Narración y descripción

     Generalmente, la descripción literaria no está aislada. En los textos literarios y especialmente los de carácter narrativo, la descripción tiene tres funciones. La primera, crear el marco de referencia temporal y espacial; la segunda, presentar a los personajes; la tercera, detener la acción , ralentizarla. 

     Philippe Hamon, en su libro Introducción al análisis de lo descriptivo, sostiene que “la descripción es una figura retórica por desarrollo que , en lugar de indicar simplemente un objeto, lo hace, en cierta forma, visible exponiendo de manera viva y animada sus propiedades y circunstancias más interesantes.” (Hamon 1991:16).   

Tierra encantada

     Era bochornoso y no alcanzaban a templarlo ni la virazón del mar ni los continuos chubascos que acribillaban el agua, oscuréciendola, y redoblaban en el velamen y sobre la sonora cubierta las naos. Estas surgieron mucho antes de llegar al fondo de la Bahía, que está como a nueve leguas de su entrada y parte de la tripulación, tomando los bateles, fue a desembarcar en el punto más cercano con la venia del General y de Alarcón y Marquina, pues no habiendo indios a la vista no era de temer que hicieran rescates ni otras negociaciones prohibidas por la capitulación. Multitud de pájaros bestezuelas, guarecidos entre las ramas y entre el follaje, que los abrigaba del sol, alzó el vuelo y se escurrió medrosa, mientras algunas víboras y serpientes se deslizaban sobre la hierba seca, buscando nuevo refugio. Al advertir los reptiles, algunos desmesurados y parduscos, otros de vivos colores y tan delgados como una varilla, los marineros se detuvieron en la linde del bosque, temerosos de una picada mortal, y sólo avanzaron los menos, con mucha cautela, cuidándose de donde ponían los pies. Algún venado curioso se acercaba a atisbarlos por entre el ramaje y enseguida escapaba, más de extrañeza que de temor: algún macaco barbudo que se balanceaba en la copa de los árboles silbaba como el viento, en señal de alarma, imitando su curiosidad y su timidez; y los aras blancos, y enpenachados como la cimera de un rey, y los papagayos abigarrados y garrulos, y los tucanes de encorvado y formidable pico, mucho mayor que su propia cabeza, huían, al sentir los, con ruidoso y pesado vuelo.
     – Aquí hay gente cristiana – pensó más de uno al oír metálico martilleo, seguido con áspero chillido de lima mordiendo el metal. Era el pájaro herrero. Y otras mil aves desconocidas, brillantes y ariscas, se acercaban y se alejaban revoloteando, entre un inacabable rumor de cantos, aletazos, rozamientos del follaje, al que servía de acordado acompañamiento el sufrido incesante de millares de insectos. La selva entera vivía y palpitaba.
     – ¡Mira, mira el pajaruco! – exclamó de pronto el grumete muy admirado.
     – ¡Bueno estás tú con Los pajarucos! – Es un abejorro y nada más- replicó Fuentes, que andaba con Paquillo.
    – ¡Pues qué! ¿No le ves tú las plumillas? ¿dónde tienes los ojos? Deja que se pose en esa flor que parece asustar le, y ya verás… ¡tiene más colores que una guirandula de vidrios!
     – ¡Vaya, que no se posa y se está en el aire, igual que un moscardón, y más que un pájaro y otra cosa se diría una nubecilla o una pelusa!
     – Pero,¿ y sus colores? ¿ estás ciego?… Yo nunca había visto nada igual.
Envolviéronlos también bandadas de mariposas de todos los tamaños y todos los matices, pero la admiración de Paquillo rayó en pasmo, cuando al caer la noche, mientras oía el interminable concierto de los grillos y las ranas musicales, comenzó a ver, trazando en el aire curvas caprichosas y cruzándolo como una saeta, enjambres de chispas, de brasas, de llamitas verdosas, ojos de luz de seres fantásticos que volaban mirándolo, quizá amistosos, quizá amenazadores.
     – En el mar, fuego que arde y no quema; aquí, juegos que vuelan por los aires… ¡Dios nos tenga de su mano! – se dijo Paquillo persignándose.
     Solís no había desembarcado. Marquina y Alarcón, que respiraban por primera vez desde la salida de Canarias, Francisco de Torres, los demás pilotos, el maestre Diego García y Fray Buenaventura, que solía asistir a los consejos, hallábanse con el capitán general ,reunidos en el castillo de popa, bajo la toldilla, gozando del descanso, el fresco relativo y la agradable plática.


Robero J. Payró, “El mar dulce”, Crónica Novelesca del descubrimiento del Río de la Plata.

     La descripción de la selva enmarca e invade la narración. Los personajes imaginados son descriptos en sus reacciones de una manera muy vívida y expuesta ante las maravillas de un mundo nuevo a sus ojos. Los diálogos reflejan el asombro de los personajes en medio del recelo de lo nuevo que no puede explicarse inmediatamente. Estos personajes se internan en la espesura observan diversos elementos a su alrededor. 

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