi tan como de costumbre agitadas por un leve movimiento; rehúsan violentamente las manos enteras, y de las venas brotan nuevos chorros de sangre. El corazón, todo él alterado, aparece mustio y se esconde en el fondo del cuerpo; las venas están lívidas; falta gran parte de las fibras de los pulmones; el hígado corrompido, despide una espuma de hiel negra (y esto es siempre un presagio amenazador para la unidad de un reino), he aquí que se elevan dos cabezas iguales por la masa de sus tejidos, y estas dos cabezas tiene cada una sus lesiones escondidas por una delgada membrana que las recubre, dejando, sin embargo, entrever sus secretos: el lado hostil se hincha de una masa sólida, en la cual siete venas se tienden cortadas por una línea oblicua, que les impide volver hacia atrás. El orden de la naturaleza está turbado; nada se encuentra en el lugar que le corresponde; todo está invertido: el pulmón, en la parte derecha no contiene aire, sino sangre; no está tampoco al lado izquierdo el corazón; ni pliegues grasosos encubren con su blanda cubierta las membranas de las entrañas; las partes sexuales están trastocadas; el útero de la novilla, presenta un aspecto insólito. Investiguemos de dónde procede la causa de esta extraña rigidez en las vísceras.
      Pero ¿qué prodigio es éste? Un feto, colocado en un lugar insólito, y no donde debiera estar, llena con su grandor el vientre de la novilla; mueve sus miembros exhalando vagidos y su cuerpo débil se agita con trémulas sacudidas; sangre lívida mancha las fibras negruzcas de las carnes; los cuerpos deformes de las víctimas intentan escapar, y su masa huera se yergue y amenaza con sus cuernos a los ministros del sacrificio; las entrañas se escapan de las manos. Ese mugido que acaba de sonar en tus oídos no es el mugido grave de un buey, ni el bramido de espanto de una torada asustada; es el fuego que muge en el altar y es el hogar que chisporrotea.
Edipo. — Dime, ¿qué es lo que presagian los signos terroríficos de estesacrificio? Escucharé sin temblar tus palabras. Las desgracias excesivas confieren una especie de seguridad.
Tiresias. —Lamentarás los males que tratas de mitigar.
Edipo. — Dime lo único que los dioses quieren que yo sepa: quién manchó sus manos con la muerte del rey.
Tiresias. — Ni los pájaros al hender con sus veloces alas las alturas del cielo, ni las fibras arrancadas de las entrañas palpitantes pueden revelar ese nombre; para ello es necesario buscar otro medio: hay que evocar al mismo rey en persona desde la morada de la eterna noche y hacerle subir desde el Erebo a fin de que sea él quien. designe el autor de su asesinato. Hay que abrir la tierra; hay que conseguir por imprecaciones mover la implacable voluntad de Plutón; hay que arrancar hasta aquí a gente de la Estigia infernal: di a quién vas a confiar esa misión sagrada, ya que a ti te está prohibido asistir a la aparición de las sombras, porque en tus manos tienes el poder supremo.
Edipo. — A ti, pues, Creonte, te corresponde este cuidado, puesto que tú eres el segundo en reino.
Tiresias. — Mientras nosotros vamos a abrir los profundos abismos, de la Estigia haced que resuene el himno de nuestro pueblo en honor de Baco.

