Hunapú E Ixbalanqué

Los conquistadores de Xibalbá

El destino de Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú

        He aquí la historia sobre cómo fueron derrotados los señores de Xibalbá, enemigos de la humanidad.
    He aquí el Nombre de Hun-Hunahpú, así llamado. Sus padres eran Ixpiyacoc e Ixmucané. De ellos nacieron, durante la noche, cuando aún no habían sido formadas las estrellas, ni el Sol, ni la Luna, Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú.
       Ahora bien, Hun-Hunahpú había engendrado y tenía dos hijos, y de estos dos hijos, el primero se llamaba Hunbatz y el segundo Hunchouén.
     La madre de estos se llamaba Ixbaquiyalo, así se llamaba la mujer de Hun-Hunahpú. Y el otro Vucub-Hunahpú no tenía mujer, era soltero.
       Estos dos hijos, por su naturaleza, eran grandes sabios y grande era su sabiduría; eran adivinos aquí en la tierra, de buena índole y buenas costumbres. Todas las artes les fueron enseñadas a Hunbatz y Hunchouén, los hijos de Hun-Hunahpú. Eran flautistas, cantores, tiradores con cerbatana, pintores, escultores, joyeros, plateros. Esto eran Hunbatz y Hunchouén.
      Ahora bien, Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú se ocupaban solamente de jugar a los dados y a la pelota todos los días; y de dos en dos se disputaban los cuatro cuando se reunían en el juego de pelota.
      Allí venía a observarlos el Voc, el mensajero de Huracán, de Chipi-Caculhá, de Raxa-Caculhá; pero este Voc no se quedaba lejos de la tierra, ni lejos de Xibalbá, y en un instante subía al cielo al lado de Huracán.
Estaban todavía aquí en la tierra cuando murió la madre de Hunbatz y Hunchouén.
     Y habiendo ido a jugar a la pelota en el camino de Xibalbá, los oyeron Hun-Camé y Vucub-Camé, los Señores de Xibalbá.

      — ¿Qué están haciendo sobre la tierra? ¿Quiénes son los que la hacen temblar y hacen tanto ruido? ¡Que vayan a llamarlos! ¡Que vengan a jugar aquí a la pelota, donde los venceremos! Ya no somos respetados por ellos, ya no tienen consideración ni miedo a nuestra categoría, y hasta se ponen a pelear sobre nuestras cabezas —dijeron todos los de Xibalbá.

       En seguida convocaron un consejo. Los llamados Hun-Camé y Vucub-Camé eran los jueces supremos. A todos los Señores les señalaban sus funciones Hun-Camé y Vucub-Camé y a cada uno le señalaban sus atribuciones.
        Xiquiripat y Cuchumaquic eran los Señores que causan los derrames de sangre de los hombres.
Otros se llamaban Ahá-Lpuh y Ahalganá, también Señores. Y el oficio de éstos era hinchar a los hombres, hacerles brotar pus de las piernas y teñirles de amarillo la cara, lo que se llama Chuganal. Tal era el oficio de Aha-Lpuh y Ahalganá.
      Otros eran el Señor Chamiabac y el Señor Chamiaholom, alguaciles de Xibalbá, cuyas varas eran de hueso. La ocupación de éstos era enflaquecer a los hombres hasta que los volvían sólo huesos y calaveras y se morían y se los llevaban con el vientre y los huesos estirados. Tal era el oficio de Chamiabac y Chamiaholom, así llamados.
        Otros se llamaban el Señor Ahalmez y el Señor Ahaltocob. El oficio de éstos es hacer que a los hombres les sucediera alguna desgracia, ya cuando iban para la casa, o frente a ella, y que los encontraran heridos, tendidos boca arriba en el suelo y muertos. Tal era el oficio de Ahalmez y Ahaltocob, como les llamaban.
Venían en seguida otros Señores llamados Xic y Patán, cuyo oficio era causar la muerte a los hombres en los caminos, lo que se llama muerte repentina, haciéndoles llegar la sangre a la boca hasta que morían vomitando sangre. Este era el oficio de Xic y Patán.
      Y habiéndose reunido en consejo, trataron de la manera de atormentar y castigar a Hun-Hunahpú y a Vucub-Hunahpú. Lo que deseaban los de Xibalbá eran los instrumentos de juego de Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, sus cueros, sus anillos, sus guantes, la corona y la máscara.
        En seguida llamaron a los mensajeros de Hun-Camé y Vucub-Carné.

