El viaje de Orfeo

            INTRODUCCIÓN     

          Se consideraba a Orfeo como un líder religioso y gran poeta. Se decía que era hijo de la musa Calíope y de Eagro, aunque otras fuentes dicen que era hijo de Apolo. Se dice que su canto era tan prodigioso que era capaz de seducir a los seres inanimados y a los animales y que su mayor acto de heroísmo fue descender al Hades para rescatar a su amada Eurídice.
          Es posible que el nombre de Orfeo sea tan antiguo que no se puede rastrear su significado en el tiempo. Muchas de las fuentes literarias consideran que Orfeo es anterior a Homero y Hesíodo, al menos por once generaciones. Se lo encuentra participando de la expedición de los Argonautas, por lo cual, desde esta perspectiva, es anterior a la guerra de Troya.
         Las versiones del mito incluidas aquí nos llegan por Virgilio y por Ovidio. La versión de Virgilio se encuentra en las Geórgicas. Allí se narra la historia de Orfeo dentro del relato del apicultor Aristeo; en cambio, la versión de Ovidio en el libro X de las Metamorfosis, narra puramente la situación de Orfeo y Eurídice.
         Ovidio y Virgilio se han basado en la misma fuente Helenística para componer sus poemas y en ella se narra un final trágico, pues algunos estudiosos dicen que el mito, en su formulación más antigua, termina con la liberación efectiva de Eurídice del Hades y por lo tanto, con su vuelta al mundo de los vivos.
     Sobre la muerte de Orfeo también existen varias versiones. En algunas de ellas se dice que fue desmembrado por las tracias o ménades o bien que se ha quitado la vida por la aflicción.

           Las características y la figura “Orfeo” más allá del personaje

       Los estudiosos de los mitos que se dedican a comparar similitudes y diferencias entre los mitos de la antigüedad sostuvieron, primeramente, que Orfeo era una divinidad infernal, es decir, no un demonio malvado sino una divinidad que habitaba debajo de la tierra. Más adelante se consideró que Orfeo era una especie de Rey-sacerdote que se representaba a veces con la figura de un zorro. Otros consideraron que “Orfeo” era un canto de júbilo, alegría y celebración en relación con la divinidad que cuidaba la naturaleza (de allí, tal vez, la poderosa influencia que pudo tener con su música sobre los seres vivos y no animados como los árboles, las piedras, y las almas). De esto se desprende que, como las figuras míticas están muy lejanas en el tiempo, éstas han sufrido muchos cambios y transformaciones o interpretaciones durante la historia. Por eso, tenemos tantos significados relacionados con el nombre “Orfeo” que trascienden al personaje del mito que leeremos, aunque éste sea el que más conozcamos.
          Una de las interpretaciones que alcanzó más éxito en la antigüedad, antes de crearse el personaje de la adaptación del mito que continúa es la siguiente: Orfeo era la figura de un chamán mítico, o un prototipo o modelo de estos chamanes que tenían la capacidad de hacer que su alma saliera del cuerpo y viajar al cielo o al infierno, conversara con los animales y los espíritus y, así, dominaba los secretos de la vida y la muerte. Esto transformaba al personaje en un ser muy poderoso. En el mito que leímos, existen estos rasgos y los podemos rastrear, tanto en la versión original o en una traducción como en la adaptación que sigue:

“el canto de Orfeo es tan bello que las piedras del camino se apartan para no lastimarlo, las ramas de los árboles se inclinan hacia él, y las flores se apresuran a abrir sus capullos para escucharlo mejor”

“Tenarias etiam fauces, alta ostias ditis /et caligantem nigra formidine lucum / ingressus manesque adiit, regemque tremendum / nesciaque humanis precibus mansuescere corda” 

y también: 

“quin ispa stupere domus atque intima leti / Tartara caeruleosqueimplexa crinibus angues /Eumenides , tenuitque inhinas tria Caerberus ora”.

          Es decir que Orfeo, como chamán, puede influir sobre los animales, sobre los seres inanimados, viajar al mundo de la muerte, rescatar un alma y volver vivo al mundo de los mortales; y, al momento de su muerte, se narra que su cabeza llega cantando sobre su lira a diferentes lugares según la versión del mito que se lea. Estos aspectos son los más antiguos. Los aspectos más modernos son los relacionados con la música que pueden servir de puente entre la mortalidad y la inmortalidad. En muchos relatos del mundo antiguo, especialmente los relatos bíblicos, había personajes que tenían la posibilidad de influenciar a los mortales y a los espíritus por medio de la música o el canto. Uno de los más conocidos es David: antes de ser rey de Israel, fue músico del Rey Saúl. Tocando la lira podía alejar a los espíritus que atormentaban a Saú, primer rey de Israel
       De este modo, vemos que Orfeo no es un simple personaje de un mito, sino que es una figura muy importante en el mundo antiguo que trasciende las fronteras del personaje del mito que leímos y el que aparece en diferentes historias de la actualidad como Orfeo, el caballero de plata de la diosa Atena en Saint Seiya Hades, Capítulo Inferno. 

Juegos para aprender

Orfeo y Euridice

          Orfeo canta.
       Canta, mientras recorre las praderas y los bosques de su país, Tracia. Acompaña su canto con una lira, instrumento que él perfeccionó agregándole dos cuerdas. Hoy la lira posee nueve cuerdas en honor a las nueve musas. 
         El canto de Orfeo es tan hermoso, que las piedras del camino se apartan para no lastimarlo, las ramas de los árboles se inclinan hacia él, y las flores abren presurosas sus capullos  para escuchar su canto.
         De repente, Orfeo se detiene: frente a él, hay una muchacha hermosísima. Ella está sentada en la ribera del río Peneo y está peinando su larga cabellera. La muchacha se detiene con la llegada del viajero. Ella viste sólo una túnica ligera, al igual que las náyades que habitan las fuentes. Orfeo y la ninfa se encuentran cara a cara un instante, sorprendidos y encandilados uno por el otro.

     —¿Quién eres, misteriosa muchacha? ¡Eres tan hermosa, desconocida! —le pregunta al fin Orfeo, acercándose a ella.
            —Soy Eurídice, una hamadríade.

        Por el extraño y delicioso dolor que le atraviesa el corazón, Orfeo comprende que el amor que siente por esta bella ninfa es verdadero.

         —¿Y tú? —pregunta, por fin, Eurídice—. ¿Quién eres?
      —Me llamo Orfeo. Mi madre es la musa Calíope y mi padre, Apolo, el dios de la Música. Soy músico y poeta -responde, haciendo sonar algunos acordes en su instrumento de cuerdas tendidas en un magnífico caparazón de tortuga—, agrega:
         —¿Ves esta lira? La he mejorado yo y la he llamado cítara.
         —Lo sé. ¿Quién no ha oído hablar de ti, Orfeo?

         Orfeo se hincha de orgullo. La modestia no es uno de sus dones. Le encanta que la ninfa conozca su fama.

         —Eurídice —murmura, inclinándose ante ella—, creo que Eros me ha atravesado con su flecha dorada.

          Eros es el dios del Amor. Halagada y encantada, Eurídice estalla en una gran carcajada.