Coro
Coro.— ¡Oh tú! cuyos sueltos cabellos coronados con trémulos corimbos de hiedra y cuyos brazos delicados adorna el tirso de Nisa; tú, gloria deslumbrada del cielo ¡oh Baco! ven a escuchar nuestros votos, los que la noble Tebas, tu patria, con sus manos suplicantes te dirige. Vuelve propicio a nosotros tu virginal cabeza; y con tu faz deslumbrante, disipa las nubes y ahuyenta las amenazas siniestras del Erebo y la suerte ávida. A ti te sienta bien coronar tu cabellera con flores primaverales, ceñir tu cabeza con la tiria mitra, y ajustar a tu frente serena la guirnalda de hiedra, cargada de bayas, y dejar flotar tus sueltos cabellos, o recogerlos luego sujetos en apretado nudo, cual antaño, cuando temeroso de tu irritada madrastra, creciste disfrazando tus formas, e imitando a las doncellas de rubias guedejas y sujetando tu vestido con amarillo cinturón. Desde entonces fue de tu agrado este atuendo afeminado, amplio y de flotante cola. Viéronte así sentado en áurea carroza, escondiendo con tus largas vestiduras tus leones, cuantos viven en las vastas llanuras del Oriente; los que beben las aguas del Ganges, y cuantos rompen los hielos del glacial Araxes.
      Sigue en pos tuyo en su tardo borriquillo el anciano Sueno, con sus nevadas sienes, coronadas con guirnaldas de pámpanos; tus lascivos mistas guían con sus danzas tus misteriosas orgías. A ti te acompaña unas veces la cohorte de basaridos que pisan ya el Pangeo edonio, ya la cima del tracio Pindo. Otras es entre las matronas tebanas que se adelanta la impía ménade, compañera del Baco Origión, ceñidos sus flancos con la piel sagrada del cervatillo; eri tu honor las matronas, encendido su pecho con tu delirio, dejaron flotar tus cabellos; luego, después de haber desgarrado los miembros de Penteo, las Tiadas, cuyas manos agitaban el leve tirso, liberadas del estro que aguijó su cuerpo, contemplaron su maldad monstruosa como si les fuese extraña.
      El reino del mar lo posee la tía del glorioso Baco, e Ino, la tebana, va rodeada por el coro de los Nereidas; y un niño extranjero es el señor de las olas del vasto océano, Palemón divinidad venerable, deudo de Baco. A ti de niño, te raptó una cuadrilla de tirrenos; pero Nereo serenó el mar embravecido trocando en praderas sus cerúleas aguas: aquí verdea el plátano con sus hojas primaverales y el laurel, árbol caro a Febo; parleras aves gorgean entre el ramaje; a los remos se adhiere la vivaz hiedra, y la viña trepa enroscándose hasta las altas copas; el león del Ida ruge en la proa, y en la popa se asienta el tigre del Ganges.
       Entonces los piratas empavorecidos se lanzan a nado al mar; pero en cuanto se zambullen en él, cobran una nueva forma; cáenseles primero sus brazos a los ladrones; su pecho se contrae y únesele al vientre; sus manos minúsculas penden a sus flancos, su torso se encorva y aguanta las olas; su cola en forma de media luna hiende las aguas y transformados en delfines van siguiendo las velas que huyen.
      A ti es a quien llevó en sus aguas opulentas el lidio Pactolo de áurea y rápida corriente. Distendió su arco y abandonó sus géticas flechas el Masogeta, que mezcla en sus copas la sangre con leche. Los dominios de Licurgo, el armado de la podadera, sufrió el poderío de Baco. Sintiéronlo también esos países feroces, y asimismo las naciones que Bóreas toca de cerca, y las que cambian constantemente de morada; e igualmente aquellas a las que con sus heladas aguas baña la Meótida laguna; aquellas que contemplan desde sus alturas celestes, la estrella Arcadia y ambos Carros. Él fue quien sometió a los gelonos, que viven diseminados; quitó sus armas a las doncellas guerreras y las cohortes del Termodonte, humillada hasta el suelo su cerviz, depusieron al huir sus saetas ligeras, se convirtieron en ménades.
       El Citerón sagrado se inundó con la sangre vertida en el exterminio de Ofión; y las hijas de Preto hubieron de huir a los bosques, y Argos dio culto a Baco, a pesar de la presencia de su madrastra. Naxos, circundada por el mar Egeo, te dio por esposa a una doncella abandonada, que compensó el daño del esposo (que había perdido) con un más glorioso esposo: de árida roca brotó el licor de Nictelio; cantarines riachuelos corrieron por la grama y la tierra se embebió profundamente con los dulces jugos, y tersas fuentes de nivea leche y de lésbicos vinos, aromados de tomillo.
       La nueva desposada es conducida al inmenso cielo; Febo canta el himno nupcial, dejando flotar sobre sus hombros su cabellera y Cupido el dios de la doble condición, agita las antorchas nupciales, Júpiter depuso sus ígneas flechas, y la llegada de Baco, le hace odiosos sus rayos. Mientras los astros brillantes prosiguen su curso en el cielo milenario; mientras el océano tenga al mundo encerrado en sus olas, que lo ciñen; mientras la luna llena vuelva a juntar sus fulgores perdidos, mientras la estrella de la mañana anuncie el nacimiento matinal del día; mientras la elevada Osa ignore el azul de Nereo, veneraremos la rutilante faz del hermoso Layo.
Edipo. — Aunque tu semblante muestre señales que hacen presagiar lamentables noticias, dime qué cabeza debe apaciguar a los dioses.
Creonte. — Me ordenas decir lo que el temor me aconseja callar.
Edipo, — Si las ruinas de Tebas no son bastante a moverte, muévate el cetro, que se escapa de la casa emparentada con la tuya.
Creonte. — Desearás ignorar, lo que ahora tratas por demás saber.
Edipo. —La ignorancia es un remedio ineficaz contra la desgracia. Así pues ¿pretendes ocultarme lo que puede ser la salvación del Estado?
Creonte.— Cuando el remedio es espantoso, repugna a uno ser curado.
Edipo. — Dime lo que has sabido, o de lo contrario, sabrás cuan temible es el poder de un rey irritado.
Creonte. — A menudo los reyes se irritan porque se les dice lo que se les ha ordenado decirles.
Edipo. — Serás enviado al Erebo, vil víctima sacrificada a la salvación común, si tu voz no me revela los misterios de esta ceremonia.
Creonte.— ¡Ah, séame permitido callar! ¿Se puede implorar de un rey más humilde libertad?
Edipo. — Muchas veces la libertad del mutismo es más peligrosa que la palabra misma para un rey y para una realeza.
Creonte. — Si a uno no le está permitido callar ¿qué es entonces lo que le está permitido?
Edipo. — Es rebelde quienquiera que calla, cuando le ordenan hablar.
Creonte. — Te ruego que al menos acojas sin cólera las palabras que tú me obligas a pronunciar.
Edipo. — ¿Se ha castigado alguna vez a alguien por palabras que le han obligado a decir?
Creonte. — A alguna distancia de la ciudad hay un sombrío bosque de encinas, en los parajes que riega la fuente de Dirce: en la cumbre de este alto bosque levantan sus copas los apreses que lo cercan con sus ramas de follaje siempre verde, y robles añosos que extienden sus ramas tortuosas y carcomidas: uno de éstos, minado por los años, ha reventado por un costado; otro por haber cedido sus raíces agotadas, se inclina y se apoya sobre un tronco inmediato. El laurel de amargas bayas, los leves tilos, el mirto de Pafos, el olmo que proporciona remos que batirán las olas del vasto mar, y el pino, que de tiene a Febo y opone a los céfiros su tronco liso, rodean a un árbol gigante cuya densa sombra domina los árboles menores y esparciendo las ramas de su copa en una vasta extensión, defiende él solo el bosque todo.
      A sus pies, tristemente, privada de la claridad de Febo, helada por una eterna frialdad, brota una fuente cuyas aguas se estancan perezosas en una laguna fangosa. En cuanto el anciano adivino penetró allí dentro, no tuvo que esperar nada puesto que el lugar le ofrecía la oscuridad que se precisa para estos sacrificios.
     Se cavó luego la tierra y se echaron en ella brasas cogidas de la hoguera de la pira. El adivino se reviste con fúnebres ropas y mueve su cabeza. Un lúgubre manto le llega hasta los pies; con este siniestro atavío avanza triste, ceñidos sus blancos cabellos con una corona de mortífero tejo. En la hoya recién abierta, son arroja-das ovejas de negros vellones y bueyes de oscuro pelaje. Las llamas devoran las viandas sagradas y el ganado vivo aún, se estremece junto al fuego feral. Luego el anciano evoca a los manes y te evoca también a ti, que gobiernas y custodias las barreras del lago Leteo; recita las fórmulas mágicas, entona con acento amenazador y voz furiosa, todos los conjuros que apaciguan o doman a las leves sombras; esparce sobre la hoguera cruentas libaciones; quema enteramente las víctimas e inunda la fosa con copiosa sangre: vierte encima, como nueva libación, nívea leche y licor de Baco con la mano izquierda, y repite sus conjuros y encantamientos y con la vista clavada en la tierra, evoca a los manes con voz atronadora y delirante. La jauría de Hécate ladró por tres veces; el fondo de los valles resonó con un lúgubre plañido; la tierra toda tembló con sacudidas que conmovían el suelo. «Me oye, dijo el adivino, he pronunciado las fórmulas rituales: el tenebroso caos se abre y a los súbditos de Plutón se les permite subir hasta el mundo de los vivos.»
      Todo el bosque se inclinó; luego, volvió a alzar su follaje; los robles se hendieron y la floresta entera se estremeció de horror; la tierra se agrietó y gimió desde lo más profundo, bien fuera porque el Aqueronte se sintiera irritado, porque se bucease en sus más hondos abismos, o bien que la tierra misma produjera aquel fragor para dar paso a los muertos, o bien porque el tricéfalo Cerbero, loco de rabia, hubiera agitado sus pesadas cadenas. De repente el suelo se abrió, ahondado en inmensa sima, dejó patente una abertura por donde yo mismo vi entre las sombras los inmotos lagos, los pálidos dioses y la noche en toda su verdad; la sangre se me heló y paralizó en las venas: Surgió de pronto amenazadora una cruel cohorte e irguióse completamente armada, la raza toda nacida del dragón de Cadmo, y el ejército de los hermanos engendrados por los dientes del monstruo de Dirce, con la Peste, plaga ávida del pueblo de Ogigia . Después retumbó la voz horrible de la feroz Erinia,” “resonó la del ciego Furor, la del Horror y la de todo cuanto crean y esconden a la vez las eternas tinieblas: el Duelo, que se mesa los cabellos; la Enfermedad, que con dificultad puede sostener su cabeza fatigada; la Vejez, insoportable consigo misma; el Temor, siempre indeciso. Mi valor desfallecía.
      Aquella misma para quien son familiares los ritos y los sortilegios del anciano, quedó helada de estupor. Pero su padre, a quien su propia ceguera hace intrépido y audaz, evocó a todo el pueblo exangüe del feroz Plutón, y en seguida vino a respirar el aire libre. Menos numerosas son las hojas que caen sobre el Erix, que las vio crecer; menos abundantes las flores que hace nacer el Hibla, mediada la primavera, cuando densos enjambres se dirigen en ellas en compactos grupos; el mar Jónico no estrella tantas olas en sus playas, ni son tan numerosas las aves que huyen de las amenazas del glacial Estimón, hienden las auras cerúleas, para invernar en otros cielos, cambiando las árticas nieves por el tibio ambiente del Nilo, como numerosas fueron las multitudes, que al conjuro de la voz del adivino, surgieron y medrosas se fueron dirigiendo recatadas a los umbrosos reti ros de aquel bosque. Fue el primero en emerger del suelo, Zeto, que llevaba asida de su mano derecha, el asta de un feroz toro; vino luego Anfión, que en su izquierda mano traía la cítara de concha, con cuyas sus suaves melodías tras él llevaba a las rocas; siguió la hija de Tántalo, quien al fin, entre sus hijos, y ya tranquila, va contando sus sombras. A su lado aparece otra madre menos tierna, la enloquecida Agave, seguida de toda aquella femenina banda, que descuartizó á un rey; va en pos de estas bacantes, Penteo, todo lacerado, pero conservando aún en su rostro su aire retador y amenazador. Por fin, y después de muchas evocaciones, levanta su frente avergonzado alejándose de toda “aquella muchedumbre, y procurando esconderse, hasta tal punto que el vate lo amenaza y redobla sus infernales imprecaciones para conseguir que venga, a mostrar bien a las claras los rasgos de su faz, aparece Layo. Me horroriza decirlo: se yergue horrible con todo su cuerpo cubierto de sangre y los cabellos en desorden, mancha dos por un fango repugnante y exclama con voz furiosa: « ¡ Oh, casa de Cadmo, que en tu crueldad te complaces siempre en verter sangre de los tuyos, vibra tus tirsos y con tu mano, movida de un delirio destroza mejor a tus hijos: el mayor crimen de Tebas es el amor materno! ¡Oh, patria mía, no es la ira de los dioses, la que destruye, sino un crimen! ¡No es el soplo funesto del austro el que causa tus duelos; ni la tierra demasiado reseca por falta de lluvias celestiales la que te abruma con exhalaciones nocivas: es un rey manchado de sangre, que como recompensa de un cruel homicidio ocupa el trono y el lecho incestuoso de su padre; hijos odiosos son los suyos, pero el padre es peor todavía que los hijos, ya que hace que un vientre funesto, conciba de nuevo, de manera que el hijo vuelve a entrar en las entrañas que le alumbraron y siembre en su madre progenie impía; y cosa que rara vez acaece ni entre las mismas bestias feroces, se ha engendrado hermanos! ¡Oh, mal intrincado y monstruo más complejo que los enigmas de su propia Esfinge! ¡ A ti, a ti, cuya ensangrentada mano empuña el cetro; a ti, es a quien yo, padre aún sin venganza, voy a perseguir con toda la ciudad y arrastraré conmigo a Erinis, madrina de tu boda. Azotaré con mi látigo a los culpables, hundiré esta casa incestuosa y aniquilaré sus penates con guerra impía. Por lo tanto, apresuraos a lanzar al destierro a vuestro rey, y todo el terreno que él dejare atrás, reverdecerá tras su funesto paso y recobrará sus galas como en la florida primavera; el aire vital se tornará sano; los bosques readquirirán su ornato. La
Muerte, la Peste, el Trabajo, la Pena, el Contagio, el Dolor, digno cortejo suyo, se irán al mismo tiempo que él; y él mismo no pedirá más que huir lo antes posible de nuestro país; pero yo lo retendré; yo pondré obstáculos penosos a sus pasos: vagará indeciso sin saber a dónde dirigirse, tanteando ante él penosamente su camino, con su bastón de anciano. ¡Quitadle la tierra, que yo, su padre, le privaré del cielo!
Edipo. — Glacial estremecimiento invade mis huesos y mis miembros; me veo acusado precisamente de los mismos crímenes “que temí cometer. La unión de Mépore con Pólipo destruye la posibilidad de un crimen mío dé incesto; por otra parte el hecho de que Pólibo viva, absuelve a mis manos del parricidio: el hecho de que mis padres vivan constituye mi defensa de asesinato y de adulterio. ¿Qué posibilidad de cri men me queda aún? Tebas deploró la pérdida de Layo mucho antes de que yo hollara con mis pies el suelo de Beocia. ¿Ha podido equivocarse el anciano, o bien la divinidad abruma aún a Tebas? ¡Ah! ¡No! ¡Ya caigo; ya tengo a los cómplices de una pérfida intriga. Con estas mentiras del adivino se encubre un ardid y con un pretexto divino promete darte mi cetro!
Creonte. — ¿Pero iba yo a querer ver a mi hermana des tronada? Si la lealtad sagrada que uno debe a un hogar, próximo al tuyo, no me retuviera firmemente sujeto a la posición que ocupo ahora, las excesivas amarguras que el destino ofrece bastarían para atemorizarme. ¡Ojalá consientas, mientras estás fuera de peligro, soltar el peso del poder, para que no te aplaste! ¡Retírate! Más seguro estarás en una situación menos elevada.
Edipo.— ¿De modo que aún me exhortas a descargarme espontáneamente de mi demasiado pesada realeza?
Creonte. — Se lo aconsejaría a cuantos todavía tuvieran una situación donde poder escoger libremente; pero para ti es necesario ya soportar lo que te impone tu destino.
Edipo. — Para un ambicioso el camino más seguro de llegar al trono que desea, es cantar las ventajas de la templanza, predicar las dulzuras del ocio y ponderar las delicias del sueño tranquilo; los espíritus a quienes inquieta la ambición son los que más simulan la quietud.
Creonte. — ¿No basta a defenderme de tu acusación un largo pasado de fidelidad?
Edipo. — La lealtad no es para el felón sino un medio, para llegar al crimen.
Creonte. — Libre yo del peso de la realeza, disfruto de sus ventajas; mi casa se ve honrada constantemente por los home najes de gran número de ciudadanos: no pasa día sin que mis lazos estrechos con el trono valgan a mi hogar nuevos y abundantes presentes; llevo una vida magnífica; tengo mesa opulenta y crédito, gracias al cual muchas personas me deben su salvación, ¿qué es lo que falta, a mi modo de ver, a mi felicidad?
Edipo. — ¡Lo que le falta! Jamás los que están en la prosperidad saben moderarse.
Creonte. — ¿ Así que sin saber por qué, voy a perecer como un culpable?
Edipo. — ¿Acaso vosotros me habéis dejado daros cuenta de mi vida? ¿Acaso Tiresias me ha oído defender mi causa? Y sin embargo, a vuestros ojos soy culpable. Me habéis dado el ejemplo: yo lo sigo.
Creonte.—Pero ¿y si soy inocente?
Edipo. — Un rey teme a un culpable posible, tanto como a un culpable cierto.
Creonte. — El que teme falsos peligros los merece verdaderos.
Edipo. — Todo el que ha sido inculpado conserva su odio cuando se le perdona. ¡Caiga pues todo lo que amenaza peligro!
Creonte. — Así germinan los odios.
Edipo. — Quien teme los odios en demasía no sabe ser rey: el terror es el guardián de los tronos.
Creonte. — Quien empuñe el cetro con cruel dureza, teme él mismo a aquellos que lo temen: el terror se vuelve contra el que se lo ha creado.
Edipo. — (A sus guardias.) Asegurad a este culpable, encerrándolo en una mazmorra. Yo entre tanto me llegaré a palacio.