     —Id, les dijeron, Ahpop-Achic, id a llamad a Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú. Les diréis: “Venid con nosotros, dicen los Señores que vengáis”. Que vengan aquí a jugar a la pelota con nosotros, para que con ellos se alegren nuestras caras, porque verdaderamente nos causan admiración. Así, pues, que vengan —dijeron los Señores—. Y que traigan acá sus instrumentos de juego, sus anillos, sus guantes, y que traigan también sus pelotas de caucho, dijeron los Señores. “Venid pronto, les diréis” —les fue dicho a los mensajeros.

    Y estos mensajeros eran búhos: Chabi-Tucur, Huracán-Tucur, Caquix-Tucur y Holom-Tucur. Así se llamaban los mensajeros de Xibalbá.
       Chabi-Tucur era veloz como una flecha; Huracán-Tucur tenía solamente una pierna; Chaquix-Tucur tenía la espalda roja, y Holom-Tucur solamente tenía cabeza, no tenía piernas, pero sí tenía alas.
      Los cuatro mensajeros tenían la dignidad de Ahpop-Achic. Saliendo de Xibalbá llevaron su mensaje y llegaron rápidamente al patio donde estaban jugando a la pelota Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú. El juego de pelota se llamaba Nim-Xob Carchah. Los búhos mensajeros llegaron allí y presentaron su mensaje, precisamente en el orden en que se lo dieron sus Señores.

      — ¿De veras han hablado así los Señores Hun-Camé y Vucub-Camé? —preguntaron los hermanos.
   —Ciertamente ellos han hablado así, y nosotros os tenemos que acompañar. “Que traigan todos sus instrumentos para el juego” —han dicho los Señores.
      —Está bien —dijeron los jóvenes—. Aguardadnos, sólo vamos a despedirnos de nuestra madre.

       Y, habiéndose dirigido hacia su casa, le dijeron a su madre, pues su padre ya había muerto:

    —Nos vamos, madre nuestra, pero en vano será nuestra ida. Los mensajeros del Señor han venido a llevarnos. “Que vengan”, han dicho, según manifiestan los enviados. Aquí se quedará en prenda nuestra pelota, agregaron. En seguida la fueron a colgar en el hueco que había en el techo de la casa. Luego dijeron:

     —Ya volveremos a jugar. Y dirigiéndose a Hunbatz y Hunchouén les dijeron: Ustedes ocúpense de tocar la flauta y de cantar, de pintar, de esculpir; calentad nuestra casa y calentad el corazón de vuestra abuela.

      Cuando se despidieron de su madre, se enterneció Ixmucané y se echó a llorar.

     — No te aflijas, nosotros nos vamos, pero todavía no hemos muerto —dijeron al partir Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú.

      En seguida se fueron Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú y los mensajeros los llevaban por el camino. Así fueron bajando por el camino de Xibalbá, por unas escaleras muy inclinadas. Fueron bajando hasta que llegaron a la orilla de un río que corría rápidamente entre los barrancos llamados Nu Zivan Cid y Cuzivan, y pasaron por ellos. Luego pasaron por el río que corre entre jícaros espinosos. Los jícaros eran innumerables, pero ellos pasaron sin lastimarse.
      Luego llegaron a la orilla de un río de sangre y lo atravesaron sin beber sus aguas; llegaron a otro río solamente de agua y no fueron vencidos. Pasaron adelante hasta que llegaron a donde se juntaban cuatro caminos y allí fueron vencidos, en el cruce de los cuatro caminos.
De estos cuatro caminos, uno era rojo, otro negro, otro blanco y otro amarillo. Y el camino negro les habló de esta manera:

      —Yo soy el que debéis tomar, porque yo soy el camino del Señor. Así habló el camino.

      Y allí fueron vencidos.