         —Soy sincero —insiste Orfeo—. ¡Eurídice, quiero casarme contigo!

         Escondido entre los juncos de la ribera, hay alguien que no se ha perdido nada de la escena. Es otro hijo de Apolo: Aristeo, que es apicultor y pastor. Él también ama a Eurídice, aunque la bella ninfa siempre lo rechazó. Se muerde el puño para no gritar de celos. Y jura vengarse…

         Finalmente, el día más emocionante ha llegado. Orfeo y Eurídice están celebrando su casamiento. La fiesta está en su mejor momento a orillas del río Peneo. La joven novia ha invitado a todas las hamadríades, que están bailando al son de la cítara de Orfeo. De golpe, para hacer una broma a su flamante esposo, exclama:

       —¿Orfeo, podrás atraparme?

       Riendo, se echa a correr entre los juncos. Abandonando su cítara, Orfeo se lanza en su persecución. Pero la hierba está alta, y Eurídice es muy veloz. Una vez que su enamorado queda fuera de su vista, se precipita en un bosquecillo para esconderse. Allí, la apresan dos brazos vigorosos. Ella grita de sorpresa y de miedo.

        —No temas —murmura una voz ronca—. Soy yo: Aristeo.
        —¿Qué quieres de mí, maldito pastor? ¡Regresa con tus ovejas, tus abejas y tus colmenas!
        —¿Por qué me rechazas, Eurídice? ¡Yo te amo!
        —¡Suéltame! ¡Te desprecio! ¡Yo amo a Orfeo! ¡Orfeo! ¡Orfeo!  -grita desesperada.

        —Un beso… Dame un solo beso, y te dejaré ir.

       Con un ademán brusco, Eurídice se desprende de los fuertes brazos de Aristeo y regresa corriendo a la ribera del Peneo. Pero el apicultor no se da por vencido y la persigue de cerca. En su huida, precipitada, no advierte la terrible hidra que guarda la ribera del río. Esta, hunde sus colmillos fatales en la pantorrilla de la desdichada Eurídice.

       Orfeo finalmente la alcanza, pero es demasiado tarde. Aristeo ya se ha alejado y Orfeo no se entera aún de su participación funesta en esta desgracia. 

        —¡Orfeo! —grita haciendo muecas de dolor. Su novio acude.
       —¡Eurídice! ¿Qué ha ocurrido?
        —Creo… la hidra… no la ví. Me ha mordido.

      Orfeo abraza a su novia, cuya mirada se nubla. Pronto acuden de todas partes las hamadríades y los invitados. Al ver tal desgracia, el corazón se les llena de pesar.

        —Eurídice… te suplico, ¡no me dejes!
        —Orfeo, te amo, no quiero perderte…

        Son las últimas palabras de Eurídice. Jadea, se ahoga. Es el fin, el veneno ha hecho su trabajo. Eurídice ha muerto. Alrededor de la joven muerta, resuenan ahora lamentos, gritos y gemidos. Orfeo quiere expresar su dolor: toma su lira e improvisa un canto fúnebre que las hamadríades repiten en coro y se oyen en las colinas del Ródope, Pangea elevada, la marcial tierra de Reso, el Ebro y Acte. Es una queja tan conmovedora que las bestias salen de sus escondites, se acercan hasta la hermosa difunta y unen sus quejas a las de los humanos. Es un canto tan triste y tan desgarrador que, del suelo, surgen miles de manantiales de lágrimas.

       —¡Es culpa de Aristeo! —acusa de golpe una de las hamadríades.
       —Es verdad. ¡He visto cómo la perseguía!
        —Malvado Aristeo… ¡Destruyamos sus colmenas!
        —Sí. Vayamos contra él. ¡Venguemos a nuestra amiga, Eurídice!

     Orfeo no tiene consuelo. Asiste a la ceremonia fúnebre sollozando. Las hamadríades, emocionadas, le murmuran:

      —Vamos, Orfeo, ya no puedes hacer nada. Ahora, Eurídice se encuentra a orillas del río de los infiernos, donde se reúnen las sombras. Al oír estas palabras, Orfeo se sobresalta y exclama:
      —Tienen razón. Está allí. ¡Debo ir a buscarla!

       A su alrededor, se escuchan algunas protestas asombradas. ¿El dolor había hecho a Orfeo perder la razón? ¡El reino de las sombras es un lugar del que nadie vuelve! Su soberano, Hades, y el horrible monstruo Cerbero, su perro de tres cabezas, velan por que los muertos no abandonen el reino de las tinieblas. 

      – Iré —insiste Orfeo—. Iré y la arrancaré de la muerte. El dios de los infiernos consentirá en devolvérmela. ¡Sí, lo convenceré con el canto de mi lira y con la fuerza de mi amor!

       La entrada a los infiernos es una gruta que se abre sobre el cabo Ténaro. ¡Pero, aventurarse allí sería una locura! Orfeo se ha atrevido a apartar la enorme roca que tapa el orificio de la caverna; se ha lanzado sin temor en la oscuridad. ¿Desde hace cuánto tiempo que camina por este estrecho sendero? Enseguida, gemidos lejanos lo hacen temblar. Luego, aparece un río subterráneo: el Aqueronte, famoso río de los dolores.
      Orfeo sabe que esa corriente de agua desemboca en la laguna Estigia, cuyas orillas están pobladas por las sombras de los difuntos. Entonces, para darse ánimo, entona un canto con su lira. ¡Y sobreviene el milagro! ¡Desde lo profundo del Érebo las almas de los muertos dejan de gemir, los espectros acuden en muchedumbre como aves escondidas tras las hojas cuando el véspero sopla, para oír a este audaz viajero que viene del mundo de los vivos!
    De repente, Orfeo ve a un anciano encaramado sobre una embarcación. Interrumpe su canto para llamarlo:

        —¿Eres tú, Caronte? ¡Llévame hasta Hades!

      Admirado y subyugado tanto por los cantos de Orfeo como por su valentía, el barquero encargado de conducir las almas al soberano del reino subterráneo hace subir al viajero en su barca. Poco después, lo deja en la otra orilla, frente a dos puertas de bronce monumentales. ¡Allí están, cada uno en su trono, Hades, el temible dios de los infiernos y su esposa, la terrible Perséfone! A su lado, el repulsivo can Cerbero abre las fauces de sus tres cabezas; sus ladridos llenan la caverna.

       Hades mira despectivo al intruso:

       —¿Quién eres tú que se atreve a desafiar al dios de los infiernos?

        Entonces, Orfeo canta. Acompañando el canto con su lira, alza una súplica en tono desgarrador:

       —Noble Hades, ¡mi valentía nace solamente de la fuerza de mi amor! De mi amor hacia la bella Eurídice, que me ha sido arrebatada el día mismo de mi boda. Ahora, ella está en tu reino. Y vengo, poderoso dios, a implorar tu clemencia. ¡Sí, devuélveme a mi Eurídice! Déjame regresar con ella al mundo de los vivos.