Coro
Coro. — No eres tú la causa de nuestros inmensos peligros, y no es a los Labdácidas a quienes atacan los hados: sino que desde hace tiempo nos persigue la cólera de los dioses; desde que el bosque de Castalia ofreció su sombra al huésped venido de Sidón, y desde que en la fuente Dirce se bañaran los colonos que llegaron de Tiro; es desde cuando el hijo del gran Agenor, cansado de perseguir a través del mundo el objeto del rapto de Júpiter, se detuvo medroso bajo los árboles a fin de adorar al mismo que había raptado a su hermana, y advertido por una orden de Apolo que acompañase a una becerra vagabunda, que no había sido sometida ni al pesado arado, ni al corvo yugo de una lenta carreta, renunció a su persecución y dio a nuestra raza un nombre que tomó de esta fatal becerra; sí, desde aquel momento nuestra tierra ha producido siempre nuevos monstruos: una vez fue una serpiente, que saliendo del fondo de nuestros valles, se irguió silbando en las copas de los añosos robles, o en las cimas de los pinos, o en las más altas ramas de los árboles de Caonia, o asomó su cabeza azulada, aunque replegando sobre sí misma la mayor parte de su cuerpo; otra vez fue la tierra, que grávida de monstruosa preñez, hizo brotar de su seno hombres armados, cuyas trompas de cuerno retorcido retumbaron, y cuyo corvo clarín de bronce lanzó sus notas estridentes. Nunca habían probado la agilidad de sus lenguas, y sus bocas que ignoraban la palabra, se ensayaron primero lanzando un grito de guerra: aquellos ejércitos de hermanos, se disputaron el terreno, raza digna de la simiente lanzada para su nacimiento, raza que recorrió el curso todo de su vida en el espacio de un solo día, y que nacida después de la llegada del matinal lucero, murió antes de aparecer el vespertino.
       El extranjero quedó pasmado por tales prodigios y horro rizado por los combates de ese pueblo que acababa de nacer, hasta que cayó exterminada toda aquella fiera juventud, y su madre vió volver a su seno, a aquellos hijos que acababa de dar a luz. ¡Ojalá las guerras civiles pudieran ser terminadas así, y la Tebas de Hércules no conociera nuevas guerras fraticidas!
       Y ¿qué diré del destino del nieto de Cadmo? Los cuernos de un ciervo vigoroso ocultaron de repente con su frondosidad su frente, y sus propios perros persiguieron a su dueño. Precipitó su huida a través de los bosques y montañas el rápido Acteón, errante y con pies más ágiles todavía, a través de matorrales y de rocas, temió las plumas movidas por el céfiro, evitó las redes que él mismo colocara antes que viera sus cuernos y su cabeza de animal reflejados en el agua de una apacible fuente, en el sitio mismo donde había refrescado sus miembros virginales la diosa del pudor, sañuda en demasía.