      Los llevaron por el camino de Xibalbá y cuando llegaron a la sala del consejo de los Señores de Xibalbá, ya habían perdido la partida.
     Ahora bien, los primeros que estaban allí sentados eran solamente muñecos hechos de palo, arreglados por los de Xibalbá.
      A éstos los saludaron primero:

      — ¿Cómo estáis, Hun-Camé? —le dijeron al muñeco.
      — ¿Cómo estáis, Vucub-Camé? —le dijeron al hombre de palo. Pero éstos no les respondieron.

    Al punto soltaron la carcajada los Señores de Xibalbá y todos los demás Señores se pusieron a reír ruidosamente, porque sentían que ya los habían vencido, que habían vencido a Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú. Y seguían riéndose.
      Luego hablaron Hun-Camé y Vucub-Camé:

     —Muy bien —dijeron. Ya vinisteis. Mañana preparad la máscara, vuestros anillos y vuestros guantes —les dijeron.
     —Venid a sentaros en nuestro banco —les dijeron.

     Pero el banco que les ofrecían era de piedra ardiente y en el banco se quemaron. Se pusieron a dar vueltas allí, pero no se aliviaron y si no se hubieran levantado se les habrían quemado las asentaderas.
     Los de Xibalbá se echaron a reír de nuevo, se morían de la risa; se retorcían del dolor que les causaba la risa en las entrañas, en la sangre y en los huesos. Y así rieron todos los Señores de Xibalbá.

    —Idos ahora a aquella casa —les dijeron— allí se os llevará vuestra raja de ocote y vuestro cigarro y allí dormiréis.

     En seguida, llegaron a la Casa Oscura. No había más que tinieblas en el interior de la casa. Mientras tanto, los señores de Xibalbá discurrían lo que debían hacer.

     —Sacrifiquémoslos mañana, que mueran pronto, para que sus instrumentos de juego nos sirvan a nosotros para jugar —dijeron entre sí los Señores de Xibalbá.

    Ahora bien, su ocote era una punta redonda de pedernal del que llaman zaquitoc; este es el pino de Xibalbá. Su ocote era puntiagudo y afilado y brillante como hueso; muy duro era el pino de Xibalbá.
Los hermanos entraron a la Casa Oscura. Allí fueron a darles su ocote, un solo ocote encendido que les mandaban Hun-Camé y Vucub-Camé, junto con un cigarro para cada uno, encendido también, que les mandaban los Señores.
     Estos se hallaban en cuclillas en la oscuridad cuando llegaron los portadores del ocote y los cigarros. Al entrar, el ocote alumbraba brillantemente.

     —Que enciendan su ocote y sus cigarros cada uno; que vengan a devolverlos al amanecer, pero que no los consuman, sino que los devuelvan enteros; esto es lo que os mandan decir los Señores. Así les dijeron. Y así fueron vencidos. Su ocote se consumió, y asimismo se consumieron los cigarros que les habían dado.

     Los castigos de Xibalbá eran numerosos; eran castigos de muchas maneras. El primero era la Casa Oscura, Quequma-ha, en cuyo interior solo había tinieblas.
     El segundo, la Casa del Frío, Xuxulim-ha. Allí dentro, hacía un frío extremo. Un viento frío e insoportable soplaba en su interior.
    El tercero era la Casa de los Tigres, Bálami-ha, así llamada. En ella no había más que tigres que se revolvían, se amontonaban, gruñían y se mofaban. Los tigres estaban encerrados dentro de la casa.
Zotzi-ha, la Casa de los Murciélagos, se llamaba el cuarto lugar de castigo. Dentro de esta casa no había más que murciélagos que chillaban, gritaban y revoloteaban. Los murciélagos estaban encerrados y no podían salir.
    El quinto se llamaba la Casa de las Navajas, Chayin-ha, dentro de la cual solamente había navajas cortantes y afiladas, calladas o rechinando las unas contra las otras dentro de la casa.
Muchos eran los lugares de tormento de Xibalbá; pero no entraron en ellos Hun-Hunahpú ni Vucub-Hunahpú.
     Cuando entraron los hermanos ante Hun-Camé y Vucub-Camé, les dijeron éstos:

     — ¿Dónde están mis cigarros? ¿Dónde está mi raja de ocote que os dieron anoche?
     — Se acabaron, Señor.
     —Está bien. Hoy será el fin de vuestros días. Ahora moriréis. Seréis destruidos, os haremos pedazos y aquí quedará oculta vuestra memoria. Seréis sacrificados —dijeron Hun-Camé y Vucub-Camé.