      Hades vacila antes de echar al temerario joven. Vacila, pues incluso el terrible Cerbero parece conmovido por ese ruego: el monstruo ha dejado de ladrar. ¡Se arrastra por el suelo, gimiendo!
    —Eres un joven imprudente. —declara Hades señalando las puertas— Nadie sale de los infiernos ¡No debería dejarte ir!
      —¡Lo sé! —respondió Orfeo—. ¡No temo a la muerte! Puesto que he perdido a mi Eurídice, perdí toda razón de vivir. ¡Y si te niegas a dejarme partir con ella, permaneceré entonces aquí, a su lado, en tus infiernos!

        Perséfone se inclina hacia su esposo para murmurarle algunas palabras al oído. Hades agacha la cabeza, indeciso. Por fin, tras una larga reflexión, le dice a Orfeo:

     —Joven temerario, tu valor y tu pena me han conmovido. Que así sea: acepto que partas con tu Eurídice. Pero, pondré tu amor a prueba…

      Una oleada de alegría y de gratitud invade a Orfeo.

    —¡Ah, poderoso Hades! ¡La más terrible de las condiciones será más dulce que la crueldad de nuestra separación! ¿Qué debo hacer?
     —No te darás la vuelta para mirar a tu amada hasta tanto no hayan abandonado mis dominios. Pues serás tú mismo quien la conduzca fuera de aquí. ¿Me has comprendido bien? ¡No debes mirarla ni hablarle! Si desobedeces, Orfeo, ¡la perderás para siempre! ¡No volverás a ver a Eurídice jamás!

       Loco de alegría, el poeta se inclina ante los dioses.

       —Ahora vete, Orfeo. Pero no olvides lo que he decretado.

       Orfeo ve que las dos hojas de la pesada puerta de bronce se entreabren chirriando.

      —¡Camina delante de ella! ¡No tienes derecho a verla!

     Rápidamente, Orfeo toma su lira y se dirige hacia la barca de Caronte. Lo hace lentamente, para que Eurídice pueda seguirlo. La angustia y la incertidumbre le arrancan lágrimas de los ojos. Está a punto de exclamar: “¡Eurídice!”, pero recuerda a tiempo la recomendación del dios y se cuida de no abrir la boca. Apenas sube a la barca de Caronte, siente que la embarcación se bambolea por segunda vez. ¡Eurídice, pues, se ha unido a él! Refunfuñando por el sobrepeso, el viejo barquero emprende el camino contra la corriente.          Finalmente, Orfeo desciende en tierra y se lanza hacia el camino que conduce al mundo de los vivos. Pronto, se detiene para oír. A pesar de las corrientes de aire que soplan en la caverna, adivina el roce de un vestido y el ruido de pasos de mujer que siguen por el mismo sendero. ¡Eurídice! ¡Eurídice! Escala las rocas de prisa para reunirse con ella lo antes posible. Pero, ¿y si se está adelantando demasiado? ¿Y si ella se extravía?
      Dominando su impaciencia, disminuye la velocidad de su andar, atento a los ruidos que, a sus espaldas, indican que Eurídice lo está siguiendo. Pero cuando vislumbra la entrada de la caverna a lo lejos, una espantosa duda lo asalta. Sin embargo, para darse valor, murmura:

      —Ánimo, sólo faltan algunos pasos…

       Con el corazón palpitante, Orfeo da esos pasos. ¡Y de un salto, llega al aire libre, a la gran luz del día!

      —Eurídice… ¡por fin!

      No aguanta más y se da vuelta.
      Y ve, en efecto, a su amada.
      En la penumbra.
    Pues, a pesar de que sigue sus pasos, ella aún no ha franqueado los límites del tenebroso reino. Y Orfeo comprende súbitamente su imprudencia y su desgracia. 

      —Eurídice… ¡no!

     Es demasiado tarde: la silueta de Eurídice ya se desdibuja, se diluye para siempre en la oscuridad. Un eco de su voz lo alcanza:
        —Orfeo… ¡adiós, mi tierno amado!

      El enorme bloque se cierra sobre la entrada de la caverna. Orfeo sabe que es inútil desandar el camino de los infiernos.

      —Eurídice… ¡Por mi culpa te pierdo una segunda vez!

      Orfeo ha vuelto a su país, Tracia. Ha contado sus desdichas a todos aquellos que cruzó en su camino. La conciencia de su culpabilidad hace que su desesperación sea ahora más intensa que antes.

      —Orfeo —le dicen las hamadríades—, piensa en el porvenir, no mires hacia atrás. Tienes que aprender a olvidar.
      —¿Olvidar? ¿Cómo olvidar a Eurídice? No es mi atrevimiento lo que los dioses han querido castigar, sino mi excesiva seguridad.

     La desaparición de Eurídice no ha privado a Orfeo de su necesidad de cantar: día y noche quiere comunicar a todos su dolor infinito… Y los habitantes de Tracia no tardan en quejarse de ese duelo molesto y constante.

        —¡Está bien, está bien! —declara Orfeo—. Voy a huir del mundo. Voy a retirarme lejos del sol y de las bondades de Grecia. ¡Así, ya nadie me oirá cantar ni gemir!

        Siete meses más tarde, Orfeo llega al monte Pangeo. Allí, alegres clamores indican que una fiesta está en su plenitud. Bajo inmensas tiendas de tela, beben numerosos convidados. Algunos, ebrios, cortejan de cerca a mujeres que han bebido mucho también. Cuando Orfeo está dispuesto a seguir su camino, unas muchachas lo llaman:

      —¡Ven a unirte a nosotros, bello viajero!
      —¡Qué magnífica lira! ¿Así que eres músico? ¡Canta para nosotros!
      —Sí. ¡Ven a beber y a bailar en honor de Baco, nuestro amo!

   Orfeo reconoce a esas mujeres: son las bacantes; sus banquetes terminan, a menudo, en bailes desenfrenados. Y Orfeo no tiene ánimo para bailar ni para reír.

     —No. Estoy de duelo. He perdido a mi novia.
     —¡Una perdida, diez encontradas! —exclamó en una carcajada una de las bacantes, señalando a su grupo de amigas—. ¡Toma a una de nosotras por compañera!
     —Imposible. Nunca podría amar a otra.
     —¿Acaso no nos crees lo suficientemente hermosas?
     —¿Crees que ninguna de nosotras es digna de ti?

    Orfeo no responde, desvía la mirada y hace ademán de partir. Pero las bacantes no están dispuestas a permitírselo.

      —¿Quién es este insolente que nos desprecia?
      —¡Hermanas, debemos castigar este desdén!

      Antes de que Orfeo pueda reaccionar, las bacantes se lanzan sobre él. Orfeo no tiene ni energía ni deseos de defenderse. Desde que ha perdido a Eurídice, el infierno no lo atemoriza, y la vida lo atrae menos que la muerte.
     Alertados por el alboroto, los convidados acuden y dan fin al infortunado viajero que se atrevió a rechazar a las bacantes. En su ensañamiento, las mujeres furiosas desgarran el cuerpo del desdichado poeta. Una de ellas lo decapita y se apodera de su cabeza, la toma por el cabello y la arroja al río más cercano. Otra recoge su lira y también la tira al agua.