EDIPO. — YOCASTA
Εdipo. — Mi mente pasa revista a todas sus inquietudes y revive todos sus temores. Los dioses celestes y los infernales pretenden que soy yo el autor del asesinato de Layo, en tanto que mi alma se sabe inocente y conociéndose ella misma mejor que los dioses, les contradice. Un recuerdo me asalta: en un estrecho camino, yo di muerte con un golpe de mi cayado y lo mandé á la morada de Plutón, a un hombre, con quien me encontré: él era un · hombre de edad, que arrogante me había empujado él primero con su carroza; yo era joven: ello fue lejos de Tebas, en la comarca de Fócida, en un paraje en el que el camino se bifurca. ¡Oh esposa mía, que tan al unísono sientes conmigo! ¡Disipa, te lo ruego, la duda en la que mi mente se debate! ¿En qué; época de su vida estaba Layo cuando pereció? ¿Estaba aún verde y en flor de la edad cuando fue muerto, o bien andaba ya abrumado por la vejez?
Yocasta. — Estaba entre las dos edades; sin embargo, andaba ya más próximo a la vejez.
Edipo. — ¿Acompañaba al rey una escolta numerosa?
Yocasta. — La mayor parte de sus compañeros se habían extraviado, equivocándose por los varios ramales del camino; pero un pequeño número, con celosa solicitud había seguido al pie de la carroza.
Edipo. — ¿Murió alguno más compartiendo el destino del rey?
Yocasta.— Únicamente uno, cuya fidelidad y valor le llevaron a compartir su muerte.
Edipo. — Ya tengo al culpable. Todo concuerda; el número, el lugar. Falta la fecha.
Yocasta. — Actualmente es la décima cosecha a partir de entonces. (Sale.)