    En seguida, los sacrificaron y los enterraron en el Pucbal-Chah, así llamado. Antes de enterrarlos le cortaron la cabeza a Hun-Hunahpú y enterraron al hermano mayor junto con el hermano menor.

    —Llevad la cabeza y ponedla en aquel árbol que está sembrado en el camino —dijeron Hun-Camé y Vucub-Camé.

    Y habiendo ido a poner la cabeza en el árbol, al punto se cubrió de frutas este árbol que jamás había fructificado antes de que pusieran entre sus ramas la cabeza de Hun-Hunahpú. Y a esta jícara la llamamos hoy la cabeza de Hun-Hunahpú, que así se dice.
    Con admiración contemplaban Hun-Camé y Vucub-Camé el fruto del árbol. El fruto redondo estaba en todas partes; pero no se distinguía la cabeza de Hun-Hunahpú; era un fruto igual a los demás frutos del jícaro. Así aparecía ante todos los de Xibalbá cuando llegaban a verla.
    A juicio de aquéllos, la naturaleza de este árbol era maravillosa, por lo que había sucedido en un instante cuando pusieron entre sus ramas la cabeza de Hun-Hunahpú. Y los Señores de Xibalbá ordenaron:

     — ¡Que nadie venga a coger de esta fruta! ¡Que nadie venga a ponerse debajo de este árbol! —dijeron. Y así dispusieron impedirlo todos los de Xibalbá.

      La cabeza de Hun-Hunahpú no volvió a aparecer, porque se había vuelto la misma cosa que el fruto del árbol que se llama jícaro. Sin embargo, una muchacha oyó la historia maravillosa. Ahora contaremos cómo fue su llegada.  

La intervención de la doncella

    Esta es la historia de una doncella, hija de uno de los Señores llamado Cuchumaquic. Llegaron estas noticias a oídos de una doncella, de nombre Ixquic. Cuando ella oyó la historia de los frutos del árbol, que fue contada por su padre, se quedó admirada de oírla.

    — ¿Por qué no he de ir a ver ese árbol que cuentan? —exclamó la joven. Ciertamente deben ser sabrosos los frutos de que oigo hablar.

     Inmediatamente, se puso en camino ella sola y llegó al pie del árbol que estaba sembrado en Pucbal-Chah.

    — ¡Ah! -exclamó- ¿qué frutos son los que produce este árbol? ¿No es admirable ver cómo se ha cubierto de frutos? ¿Me he de morir, me perderé si corto uno de ellos? -se preguntó la doncella.

     Habló entonces la calavera que estaba entre las ramas del árbol y dijo:

    — ¿Qué es lo que quieres? Estos objetos redondos que cubren las ramas del árbol no son más que calaveras. Así dijo la cabeza de Hun-Hunahpú dirigiéndose a la joven. ¿Por ventura los deseas? -agregó.
    —Sí los deseo, contestó la doncella.
    —Muy bien —dijo la calavera. Extiende hacia acá tu mano derecha.
    —Bien, replicó la joven, y levantando su mano derecha, la extendió en dirección a la calavera.

    En ese instante la calavera lanzó un chisguete de saliva que fue a caer directamente en la palma de la mano de la doncella. Ella, rápidamente y con atención, se miró la palma de la mano, pero la saliva de la calavera ya no estaba ahí.

     —En mi saliva y mi baba te he dado mi descendencia —dijo la voz en el árbol. Ahora, mi cabeza ya no tiene nada encima, no es más que una calavera despojada de la carne. Así es la cabeza de los grandes príncipes, la carne es lo único que les da una hermosa apariencia. Y cuando mueren se espantan los hombres a causa de los huesos. Así es también la naturaleza de los hijos, que son como la saliva y la baba, ya sean hijos de un Señor, de un hombre sabio o de un orador. Su condición no se pierde cuando se van, sino se hereda; no se extingue ni desaparece la imagen del Señor, del hombre sabio o del orador, sino que la dejan a sus hijas y a los hijos que engendran. Esto mismo he hecho yo contigo. Sube, pues, a la superficie de la tierra, que no morirás. Confía en mi palabra que así será —dijo la cabeza de Hun-Hunahpú.