      La noticia de la muerte de Orfeo se extiende por toda Grecia.
   Cuando las musas se enteran, acuden al monte Pangeo, que las bacantes ya habían abandonado. Piadosamente, las musas recogen los restos del músico.

     —¡Vamos a enterrarlo al pie del monte Olimpo! —deciden—. Le edificaremos a Orfeo un templo digno de su memoria.
      —¿Pero, y su cabeza? ¿Y su lira?

      No pudieron encontrarlas.

      Nadie volvió a ver jamás la cabeza de Orfeo ni su lira.

     Pero, durante la noche, cuando uno pasea por las orillas del río, a veces, sube un canto de asombrosa belleza. Parece una voz acompañada por una lira. Aguzando el oído, se distingue una triste queja. Es Orfeo lamentándose por Eurídice., 

Juegos para recordar

La muerte

de Eduardo Galeano, en Memorias del fuego I

     El primero de los indios modoc, Kumokums, construyó una aldea a las orillas del río. Aunque los osos tenían donde acurrucarse y dormir, los ciervos se quejaban de que había mucho frío y no había hierba abundante.
        Kumokums alzó otra aldea lejos de allí, y decidió pasar la mitad del año en cada una. Por eso partió el año en dos, seis lunas de verano y seis de invierno, y la luna que sobraba quedó destinada a las mudanzas.
De lo más feliz resultó la vida, alternada entre las dos aldeas, y se multiplicaron asombrosamente los nacimientos; pero los que morían se negaban a irse, y tan numerosa se hizo la población que ya no había manera de alimentarla.
        Kumokums decidió, entonces, echar a los muertos. Él sabía que el jefe del país de los muertos era un gran hombre y que no maltrataba a nadie.
Poco después murió la hijita de Kumokums. Murió y se fue del país de los modoc, tal como su padre había ordenado.
         Desesperado, Kumokums consultó al puercoespín.

        -Tú lo decidiste -opinó el puercoespín- y ahora debes sufrirlo como cualquiera.

        Pero Kumokums viajó hacia el lejano país de los muertos y reclamó a su hija.

     -Ahora tu hija es mi hija -dijo el gran esqueleto que mandaba allí-. Ella no tiene carne ni sangre. ¿Qué puede hacer ella en tu país?
        -Yo la quiero como sea -dijo Kumokums.

          Largo rato meditó el jefe del país de los muertos.

         -Llévatela -admitió. Y advirtió:
        -Ella caminará detrás de ti. Al acercarse al país de los vivos, la carne volverá a cubrir sus huesos. Pero tú no podrás darte vuelta hasta que hayas llegado. ¿Me entiendes? Te doy esta oportunidad.

            Kumokums emprendió la marcha. La hija caminaba a sus espaldas.
        Cuatro veces le tocó la mano, cada vez más carnosa y cálida, y no miró hacia atrás. Pero cuando ya asomaban, en el horizonte, los verdes bosques, no aguantó las ganas y volvió la cabeza. Un puñado de huesos se derrumbó ante sus ojos.

Orfeo, el caballero legendario

       El video que sigue es una parte de la extensa saga “Saint Seiya”. Esta historia es famosa, además de sus armaduras y excepcionales enfrentamientos, por mezclar mitologías. 

     En esta ocasión, veremos una parte de la saga de Saint Seiya contra Hades que sucede en el arco argumental conocido como “Capítulo Infierno”. Los Valientes caballeros de la diosa Atena, descienden al inframundo para llevarle su armadura. En su viaje, se encuentran con Orfeo, el caballero de plata legendario que había desaparecido del mundo hacía dos años. 

       El enfrentamiento ocurre en la segunda prisión, custodiada por Faraón de la Esfinge, la estrella celestial de la bestia. Las técnicas de batalla de este espectro, está directamente relacionado con la mitología Egipcia y, entre ambos guerreros, se produce un enfrentamiento que pone en conocimiento de los espectadores el famosos Juicio de Osiris.

       Luego, ofrecemos algunos de los textos que sustentan los temas de la mitología egipcia que se verán en el video. 

Encuentro entre mitologías: Egipto

      Introducción

    De todos los pueblos de la antigüedad. Ninguno ha manifestado por el misterio de la muerte, un interés tan apasionado y exclusivo como el egipcio. El rito mortuorio en las primeras épocas era un privilegio de los reyes o altos funcionarios, pero pronto se trasladó a toda al sociedad. Cualquier egipcio ambicionaba poseer las palabras de potencia, las fórmulas para devenir un dios para sobrevivir en la tumba.
   Los parientes del muerto solicitaban a los escribas una selección de conjuros. La más numerosa que poseemos es la del papiro de Turín (de unos 160 conjuros) que en forma de rollos colocaban en su tumba o se esculpían en el sarcófago.
    Como en todos los textos de origen oriental, la repetición es una de las claves para la transmisión oral de las ideas. Algunos pasajes son dramáticos, otros patéticos, pero todos imbuidos en una gran profunda religiosidad. En general, todo depende de la sangre fría del espíritu: si no ha sido puro sobre la tierra, puede, sin embargo, invocar las palabras de potencia, llamar a los dioses por su nombre, penetrar los misterios del más allá.
   El antiguo Egipto estaba fascinado por el misterio de la muerte. Una de sus concepciones es que el universo todo es un gran sarcófago inmenso cósmico, en el centro se encuentra Osiris, muerto y momificado, derrotado por las fuerzas del mal. Sólo los otros dioses actúan: veneran y vengan a Osiris, pero son arrastrados por los peligros y, a veces, mueren. Las diosas viven sollozando y lamentándose. Una atmósfera lúgubre funeral se extiende sobre toda la vida egipcia.
    Osiris está muerto, pero vive. Es el señor de Amentis, rey del mundo inferior, Juez Supremo de los muertos. Existe, pero es un fantasma, un fantasma menos real que los muertos mismos. Y en esto consiste el carácter específico único del libro de los muertos. En esta conciliación singular y suprema de un Osiris, a la vez presente y ausente, es un dios símbolo, sus roles caen sobre los otros dioses: Ra, Tum y Horus, la falta de Osiris transforma a la existencia terrestre en irreal, en un crepúsculo para la vida póstuma, la única auténtica. 
    El alma franquea el portal de la muerte. Emerge en el más allá y es deslumbrada por la plena luz del día. Después de haber recobrado la conciencia, el alma es irresistiblemente atraída hacia el cuerpo que acaba de abandonar, va y viene, pero los dioses se encargan de guiarla, conduciéndola lejos del sarcófago. Así, deberá atravesar una región de tinieblas, descripta magníficamente en el fragmento realista intercalado en el conjuro CLXXV que comienza con estas palabras. “Oh, Tum, ¿A qué lugar llego ahora?” Desesperación, lamentos y gritos llenan las tinieblas, el camino está obstruido.”
     La etapa siguiente está constituida por la llegada del difunto ante Osiris, el dios bueno, el dios del corazón detenido, el rey del mundo inferior. Su morada, es el Amenti en el país occidental, el resto del mundo inferior es el Duat, región sombría y desolada que contiene el lago de fuego, los campos de fuego, el infierno propiamente dicho y los demonios.
    Una vez adelante de Osiris, el difunto glorifica al dios del corazón detenido con los brazos elevados en adoración frente al dios inmóvil, a cuyo lado se encuentran Isis y Neftis. El difunto pronuncia las fórmulas sagradas. A partir de ese momento, la unión mística está hecha. El difunto y Osiris son un solo ser.
    En la etapa siguiente, comparece ante el Tribunal de Justicia presidido nominalmente por Osiris. También está presente Maat, la diosa de la justicia, pero no toma parte en el debate. El difunto recita la célebre confesión negativa. Anubis pesa el corazón del difunto. Si no resiste esta prueba, deberá residir en el Reino del Duat, en caso contrario se transformará en espíritu santificado, Iakhu.
    A partir de ese momento, una nueva vida comienza para él, es libre de todos sus actos. Poseedor de una libertad absoluta puede recorrer a su voluntad el cielo, la tierra y el mundo inferior. Reconfortar a los condenados, visitar los campos de la paz y los campos de los bienaventurados el paraíso, tanto como la barca de Ra o navegar con Khepra por el océano celeste. Él mismo se ha transformado en un Dios.
    En general, estos dioses son también personificaciones más profundas la diosa Maat, además de presidir la justicia, es también la noción del orden divino, de orden en el caos, la diosa Hathor, madre del mundo, representada con una vaca sagrada, es en sí la naturaleza elemental, en tanto que el dios Khepara preside el devenir universal.