Un anciano de Corinto. — Edipo. — Esclavos
Anciano. — El pueblo de Corinto te llama al trono de tu padre Pólibo; éste disfruta ya del eterno descanso.
Edipo. — ¡De qué manera se encarniza por todos los lados contra mí la cruel Fortuna! Dime, pues, ¿de qué muerte ha sucumbido mi padre?
Anciano. — En un apacible sueño, el anciano expiró.
Edipo.— ¡Ah! mi padre yace pues muerto sin que ningún crimen lo haya matado. Testimonio es este que me permite desde ahora levantar piadosamente mis manos inocentes hacia el cielo sin temor a que ningún crimen las manche. ¡Pero queda todavía la parte más temible de mi destino!
Anciano. — Todos tus temores se disiparán en el reino de tu padre.
Edipo. — Volvería con gusto al reino de mi padre; pero mi madre me espanta.
Anciano.— ¡Cómo! ¿Temes a tu madre, que desea ardientemente tu retorno con terrible ansiedad?
Edipo. — Es mi propio amor filial precisamente el que me hace huir de ella.
Anciano. — ¿Abandonarás a tu madre en su viudez?
Edipo — Has tocado justamente el objeto de mis temores.
Anciano. — Dime, ¿qué secreto terror invade tu espíritu? Acostumbro a guardar los secretos de los reyes con muda lealtad.
Edipo. — Me hace temblar el oráculo délfico que me ha amenazado con unos desposorios con mi propia madre.
Anciano. — Da de lado esos quiméricos temores, y disípense tus vergonzosos miedos. Mérope no fue tu verdadera madre.
Edipo. — ¿Qué ventajas esperaba con la suposición de un hijo?
Anciano. — Los hijos son siempre lazos poderosos que afianzan la fidelidad soberbia de los reyes.
Edipo.— Dime, ¿cómo llegó a tu conocimiento este secreto de familia?
Anciano, — Estas manos te presentaron muy niño aún a tu madre.
Edipo—¿Si tú me entregaste a mi madre, quién me entregó a ti?, 

Anciano. —Un pastor, al pie de la cima nevada del Citerón.

Edipo. — ¿Qué azar te había llevado a ti a esos bosques?