    Volvió en seguida a su casa la doncella después de que le fueron hechas todas estas advertencias, habiendo concebido inmediatamente los hijos en su vientre por la sola virtud de la saliva. Y así fueron engendrados Hunahpú e Ixbalanqué.
    Llegó, pues, la joven a su casa y después de haberse cumplido seis meses, fue advertido su estado por su padre, el llamado Cuchumaquic. Al instante fue descubierto el secreto de la joven por el padre, al observar que tenía hijo.
     Se reunieron, entonces, en consejo todos los Señores Hun-Camé y Vucub-Camé con Cuchumaquic.

    —Mi hija está preñada, Señores; ha sido deshonrada, exclamó el Cuchumaquic cuando compareció ante los Señores.
    —Está bien —dijeron éstos. Oblígala a declarar la verdad, y si se niega a hablar, castígala; que la lleven a sacrificar lejos de aquí.
    —Muy bien, respetables Señores, contestó.

    A continuación, interrogó a su hija:

    — ¿De quién es el hijo que tienes en el vientre, hija mía?

     Y ella contestó:

    —No tengo hijo, señor padre, aún no he conocido varón.
    —Está bien, replicó. Positivamente eres una ramera. Llevadla a sacrificar, señores Ahpop Achih; traedme el corazón dentro de una jícara y volved hoy mismo ante los Señores –les dijo a los búhos.
    Los cuatro mensajeros tomaron la jícara y se marcharon llevando en sus brazos a la joven y llevando también el cuchillo de pedernal para sacrificarla. Y ella les dijo:

    —No es posible que me matéis, ¡oh, mensajeros!, porque no es una deshonra lo que llevo en el vientre, sino que se engendró sólo cuando fui a admirar la cabeza de Hun-Hunahpú que estaba en Pucbal-Chah. Así pues, no debéis sacrificarme, ¡oh, mensajeros! —dijo la joven, dirigiéndose a ellos.
    — ¿Y qué pondremos en lugar de tu corazón? Se nos ha dicho por tu padre: “Traedme el corazón, volved ante los Señores, cumplid vuestro deber y atended juntos a la obra, traedlo pronto en la jícara, poned el corazón en el fondo de la jícara”. ¿Acaso no se nos habló así? ¿Qué pondremos en la jícara? Nosotros bien quisiéramos que no murieras —dijeron los mensajeros.
    —Muy bien, pero este corazón no les pertenece a ellos. Tampoco debe ser aquí vuestra morada, ni debéis tolerar que os obliguen a matar a los hombres. Después serán ciertamente vuestros los verdaderos criminales y míos serán en seguida Hun-Camé y Vucub-Camé. Así, pues, la sangre y solo la sangre será de ellos y estará en su presencia. Tampoco puede ser que este corazón sea quemado ante ellos. Recoged el producto de este árbol —dijo la doncella.

    El jugo rojo brotó del árbol, cayó en la jícara y en seguida se hizo una bola resplandeciente que tomó la forma de un corazón hecho con la savia que corría de aquel árbol encarnado. Semejante a la sangre brotaba la savia del árbol, imitando la verdadera sangre. Luego se coaguló allí dentro la sangre, o sea, la savia del árbol rojo, y se cubrió de una capa muy encendida como de sangre al coagularse dentro de la jícara, mientras que el árbol resplandecía por obra de la doncella. Llamábase Árbol rojo de grana, pero desde entonces tomó el nombre de Árbol de la Sangre porque a su savia se le llama la Sangre.

    —Allá en la tierra seréis amados y tendréis lo que os pertenece —dijo la joven a los búhos.
    —Está bien, niña. Nosotros nos iremos allá, subiremos a servirte; tú, sigue tu camino mientras nosotros vamos a presentar la savia en lugar de tu corazón ante los Señores —dijeron los mensajeros.