     El juicio de Osiris

    En la Duat, el espíritu del fallecido era guiado por el dios Anubis ante el tribunal de Osiris. Anubis extraía mágicamente el Ib (el corazón, que representa la conciencia y moralidad) y lo depositaba sobre uno de los dos platillos de una balanza. El Ib era contrapesado con la pluma de Maat (símbolo de la Verdad y la Justicia Universal), situada en el otro platillo.
   Mientras, un jurado compuesto por cuarenta y dos dioses le formulaba preguntas acerca de su conducta pasada, y, dependiendo de sus respuestas, el corazón disminuía o aumentaba su peso. Tot, actuando como escriba, anotaba los resultados y los entregaba a Osiris.
    Al final del juicio, Osiris dictaba sentencia: Si el Ib era menos pesado que la pluma de Maat, y la sentencia era positiva su Ka (la fuerza vital) y su Ba (la fuerza anímica) podían ir a encontrarse con la momia, conformar el Aj (el “ser benéfico”) y vivir eternamente en los campos de Amenti (el Paraíso en la mitología egipcia).
   Pero si el veredicto era negativo, y su Ib era más pesado que la pluma de Maat, entonces este era arrojado a Ammyt, el devorador de los muertos (un ser con cabeza de cocodrilo, patas traseras de hipopótamo y melena, torso y patas delanteras de león), que acababa con él. Esto se denominaba la segunda muerte y suponía para el difunto el final de su condición de inmortal; aquella persona dejaba de existir para la historia de Egipto.
   “La voz justa” o “justificación” designa la condición del difunto que pasa con éxito la prueba del juicio ante el tribunal de Osiris. Esta escena llamada por los traductores griegos “psicostasis” o “pesaje del alma” constituye el capítulo ciento veinticinco del Libro de los Muertos. Las oraciones del Libro de los Muertos, además de servir para mostrar a los dioses un relato de vida sin faltas, eran una propuesta de comportamiento moral.

      El libro de los muertos de Egipto

    El Libro de los muertos es el nombre moderno de un texto funerario del Antiguo Egipto que se utilizó desde el comienzo del Imperio nuevo (hacia el 1540 a. C.) hasta el 60 a. C. Su traducción significa Libro de la salida al día. El texto consiste en una serie de conjuros mágicos destinados a ayudar a los difuntos a superar el juicio de Osiris, asistirlos en su viaje a través de la Duat y viajar al Amenti en la otra vida.
    El Libro de los muertos era parte de una tradición de textos funerarios iniciada por los más antiguos Textos de las Pirámides y Textos de los sarcófagos, que se inscribían sobre muros de tumbas o en los ataúdes, mayormente. Algunos de los sortilegios del Libro de los muertos fueron extraídos de estos textos antiguos y datan del tercer milenio a. C., mientras que otras fórmulas mágicas fueron compuestas más tarde en la historia egipcia y datan del Tercer período intermedio (siglos XI-VII a. C.). Algunos de los capítulos que componían el libro se siguieron inscribiendo en paredes de tumbas y sarcófagos, tal y como habían sido los conjuros desde su origen. El Libro de los muertos se introducía en el sarcófago o en la cámara sepulcral del fallecido.
   No existía un único y canónico Libro de los muertos. Los papiros supervivientes contienen una variada selección de textos religiosos y mágicos y difieren notablemente en sus ilustraciones. Algunas personas encargaban sus propias copias del libro, tal vez con una selección de los sortilegios que consideraban más importantes para su propia progresión en la otra vida. El Libro de los muertos fue comúnmente escrito con jeroglíficos o escritura hierática sobre rollos de papiro, y a menudo ilustrado con viñetas que representan al difunto y su viaje al más allá.

Conjuros para la travesía del alma

1. “Para restituir al difunto su corazón”

¡Que mi corzón Ib pueda encontrar su lugar!
¡Que mi corazón Hati pueda encontrar su lugar!
¡Que mi corazón repose en paz conmigo!
¡Que me comunique con Osiris al Este en la pradera en flor!
¡Que pueda subir y descender con mi Barca al Nilo Celeste!
¡Que los poderes de mi boca me sean devueltos!
¡De modo que pueda pronunciar las palabras de Potencia!
¡Que los poderes de mis dos piernas me sean restituidos,
De modo que pueda caminar!
¡Y de mis brazos, de modo que pueda derrotar a mis enemigos!
¡Que las puertas del cielo permanezcan abiertas para mí!
¡Que pueda Keb, Príncipe de los dioses, abrir mis dos mandíbulas!
¡Que pueda él abrir las pesadas vendas que cubren mis dos ojos!
¡Que pueda él separar mis dos piernas!
¡Que Anubis fortalezca mis piernas
De modo que pueda mantenerme erguido!
¡Que pueda la diosa Sekhmet conducirme al Cielo!
¡Que los secretos me sean revelados en Menfis!
Mi saber visionario lo doy a mi Corazón Ib:
Mi poder mágico lo doy a mi Corazón Hati.
Yo dirijo a mis dos brazos y mis piernas me obedecen.
En verdad, ¡puedo cumplir con la voluntad de Ka!
Mi alma no será aprisionada en mi cadáver
Ante las puertas del Más allá;
Así podré entrar y salir en paz.