Anciano. — Apacentaba en aquellos montes a mis rebaños.
Edipo. — Dime aún algunas señales particulares de mi cuerpo.
Anciano. — En tus pies había señales de haber sido agujereados con un hierro;
a su hinchazón y a su deformidad debes tu nombre.
Edipo. — Quisiera saber quién fue el que te hizo el don de mi cuerpo.
Anciano. — Uno que apacentaba los rebaños del rey y tenía a sus órdenes como inferiores, a todos los demás pastores.
Edipo. — Dime su nombre.
Anciano. — Los recuerdos de antaño se debilitan en los ancianos y la memoria cansada flaquea y se desgasta.
Edipo. — ¿No podrías reconocer a aquel hombre por sus rasgos y por su semblante?
Anciano. — Quizá lo reconociera: a menudo un recuerdo sepultado ya, por el pasado y olvidado, surge gracias a un leve indicio.
Edipo. — (A los esclavos.) Que sean arreados hacia los al tares de los sacrificios, todos mis rebaños, acompañados de sus pastores. Id; apresuraos, haced, esclavos, que se presen ten ante mí todos aquellos en cuyas manos está el cuidado de todos mis rebaños.
Anciano. — Sea que la razón, sea que el azar haya tenido escondido ese misterio, deja que quede en la sombra lo que en ella estuvo tanto tiempo. Ocurre con harta frecuencia que cuando se violenta la verdad, sale a la luz para desgracia nuestra.
Edipo.-— ¿Puede acaso temerse una desgracia mayor que las que estamos padeciendo?
Anciano. — Has de saber que lo que exige tan grandes esfuerzos es de gran importancia; se da aquí un doble .conflicto entre la salud pública y la salud del rey; ambas tienen una importancia igual: mantén tus manos apartadas de uno y otro: incluso sin que tú trates de hacer ninguna averiguación, el destino se encargará él mismo de revelarlo.
Edipo. — No conviene, es cierto, quebrantar una situación afortunada; pero nada arriesga uno poniendo en movimiento lo que ya está en un estado desesperado.
Anciano. — ¿Pretendes acaso un nacimiento más noble que tu real raza? Ten cuidado, no tenga que pesarte haber encontrado a tu madre.
Edipo. — Aun cuando tuviera que arrepentirme de ello, intentaré llegar a la certeza de mi nacimiento, si es posible dar con esa certidumbre. Aquí tienes al hombre de edad avanzada ahora, bajo cuyas órdenes estaban los pastores de los re baños del rey: su nombre es Forbas ¿Te acuerdas de ese nombre o de los rasgos del semblante de este anciano?

FORBAS. — LOS MISMOS
(Forbas se adelanta y el anciano lo examina de cerca.)
Anciano. — Su fisonomía algo dice a mi memoria; pero su semblante no me es muy familiar, y sin embargo, tampoco me es del todo desconocido.
Edipo. — ¿Cuando Layo ocupaba el trono, no llevaste tú, como esclavo, sus lucidos rebaños a las pendientes del Citerón?
Forbas. — Sí; es fértil Citerón ofrecía en verano a nuestros rebaños, sus praderas siempre cubiertas de nueva yerba.
Anciano. — ¿Y a mí, me reconoces?
Forbas. — Vacila mi frágil memoria…
Edipo. — ¿Tú entregaste un niño a este hombre? Habla. ¿Dudas? ¿Por que tus mejillas cambian de color? ¿Por qué rebuscas tus palabras? La verdad es enemiga de rodeos.
Forbas. — Sí; es cierto que entregué a este hombre un niño es algo que el tiempo ha oscurecido.
Edipo. — Confiesa, si no quieres que sea el dolor quien te fuerce a decir la verdad.
Forbas. — Sí; es cierto que entregué a este hombre un recién nacido: no era capaz de disfrutar ni de la luz ni del cielo.
Anciano.— ¡Ah! ¡Lejos de nosotros este presagio! ¡Vive y deseo que siga viviendo!
Edipo. — ¿Por qué presumes que el niño que entregaste no ha sobrevivido?
Forbas. — Sus pies estaban unidos por un agudo hierro que los taladraba y una hinchazón producida por la herida, iba minando su cuerpo infantil con horrible infección.
Anciano. — ¿Para qué interrogar más? Ya se aproxima tu destino.
Edipo. — ¿Quién era ese niño? Házmelo saber.
Forbas. — La fidelidad jurada me lo impide.
Edipo.— ¡Hola! ¡A ver, alguien! ¡Fuego! Las llamas sabrán triunfar de tu fidelidad.
Forbas. — Se me quiere arrancar la verdad por tan crueles medios. ¡Por favor! ¡Te suplico!
Edipo. — Si te parezco duro y tiránico, en tu mano tienes la evasión; di la verdad: ¿Quién era? ¿Qué padre lo engendró? ¿Qué madre lo trajo al mundo?
Forbas.— ¡La madre que lo trajo al mundo es ¡tu esposa!

(Forbas y el Anciano salen.)

Edipo.— ¡Ábrete, tierra; y tú, que gobiernas la tenebrosa morada, rey de las sombras, hunde en el fondo de los abismos del Tártaro a quien ha trastornado las leyes del nacimiento y de la generación! ¡Ciudadanos, acopiad piedras, para lapidar mi cabeza culpable; atravesadme con vuestras flechas; traspásenme con su espada los padres; traspásenme los hijos; que las esposas armen contra mí sus manos, así como los hermanos, y que este pueblo contaminado me lance teas arrancadas de las hogueras! ¡ Oprobio del mundo, objeto del odio de los dioses; destructor de las más santas leyes, voy vagando merecedor de la muerte, desde el día mismo en que respiré por primera vez! ¡Devuélveme tus sentimientos de entonces, madre mía; atrévete ahora a un acto digno de tus maldades! ¡Ve, apresúrate; ve con rápido paso a tu palacio; felicita a tu madre por los hijos con los que acrecentaste tu casa!