    Cuando llegaron a presencia de los Señores, estaban todos aguardando.

    — ¿Se ha terminado eso? -preguntó Hun-Camé.
    —Todo está concluido, Señores. Aquí está el corazón en el fondo de la jícara.
   —Muy bien. Veamos -exclamó Hun-Camé. Y cogiéndolo con los dedos lo levantó, se rompió la corteza y comenzó a derramarse la sangre de vivo color rojo.
    —Atizad bien el fuego y ponedlo sobre las brasas —dijo Hun-Camé.

    En seguida lo arrojaron al fuego y comenzaron a sentir el olor los de Xibalbá, y levantándose todos se acercaron y ciertamente sentían muy dulce la fragancia de la sangre.
   Y, mientras ellos se quedaban pensativos, se marcharon los búhos, los servidores de la doncella, remontaron el vuelo en bandada desde el abismo hacia la tierra y los cuatro se convirtieron en sus servidores.
       Así fueron vencidos los Señores de Xibalbá. Por la doncella, fueron engañados todos.

Hunahpú e Ixbalanqué

    Ahora bien, estaban con su madre Hunbatz y Hunchouén cuando llegó la mujer llamada Ixquic. Cuando llegó, pues, la mujer Ixquic ante la madre de Hunbatz y Hunchouén, llevaba a sus hijos en el vientre y faltaba poco para que nacieran Hunahpú e Ixbalanqué, que así fueron llamados.
     Al llegar ante la anciana, le dijo la mujer a la abuela:

     —He llegado, señora madre; yo soy vuestra nuera y vuestra hija, señora madre.
     — ¿De dónde vienes tú? ¿En dónde están mis hijos? ¿Por ventura no murieron en Xibalbá? ¿No ves a éstos a quienes les quedaron su descendencia y linaje y que se llaman Hunbatz y Hunchouén? ¡Sal de aquí! ¡Vete! -gritó la vieja a la muchacha.
    —Sin embargo, es la verdad que soy vuestra nuera; ha tiempo que lo soy. Pertenezco a Hun-Hunahpú. Ellos viven en lo que llevo, no han muerto Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú: volverán a mostrarse claramente, mi señora suegra. Y así, pronto veréis su imagen en lo que traigo —le fue dicho a la vieja.

   Entonces se enfurecieron Hunbatz y Hunchouén, cuando escucharon esas palabras. Ellos sólo se entretenían en tocar la flauta y cantar, en pintar y esculpir, en lo que pasaban todo el día, y eran el consuelo de la anciana.
      Habló luego la vieja y dijo:

   —No quiero que tú seas mi nuera, porque lo que llevas en el vientre es fruto de tu deshonestidad. Además, eres una embustera: mis hijos de quienes hablas ya están muertos.

     Y agregó la abuela:

    —Esto que te digo es la pura verdad; pero en fin, está bien. ¿Asique, declaras que eres mi nuera? Anda, pues, a traer la comida para los que hay que alimentar. Anda a cosechar una red grande (de maíz) y vuelve en seguida, puesto que eres mi nuera, según lo que oigo —le dijo a la muchacha.
    —Muy bien —replicó la joven. Y se fue en seguida para la milpa que poseían Hunbatz y Hunchouén.

     El camino había sido abierto por ellos y la joven lo tomó y así llegó a la milpa; pero no encontró más que una mata de maíz; no había dos, ni tres, y viendo que sólo había una mata con su espiga, se llenó de angustia el corazón de la muchacha.

    — ¡Ay, desgraciada de mí! ¿A dónde he de ir a conseguir una red de maíz, como se me ha ordenado? -exclamó.

     Y en seguida se puso a invocar al Chahal de la comida para que llegara y se la llevase.

    — ¡Ixtoh, Ixcanü, Ixcacaip, vosotras las que cocéis el maíz y tú, Chahal, guardián de la comida de Hunbatz y Hunchouén! —dijo la muchacha. Y a continuación cogió las barbas, los pelos rojos de la mazorca y los arrancó, sin cortar la mazorca. Luego los arregló en la red como mazorcas de maíz y la gran red se llenó completamente.