2. Para que el corazón del difunto no sea rechazado”

Mi corazón Ib llega de mi Madre celeste
Mi corazón Hati me llega de mi vida sobre la Tierra
¡Que no se digan falsos testimonios en mi contra!
¡Que los jueces divinos no me rechacen!
¡Que sean certeros en los testimonios
De mi conducta en la Tierra
Ante el vigilante de la Balanza
Y el divino Señor de Amenti!
¡Salve, oh, mi Corazón Ib!
¡Salve, oh, mi Corazón Hati!
¡Salve, oh, entrañas mías!
¡Salve, oh dioses majestuosos de Cetros brillantes,
Señores de sagrada cabellera!
¡Que vuestras Palabras de Potencia me protejan ante Ra!
¡Hacedme fuerte ante Neheb-Kau!
Ciertamente, aunque mi Cuerpo permanezca atado a la Tierra
No falleceré, pues seré santificado en el Amenti…
¡Oh, tú, espíritu encargado de la Balanza del Juicio,
Apréndelo: Tu eres mi Ka!
Pues habitas en los límites de mi cuerpo
¡Tú, emanación del dios Khnum,
Das la Forma y la Vida a mis Miembros!
Ven, pues, hacia el origen de la felicidad
Hacia donde juntos nos dirigimos.
¡Que mi nombre no sea corrompido ni repugne
Ante los Señores todopoderosos
Que rigen los destinos de los hombres!
¡Que la oreja de los dioses se alegre
Y estén plenos sus Corazones
Cuando mis palabras sean pesadas
En la Balanza del Juicio!
¡Que no se digan falsas palabras
Ante el Dios poderoso, Señor de Amenti!
En verdad, ¡Grande será el día de la Victoria!

3. “Para restituir a los muertos los poderes de su boca”

¡Salve, oh Príncipe de la Luz
Tú que alumbras la Mansión de las tinieblas”
¡Mira! ¡Me presento ante ti purificado y santificado!
Mas, ¿qué veo? ¡Tus brazos dirigidos hacia atrás
Rechazan todo lo que te llega de tus antepasados!
¡Dad a mi boca los poderes de la Palabra,
A fin de que cuando reinen la Noche y las tinieblas,
Pueda guiar mi corazón! (c.XXI)
He aquí que subo ahora al Cielo del Universo Misterioso,
Que semeja al Huevo Cósmico circundado por sus rayos…
Que me sea devuelto el poder de mi boca,
¡Que pueda pronunciar ante el Señor del Más Allá
Las Palabras de Potencia!
¡Que no sea rechazado por las Jerarquías Divinas
El ruego de mis brazos tendidos en fe,
Porque en Verdad, yo soy Osiris, Señor de Re-Stau!
¡Pueda pues, compartir la ventura de aquellos
Que se hallan en la cumbre de la escalera Celeste!
He llegado aquí por voluntad de mi corazón;
He cruzado el lago de fuego
Y mi presencia ha extinguido sus llamas. (c.XXII)

4. “Para restituir al difunto su memoria”

¡Que sea restituido mi nombre en el Reino del Más Allá!
¡Que pueda atesorar el recuerdo de mi nombre!
Cercado por las murallas del Mundo Inferior.
En el transcurso de la noche en que se contarán los Años,
Y se enumerarán los Meses,
Pues yo perduro junto al gran Dios del Oriente Celeste.
Todas las divinidades se jalonan detrás de mí;
Y mientras cada una de ellas pasa
Yo puedo pronunciar sus nombres.

5. “Un encantamiento contra los enemigos”

¡Oh, tú, Espíritu que devoras tu propio brazo,
Aléjate de mi senda!
¡Pues yo soy Ra que se eleva en el cielo frente a sus
Enemigos!
Ya no podrán huir de mí,
Este dios poderoso los ha dejado entre mis manos.
Mi brazo está restaurado
Como el del amo de la Corona.
A medida que las diosas serpientes se elevan,
Yo aligero mis pasos.
¡Ya no seré entregado a mis enemigos!,
Pues colocados en mis manos ya no podrán huir de mí.
Estoy de pie como Horus;
Estoy sentado igual que Ptah; soy tan fuerte como
Toth; soy imbatible como Tum.
Mis piernas me llevan en su carrera;
De mi boca se oyen palabras de potencia.
He aquí que busco por todo el cielo a mis enemigos,
Que me serán entregados y no podrán ya huir de mí.

6. “Rechazo de los espíritus cabeza de cocodrilo”

¡Vuelve! ¡Retrocede, oh, tú, Sui, demonio con cabeza de cocodrilo!
¡Verdaderamente no tienes poder sobre mí
Ya que, Espíritu consagrado, yo existo
Gracias a la Potencia maravillosa que vive en mí!
Escucha como pronuncio ante ti el Nombre de la gran divinidad
Para que ella te deposite en manos de sus mensajeros
Uno de los cuales es llamado “Señor de los Cuernos”,
Y otro tiene por nombre “tu cara se vuelve hacia la Verdad y la Justicia”.
Las revoluciones de los Cielos
Se adaptan a los Ritmos de los Tiempos.
Así También, mi Verbo de Potencia
Circunda y guarda mis dominios.
La magia, aquella que fluye de mi boca
Crea una red impenetrable
Y mis dientes semejan un cuchillo de sílex
Tú, demonio que reposas acechante y recorres todo con tu ojo inmóvil,
Aprende que mi palabra de Potencia
No te será posible, ¡no!, arrancármela…
Tú, demonio de cabeza de cocodrilo,
Cuyo único sustento son las palabras de Potencia quitadas a la fuerza,
Palabras que mantienen y sostienen la vida,
Las mías, ¡apréndelo!, ¡No podrás arrancármelas!

7. “Rechazo de los demonios-serpientes”

¡Espera, Rerek! ¡Huye, demonio de cabeza de serpiente!
¡Mira, ahí tienes a Shu y Keb, que despejan tu camino!
¡No te muevas! ¡Quieto ahí mismo!
Pues te alimentas de ratas, que Ra detesta,
Y roes los huesos del gato putrefacto!

8. “Evasión de las mordeduras de los demonios-serpientes”

¡Oh, tú, diosa de la cabeza de Serpiente!
¡Observa! Soy la luz que ilumina los incontables años futuros,
He aquí la leyenda inscripta en mi estandarte:
“Lo futuro florece rumbo a mi encuentro”,
Pues yo soy la diosa con cabeza de Lince.

9. Para no ser devorado por los demonios-serpientes

¡Observa Shu! ¡Aquí está Djedu!
¡Observa Djedu! ¡Aquí está Shu!
Uno y otro tienen en su poder la corona de Hathor.
Amorosamente ellos tienen a su cuidado
La momia de Osiris.
Aquí, dos demonios se aproximan a devorarme…
Pero sin que lo advierta el diablo Seksek, camino entre ellos…
Este ser que ruega: ¡Cuidad de mi sepulcro!, es Osiris,
O sea, yo mismo.
El Príncipe de los Dioses mira hacia él y con su Ojo lo purifica;
Según el Juicio dictado,
Le otorga su porción de Verdad y Justicia.

10. “Luego del paso por la tumba”

¡Oh, tú, gran Alma, potente y llena de vigor!
¡Heme aquí! ¡Llego! ¡Te admiro!
He pasado las puertas del Más Allá
Para admirar a Osiris, ¡mi padre divino!
Ahora esfumo las tinieblas que te rodean,
Pues te amo, Osiris, y vengo a admirar tu rostro.
Yo he perforado el corazón de Seth;
He realizado los ritos fúnebres por Osiris, Padre mío.
Yo despejo los senderos en el cielo y en la Tierra,
Pues soy Osiris, tu hijo que te ama…
He vuelto aquí con un espíritu santificado.
Estoy fortificado con palabras de potencia.
¡Dioses del gran cielo! ¡Espíritus divinos!
Todos vosotros, ¡Contempladme!
¡Verdaderamente! Habiendo concluido mi viaje
Llego aquí, ante vosotros.