CORO
Coro. — Si me fuera permitido forjar a mi voluntad mi destino, templaría mis velas a favor del leve céfiro, para que mis antenas no se estremecieran al soplo de un poderoso viento. Quisiera que una brisa suave, de moderado soplo, hiciera avanzar, sin azotar sus flancos, mi bajel que no tiembla; pudiera yo con toda seguridad seguir el curso de la vida, por el camino medio. Por temor al rey de Gnoso y dejándose llevar de su loco desvarío, quiso llegar hasta las estrellas un adolescente, confiando en su osada invención, trató de vencer a las aves verdaderas; pero pidió demasiado a sus alas artificiales y cambió su nombre al mar, que recibió el suyo. Su viejo padre, el prudente Dédalo, manteniéndose a una altura moderada en su vuelo, permaneció en las regiones medianas del aire, bajo las nubes y espera a su hijo-pájaro, y corno un ave auténtica, esquivando a las aves de rapiña, que congrega a sus crías que el miedo dispersó, hasta que el hijo caído al mar empezó a agitar sus brazos embarazados por los estorbos con que se había cargado para emprender su audaz ascensión. ¡Todo lo que sobrepasa la justa medida queda suspendido sobre un precipicio! Pero ¿qué es esto? Las puertas crujen. Aquí llega un servidor del rey triste y golpeándose con las manos la cabeza. Dinos, ¿qué nuevas traes?

MENSAJERO – CORO
Mensajero. — En cuanto se convenció de que las predicciones de los oráculos se habían cumplido y supo cuál era su nacimiento infame, y en fin, de qué maldad era responsable, Edipo se condenó a sí mismo, y dirigiéndose al palacio, lleno de indignación contra si mismo penetró con precipitados pasos en aquella odiosa morada, cual libre león que, enfurecido vaga a través del campo sacudiendo sobre su temible frente su amarilla melena, torvo de rabia el semblante, desorbitado el mirar, exhalando gemidos y sordos lamentos, bañado su cuerpo en un frío sudor, lanza espuma de su boca, profiere amenazas y el inmenso dolor escondido profundamente, desborda de su pecho.
      Cruel consigo mismo, maquina no sé qué designio formidable en proporción con su destino. «¿Por qué retardar mi castigo?» exclama; «que este culpable pecho sea atravesado por la espada; que sea consumido por alguna antorcha ardiente, o quebrantado a pedradas». «¿Qué tigre o qué ave de presa vendrá a cebarse en mis entrañas?» «Tú mismo, ¡oh fatal Citerón!, que tantas maldades cobijas, azuza contra mí, las tierras de tus bosques o tus canes rabiosos.» «Ha llegado la hora de devolverme a Agave.» «¡Alma mía, ¿por qué temer la muerte? Sólo la muerte puede sustraer al inocente de los avatares de la Fortuna.» Al decir estas palabras, echa mano al pomo de su espada, la saca de la vaina y dice: «Pero, ¿con tan breve y expedito castigo es como piensas expiar tan grandes crímenes, y con un único golpe pretendes compensar todas tus maldades? Mueres; cierto, y ello bastaría para vengar a tu padre, pero luego ¿qué satisfacción das a tu madre, a tus hijos, cuyo nacimiento está maldito; qué expiación, te impon-drás a ti mismo, qué compensación ofrecerás a tu patria, la que por tu crimen soporta una terrible calamidad?» «No podrías pagar todo eso: que esta Naturaleza, que para Edipo solo, trastornó sus inmutables leyes, e imaginó insos pechados alumbramientos, que invente también para mí nuevos suplicios.» «Que se me conceda vivir y morir varias veces seguidas para expiar cada vez con un suplicio nuevo mis delitos. Sírvete, mísero Edipo, de tu ingenio: si la repetición del suplicio es imposible, que por lo menos sudoración lo supla.
        Elegiré una muerte lenta: encontraré un medio de andar errante sin mezclarme entre los muertos y, sin embargo, aislado de los vivos: morir, pero sin llegar a la muerte ¿Vacilas, alma mía? De repente un llanto copioso inunda mis ojos y un mar de lágrimas baña mis mejillas. Pero ¿basta con llorar? ¿Este leve rocío será el único que verterán mis ojos? ¡Ah, que arrancados de sus órbitas sigan a mis lágrimas! ¡Sí; arranquemos estos ojos incestuosos! Y así diciendo salvaje, y cual si quisieran ellos salirse de sus orbitas, furioso, audaz, feroz, como sólo lo están los locos, lanzó un gemido y sañudo, hundió sus manos en sus ojos.
       Pero sus ojos amenazadores se yerguen a su encuentro tendidos hacia la mano que los ataca, la siguen y como por propio impulso, se precipitan al golpe que los hiere. Busca él ávidamente sus órbitas y arranca a la vez los dos globos de sus ojos desraizándolos por completo; sus dedos escarban en la cavidad abierta, y hundidos en el fondo, lacera con sus uñas la profundidad de las órbitas ya vacías; y se encruelece en vanos esfuerzos y se ensaña inútilmente. Réstale hacer la prueba de la luz. Alza la cabeza recorriendo con sus órbitas vacías la extensión del cielo y comprueba la absoluta oscuridad, la noche total. Corta las fibras que cuelgan aún de sus ojos mal arrancados, y grita victoriosamente a los dioses. «Perdonad ahora a la patria yo os lo suplico; me he hecho justicia, ya sufrí el castigo que debía, he sabido encontrar una noche
digna de mi fatal himeneo.» ¡Horribles chorros de sangre bañan su semblante y su cabeza mutilada; de sus venas arrancadas brota un raudal de sangre!

(Sale.)