     Volvió en seguida la joven; los animales del campo iban cargando la red, y cuando llegaron, fueron a dejar la carga a un rincón de la casa, como si ella la hubiera llevado. Llegó pronto la vieja y luego que vio el maíz que había en la gran red, exclamó:

    — ¿De dónde has traído todo este maíz? ¿Por ventura acabaste con nuestra milpa y te la has traído toda para acá? Iré a ver al instante —dijo la vieja.

Y se puso en camino para ir a ver la milpa. Pero la única mata de maíz estaba allí todavía y asimismo, se veía el lugar donde había estado la red al pie de la mata. La vieja regresó entonces a toda prisa a su casa y dijo a la muchacha:

    —Esta es prueba suficiente de que realmente eres mi nuera. Veré ahora tus obras, aquéllos que llevas en el vientre y que también son sabios —le dijo a la muchacha.

    Cuando llegó el día de su nacimiento, dio a luz Ixquic; pero la abuela no los vio cuando nacieron. En un instante fueron dados a luz los dos muchachos llamados Hunahpú e Ixbalanqué.
    Allá en el monte fueron dados a luz. Luego llegaron a la casa, pero no podían dormirse.

    — ¡Sácalos y déjalos afuera! —dijo la vieja— Porque verdaderamente es mucho lo que gritan. Y en seguida fueron sus hermanos a ponerlos sobre un hormiguero. Allí durmieron tranquilamente. Luego los quitaron de ese lugar y los pusieron sobre las espinas.
    Ahora bien, lo que querían Hunbatz y Hunchouén era que murieran allí mismo en el hormiguero, o que murieran sobre las espinas. Deseábanlo así a causa del odio y de la envidia que por ellos sentían Hunbatz y Hunchouén.
    Al principio se negaban a recibir en la casa a sus hermanos menores; no los conocían y, por eso, se criaron en el campo.

    Hunbatz y Hunchouén eran grandes músicos y cantores; habían crecido en medio de muchos trabajos y necesidades y pasaron por muchas penas, pero llegaron a ser muy sabios. Eran a un tiempo flautistas, cantores, pintores y talladores. Todo lo sabían hacer.
    Conocían acerca de su propio nacimiento y sabían también que eran los sucesores de sus padres, los que fueron a Xibalbá y murieron allá. Grandes sabios eran, pues Hunbatz y Hunchouén, en su interior, sabían todo lo relativo al nacimiento de sus hermanos menores. Sin embargo, no demostraban su sabiduría, por la envidia que les tenían, pues sus corazones estaban llenos de mala voluntad hacia ellos, sin que Hunahpú e Ixbalanqué los hubieran ofendido en nada.
    Estos últimos se ocupaban solamente de tirar con cerbatana todos los días; no eran amados de la abuela ni de Hunbatz, ni de Hunchouén. No les daban de comer; solamente cuando ya estaba terminada la comida y habían comido Hunbatz y Hunchouén, entonces llegaban ellos. Pero no se enojaban, ni se encolerizaban y sufrían calladamente, porque sabían su condición y se daban cuenta de todo con claridad. Traían sus pájaros cuando venían cada día, y Hunbatz y Hunchouén se los comían, sin darle nada a ninguno de los dos, Hunahpú e Ixbalanqué.
    Y una vez que Hunahpú e Ixbalanqué llegaron sin traer ninguna clase de pájaros, entraron en la casa y se enfureció la abuela.

    — ¿Por qué no traen pájaros? —les reclamó a Hunahpú e Ixbalanqué.

    Y ellos contestaron:

    — Lo que sucede, abuela nuestra, es que nuestros pájaros se han quedado trabados en el árbol y nosotros no podemos subir a cogerlos, querida abuela. Si nuestros hermanos mayores así lo quieren, que vengan con nosotros y que vayan a bajar los pájaros —dijeron.
     —Está bien —contestaron los hermanos mayores, iremos con vosotros al amanecer.

     Consultaron entonces los dos entre sí la manera de vencer a Hunbatz y Hunchouén.