11. “Invocación a Isis y Neftis”

¡Salve, oh diosas hermanas Isis y Neftis!
¡Os anuncio mis palabras de potencia!
He aquí que en medio de destellos
Navego en mi barca Celeste, Ciertamente, yo soy Horus, hijo de Osiris:
Vengo aquí para admirar a Osiris, mi Padre.

 

12. “Para entrar al Amenti”

Entro al cielo como un Halcón.
Exploro las regiones del cielo como un Fénix.
Los dioses idolatran a Ra y él libera los caminos.
Y ya penetro en paz en la bella Amenti.
Estoy aquí, alrededor del estanque sagrado de Horus;
Tengo cautivos a sus perros.
¡Liberada sea la Senda para mí!
¡Qué penetre en ella
Y que pueda idolatrar Osiris, Señor de la Vida Eterna!

13. “Para vivir por la respiración”

Yo soy el Dios Rertri, primer hijo de Ra y de Tum.
Los espíritus que viven ocultos
Preparan para mí los senderos
En medio de los Abismos del Cielo.
Estoy aquí cumpliendo los Circuitos signados
Yendo por la senda que recorre la Barca de Tum
Elevado en medio de la Barca de Ra
Recito las palabras de los Iniciados
Y oro por aquellos cuya laringe no ha salido ilesa
De la prueba de la muerte
Y ahora la Tarde llega
Mi Padre celeste pesa mis actos y me juzga
Sellados están los labios de mi boca,
Pues me ha alimentado con la Vida Eterna
Ciertamente yo resido en Djedú;
Existo nuevamente después de la muerte,
Tal como Ra, renaciendo todos los días.

14. “Para respirar aire en el mundo inferior”

Entre los Purificados soy un Purificado.
Soy el dios Shu que, en las regiones de los dioses luminosos,
Atrae hacia él el Aire del Océano celeste
Hasta los límites del Cielo,
Los límites de la Tierra,
Los límites de la Luz divina.
Que el aire anime pues a este joven dios
Y ¡Que despierte! (c.LV)
¡Que el aire dulce de respirar llegue a las ventanas de mi nariz
Como llega a la tuya, oh, Tum!
¡Bendito sea tu santuario de Unnu!
He aquí que, volando en medio del Océano celeste
Yo permanezco en guardia sobre el Huevo cósmico de Gengen-Ur
Si yo ofrendo, este Huevo también ofrenda.
Si yo revivo este Huevo también revive.
Pues el aire que respiro y me vivifica
Es el mismo Aire que lo vivifica a él.

15. “Para salir a la luz y vestir la forma de todos los seres”

¡Salve, oh, Señor del Más Allá!
Osiris, amo del Re-stau,
Dios Bueno del Santuario de Abydos.
Es aquí donde llego ante ti.
Siempre he sido fiel a mi corazón al Camino del Bien.
Mis ideas nunca fueron habitadas por el Mal.
En mi pecho, ningún pecado.
Nunca mentí premeditadamente, ni actué con falsedad.
¡Que las ofrendas fluyan, pues, hacia mí!
Que pueda presentarme
Ante el altar del Señor, ¡el Dueño de la verdad y la Justicia!
Pueda, sí, entrar en la Región de los Muertos,
Salir de ella a mi voluntad.
¡Que mi alma no sea rechazada!
¡Que pueda contemplar eternamente
Los Espíritus divinos de la Luna y el Sol!
¡Yo te saludo, oh, Rey de la Región de los Muertos,
Príncipe del Reino del Silencio.
Estoy aquí, ante ti.
Sé cuales son tus deseos y conozco las normas de
Tu Reino;
Poseo el saber de las Formas y de las Metamorfosis
Realizadas en la Región de los Muertos
¡Dame un sitio en tu Reino
Junto al Amo de la Verdad y la Justicia!
¡Ojalá pueda habitar en la Región de los Bienaventurados!
Y aceptar ante ti ofredas sepulcrales.
¡Oh, Toth!tú que logras que Osiris triunfe sobre sus Enemigos
Protégeme de mis enemigos:
En esta noche siniestra,
En la noche de batallas
En la que serán destruidos
Los enemigos del Señor de los Mundos
Aboga por mí en los tribunales de Hermópolis,
De Busiris, de Sehkem, de Pe y Dep,
De Rekhti, de djedu, de Nairerf, de Re-stau […]

16. “La corona de la victoria”

Tum preparó para poner en tu frente
Una Corona de la Victoria:
Para que, fieles a los dioses
Puedas vivir eternamente:
Porque Osiris, el señor de la Región de los Muertos,
Hace que triunfes sobre tus enemigos;
Keb te ha elegido como su legatario universal.
Ven, pues, y canta la gloria de Horus,
Hijo de Isis y Osiris,
Que hace que asciendas sobre el trono de Ra, tu padre divino,
Y te otorga el poder de las Dos Tierras.
Tum también lo ha resuelto,
Y esa orden ha sido ejecutada por la Jerarquía divina de su séquito,
Pues todo el poder de Horus, hijo de Isis y Osiris,
Ha surgido de la victoria
Del mismo modo que yo seré victorioso, sí, por siempre.
Al triunfo de Horus, hijo de Isis y Osiris,
Asisten todas las Regiones, todos los dioses y todas las diosas
Las del Cielo y las de la Tierra
Este triunfo conseguido ante Osirirs era indispensable
Para que lograse yo
Triunfar sobre mis enemigos.
El día en que Horus consigue vencer
A Seth y sus demonios
Yo, difunto, triunfo sobre mis enemigos
En la noche de la fiesta en que el dios Djed
Es ascendido en Djedu
Ante las divinidades que moran sobre las Vías de la Muerte.
Esto acontece en la Noche de los misterios de Letópolis,
Ante los poderosos Seres de Pe y Dep,
La noche en que Horus se constituye en Heredero,
La noche de la Palabra Pesada ante los Grandes Jueces;
La noche en que Horus toma posesión del Lugar de Nacimiento de los Dioses
La noche en que Isis, yacente
Vela y llora a su Hermano bienamado…
La noche en que Osiris triunfa sobre sus enemigos…
Es aquí que Horus pronuncia cuatro veces
Las palabras de Potencia;
Y sus adversarios yacen aplastados ya por tierra.
Yo, difunto, digo iguales Palabras
Cuatro veces. ¡Ojalá mis adversarios sean abatidos y destrozados!
He aquí que Horus, hijo de Isis y Osiris,
Es alabado en millones de fiestas
En tanto sus enemigos son entregados
A la gran destrucción del Abismo y la Nada…
¡Nunca podrán evadir
La terrible vigilancia de Keb!