Coro. — Los hados nos conducen, ceded al destino; nuestras inquietudes no podrían cambiar la trama del huso fatal. Todo lo que sufrimos, ¡oh raza de los mortales, y todo lo que hacemos, proviene de allá arriba! El huso de Láquesis, hila un destino del cual ella es la guardiana y jamás su mano vuelve a enrollar sus hilos.
       Todos los seres caminan por un inevitable sendero y el primero de sus días determina el último; los dioses mismos no tienen la facultad de modificar el curso de las cosas, que dependen de sus propias causas. El orden de los aconteceres sigue para cada uno, sin que ninguna plegaria pueda alterar su inmutabilidad; a menudo es el mismo temor el que pierde a la gente, y más de uno ha encontrado su muerte porque la temía. Las puertas han chirriado y he aquí al mismo Edipo, que sin guía, de nadie y huérfano de luz, tantea su camino.

EDIPO – LUEGO, YOCASTA – CORO
Edipo. — Está bien: ya está hecho; he pagado a mi padre mi deuda. Me gustan estas tinieblas. ¿Qué dios, por fin, clemente conmigo ha esparcido sobre mi cabeza esta nube de oscuridad? ¿ Qué dios me perdona mis crímenes? He escapado a la luz, cómplice del día. A tus manos parricidas nada debes: la luz ha huído de ti En efecto, sí; éste es el semblante que a Edipo le sienta bien.


(Yocasta sale de palacio.)


Coro. — ¡ Ah! ¡ He aquí que Yocasta desesperada, fuera de sí sale de palacio con precipitados pasos, cual la madre tebana, presa de un delirio alocado, cuando cortó la cabeza de su hijo y se diO cuenta de que era a él a quien había matado! Duda, a la vez y desea, y teme hablar al desgraciado. Ya su pudor cedió al exceso de sus males; pero la palabra se corta a flor de sus labios…
Yocasta.— ¿Con qué nombre, he de llamarte? ¿Hijo mío? ¿Te turbas ? Eres mi hijo. ¿Te avergüenzas de ese nombre? Aunque este nombre te repugne, hijo mío, contesta. ¿Por qué vuelves tu cabeza y tus órbitas vacías?
Edipo. — ¿Quién me prohÍbe disfrutar de las tinieblas? ¿Quién me devuelve mis ojos? ¡Es mi madre, sí; es la voz de mi madre! ¡ He pues actuado en vano! Desde ahora ya no nos está permitido encontrarnos. ¡Que la inmensidad de los mares separe nuestras cabezas malditas: que las más recónditas tierras nos mantengan lejos el uno del otro y que el hemisferio opuesto a éste y vuelto hacia otros astros y un sol opuesto al nuestro, sea la morada de cada uno de nosotros !
Yocasta. — La culpa es de los hados: nadie es culpable cuando es víctima de la fatalidad.
Edipo.— ¡Oh madre mí! Ahorra tus palabras: que no te oigan más mis oídos, te lo suplico; por los restos de mi cuerpo mutilado, por las infortunadas prendas de nuestro hi meneo, por todos los nombres legítimos o ilegítimos que podemos darnos.
Yocasta. — ¿Por qué te quedas pasmada, alma mía? ¿Por qué, tú, cómplice de sus crímenes, te niegas a expiarlos? Con tu incesto, has hecho perecer, confundidas, las leyes humanas más santas: muere, y que el acero te arranque tu culpable aliento. Ni aun cuando el padre de los dioses trastornara el universo y con despiadada mano lanzase contra mí sus ardientes rayos, nunca sufrí yo, madre infame, un castigo proporcionado a mis maldades. La muerte es mi deseo: busquemos el medio de morir. Vamos, presta tu brazo a tu madre, si eres parricida. Aún te queda esta suprema labor: coge esta espada; ella fue la que mató a mi esposo, ¿qué digo, esposo? ¿Por qué darle ese nombre mentiroso? Fue mi suegro. Voy a atravesarme el pecho con esta espada o bien la hundiré en mi abierto cuello. No sabes elegir el sitio donde herirte: atraviesa, ¡oh diestra mía, atraviesa este vientre, demasiado fecundo, que gestó al marido y a sus hijos!


(Se mata.)


Coro. — Yace atravesada por el golpe. Su mano moribunda se mantiene en la herida y la sangre brota a torrentes tan fuertes que con ella escupe la espada.
Edipo. — ¡ Dios fatídico, dios tutelar de oráculos infalibles, te tomo por testigo que sólo debí a la fatalidad la muerte de mi padre: ahora bien dos veces parricida, más culpable aún que lo que temía, he aquí que he matado a mi madre: mi crimen la ha abrumado! ¡Oh Febo, embustero; he ido más allá de mi destino impío! Seguiré con paso titubeante los fa laces caminos osando apenas posar en tierra la planta de mis pies y guiándome en las tinieblas espesas, con ayuda de mi temblorosa mano! Vamos, Edipo. Ve al azar, exponiéndote a caer, andando con pasos inseguros. Ve, huye, anda; —anda—, no; detente, no vayas a trastabillar con el cadáver de tu madre. Vosotros todos, que agotados de cuerpo y agobiados de males arrastráis vuestros corazones desfallecidos, erguid vuestras cabezas : ya me voy, ya huyo. Un cielo más puro renacerá en pos mío que todos aquellos que yacen y cuyo pecho retiene apenas un soplo de vida, respiren aliviados un aire vivificador. Id; socorred aún a las personas que consideréis desahuciadas. Me llevo conmigo todos los gérmenes mórbidos de estas tierras. ¡Oh, muertes violentas, horribles convulsiones de la Enfermedad, de la Demacración, de la negruzca Pestilencia, de la Desesperación rabiosa, venid conmigo! ¡Venid, sed vosotras el guía que me conviene!

FIN

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