 

17. Salida del alma a la luz del día

Yo soy el hoy.
Yo soy el ayer.
Yo soy el mañana.
Desde mis repetidos nacimientos.
Permanezco joven y vigoroso.
Yo soy el Alma divina y misteriosa
que en otra época creó a los dioses
y cuya esencia secreta nutre
a las divinidades del Duat del Amenti y del Cielo.
yo soy el Timón del Oriente,
señor de los dos rostros divinos.
Mi fulgor ilumina a todo ser resucitado
Que, no obstante pasar en el Reino de los Muertos,
por transformaciones sucesivas,
busca su senda afanosamente a
a través de la Región de las Tinieblas.
¡Oh, vosotros, espíritus con cabeza de gavilanes,
de ojos imperturbables,
vosotros, que como suspendidos allá en lo alto
escucháis con atención las palabras mágicas
hechas verso por los que acompañan a mi ataúd
yendo hacia su morada secreta
Y vosotros, que anteponéis, y vosotros que seguís a Ra
en su camino hacia el punto culminante del Cielo.
Mientras que Ra mismo, el Señor del Santuario
de pie en su Barca,
hace, por fulgor, fructificar la Tierra,
vosotros todos ¡aprended!
que en verdad, ¡Yo soy quién es Ra
y que Ra es, por el contrario, Yo!
Que soy yo quien con cristal a cincelado el Firmamento de Path
¡Oh, Ra! está pleno tu Espíritu y tu Corazón contento
cuando admiras la hermosa ordenación de este día,
cuando entras en esta ciudad celeste de Khemenú
y pronto la dejas por la Puerta del Este…
Los primogénitos de los dioses que te habían antecedido
se adelantan a tu encuentro
y te saludan con gritos de alegría…
¡Oh, Ra! ¡hazme dulces y placenteros
los Caminos recorridos por tus rayos solares,
agranda para mí tus Senderos luminosos,
el día en que empiece mi vuelo desde la Tierra
hacia las Regiones celestes!
¡Expande tu luz sobre mí, oh alma misteriosa!
he aquí que llegó ante ti,
¡oh dios, cuya voz resuena como un trueno
en la Vasta Región de los Muertos!
¡que no me sean imputados los pecados de mis padres!
líbrame de ese espíritu destructor y falso
cuyos dos ojos parecen cerrados al caer la tarde
y que, durante la noche, asesina a los mortales…
Ciertamente, mis posibilidades son infinitas
y mi nombre es “el Gran Negro”.
Yo expreso lo que en mí se oculta
entre las variaciones de mis formas fluctuantes…
Oh, Príncipe de los dioses Etishef,
¿Escuchas aullar a los demonios calvos
a la hora que el brazo de Osiris está fijado?
Tú dirás ¡Ven! ¡Atraviesa el abismo!
¡Mira!, ante ti, reducido a la impotencia,
ya se tu adversario! sus muslos atados al cuello;
su parte inferior agarrotada a la cabeza”
¡Oh, vosotros, Príncipes divinos de la Región de los Muertos!
¡que Isis y Neftis puedan
quitar el manantial de mis lágrimas,
cuando desde la Orilla admiré a mi otro Yo,
obligado por los Mandatos de mi Destino,
a recorrer los Circuitos de Abydos celeste!
Y los cuatro pilares de las cuatro Regiones del Espacio,
con sus Puertas y los Cerrojos de sus puertas
(sea en el Mundo al Interior o al Exterior de mí)
que den entregados a la Potencia de mi brazo!
ágiles y similares a la de un perro son mis piernas
cuando recorro los Santuarios del Más Allá.
el Dios de la Doble Cabeza de León ha nutrido mi cuerpo;
Igau mismo ha colocado mi cuerpo en el sarcófago;
vigorosa es mi alma.
Forzando las puertas del más allá, yo paso.
Para mí, atraviesa las regiones más alejadas del Cielo,
la Luz que emana en rayos de mi corazón;
pues mi nombre es
“El que conoce los abismos”.
Es para asegurar vuestra salvación, ¡oh vosotros espíritus desencarnados!
que incontables recidís en el Más Allá
por quienes obro ahora
calculando y considerando Días y Horas propicias,
para las Estrellas de Orión y las doce divinidades
que las gobiernan.
he aquí que juntan sus manos, cada una con cada una,
pero entre ellas, la sexta,
al borde del abismo está cuando el demonio es derrotado…
Verme aquí llegando victorioso
ante un vasto lugar del Mundo Inferior.
Traigo mis ofrendas al dios Shu,
cuando tras la Matanza la sangre de los impuros se haya helado
y la Tierra totalmente reunida de nuevo,
reflorezca y fructifique otra vez,
yo me expresaré en calidad de Señor de la Vida.
Mi esplendor será enorme
en medio del magnífico ordenamiento
del renaciente día.
Ciertamente, yo destruiré la resistencia de aquellos
que ocultándose se unen contra mí,
¡imaginando planes para rechazarme!
¡Ah, vosotros demonios que os arrastráis sobre vuestros vientres!
¡sabedlo! ¡yo llego aquí como Ministro del Señor de los Señores!
para vengar a Osiris.
Mi ojo sabe reprimir sus lágrimas.
Soy enviado por aquel cuyo brazo es sólido
y que es Dueño de sus posesiones.
Yo recorreré todos los caminos de Sekhem a Heliópolis
Para enseñar al Fénix divino
las cosas del Mundo Inferior…
salve a ti, o Reino del Silencio,
y a los Misterios que encierras!
¡Oh, tú, Creador de las formas de la existencia,
semejante al Dios Khepra mismo,
déjame contemplar el Disco de Ra!
que el gran Dios Shu me haga presentar delante de él
[…]

     Los conjuros sirven a una gran cantidad de propósitos. Algunos están destinados a dar al fallecido conocimientos místicos en el más allá, o identificarlos a ellos con los dioses, otros son encantos para garantizar que las diferentes partes de un fallecido son preservadas y reunidas, o también para otorgar al muerto el control sobre el mundo que le rodea. Algunos protegen al difunto de fuerzas hostiles o lo guían a través de los obstáculos del inframundo. Los más famosos son los capítulos referidos al juicio de Osiris en el ritual del Peso del Corazón.
      Los textos y las imágenes del Libro de los muertos eran tanto mágicos como religiosos. La magia era una actividad legítima como el orar a los dioses, aun cuando la magia estaba dirigida a influir en los propios dioses. Para los egipcios antiguos la diferencia entre magia y práctica religiosa era prácticamente inexistente. El concepto de magia, “heka”, estaba íntimamente ligado a la palabra escrita y hablada, desde este punto de vista, el acto de pronunciar un ritual era una acción de creación; la acción y la pronunciación se consideraban lo mismo. La creencia de que la palabra hablada tenía poder mágico se extendió a las palabras escritas. Los egipcios creían que los jeroglíficos eran un invento del dios Tot y gozaban de poder, pues también transmitían toda la fuerza de un conjunto. Su efectividad estaba presente aún cuando el texto se acortara u omitiese, como ocurre en los rollos tardíos del Libro de los muertos y en los que las imágenes gozaban de mayor protagonismo. Los egipcios también creían que conocer el nombre de algo les daba poder sobre ello, por lo que el Libro de los muertos dotaba a su propietario de los nombres místicos de muchas de las entidades que se encontraría en el más allá y de poder sobre ellas.

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