   —Solamente cambiaremos su naturaleza, su apariencia. Cúmplase así nuestra palabra, por los muchos sufrimientos que nos han causado. Ellos deseaban que muriésemos, que nos perdiéramos nosotros, sus hermanos menores. En su interior nos tenían como muchachos. Por todo esto los venceremos y daremos un ejemplo. Así iban diciendo entre ellos, mientras se dirigían al pie del árbol llamado Canté. Iban acompañados de sus hermanos mayores y tirando con la cerbatana. No era posible contar los pájaros que cantaban sobre el árbol y sus hermanos mayores se admiraban de ver tantos pájaros. Había pájaros, pero ni uno solo caía al pie del árbol.

    —Nuestros pájaros no caen al suelo. Id a bajarlos —les dijeron a sus hermanos mayores.
    —Muy bien -contestaron éstos.

    Y en seguida subieron al árbol. Pero este aumentó de tamaño y su tronco se hinchó. Luego quisieron bajar Hunbatz y Hunchouén, pero ya no pudieron descender de la cima del árbol.
     Entonces exclamaron desde lo alto del árbol:

     — ¿Qué nos ha sucedido, hermanos nuestros? ¡Desgraciados de nosotros! Este árbol nos causa espanto de sólo verlo, ¡oh, hermanos nuestros! —dijeron desde la cima del árbol.

    Y Hunahpú e Ixbalanqué les contestaron:

   —Desatad vuestros calzones, atadlos debajo del vientre, dejando largas las puntas y tirando de ellas por detrás, de ese modo podréis andar fácilmente. Así les dijeron sus hermanos menores.
    —Está bien —contestaron, tirando la punta de sus ceñidores. Pero al instante se convirtieron estos en colas y ellos tomaron la apariencia de monos. En seguida, se fueron sobre las ramas de los árboles, por entre los montes grandes y pequeños y se internaron en el bosque, haciendo muecas y columpiándose en las ramas de los árboles.

    Así fueron vencidos Hunbatz y Hunchouén por Hunahpú e Ixbalanqué; y solo por arte de magia pudieron hacerlo.
    Volvieron estos a su casa y, al llegar, hablaron con su abuela y con su madre, diciéndoles:

    — ¿Qué será, abuela nuestra, lo que les ha sucedido a nuestros hermanos mayores, que de repente se volvieron sus caras como caras de animales? Así dijeron.
    —Si ustedes les han hecho algún daño a sus hermanos, me han hecho desgraciada y me han llenado de tristeza. No hagan semejante cosa a sus hermanos, ¡oh, hijos míos! —dijo la vieja a Hunahpú e Ixbalanqué.

     Y ellos le dijeron a su abuela:

    —No estés afligida, abuela nuestra. Volverás a ver la cara de nuestros hermanos; ellos volverán, pero será una prueba difícil para vos, abuela. Y ten cuidado de no reíros. Y ahora, ¡a probar su suerte! —dijeron.

    En seguida se pusieron a tocar la flauta, tocando la canción de Hunahpú-Qoy. Luego cantaron, tocaron la flauta y el tambor.
   Después sentaron junto a ellos a su abuela y siguieron tocando y llamando con la música y el canto, entonando la canción.
    Por fin llegaron Hunbatz y Hunchouén y al llegar se pusieron a bailar; pero cuando la vieja vio sus feos visajes se echó a reír al verlos, sin poder contener la risa, y ellos se fueron al instante y no se les volvió a ver la cara.

     — ¡Ya lo ves, abuela! Se han ido para el bosque. ¿Qué has hecho, abuela nuestra? Sólo cuatro veces podemos hacer esta prueba y no faltan más que tres. Vamos a llamarlos con la flauta y con el canto, pero procurad contener la risa. ¡Que comience la prueba! —dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

    Repitieron el ritual como habían prometido. Pero obtuvieron siempre el mismo resultado, la abuela no paraba de reírse. Los muchachos le dijeron a la abuela:

     — Hemos hecho todo lo posible, abuelita. Pero no te aflijas; aquí estamos nosotros, tus nietos; a nosotros debes vernos, ¡oh, madre nuestra! ¡Oh nuestra abuela!, como el recuerdo de nuestros hermanos mayores, de aquéllos que se llamaron y tenían por nombre Hunbatz y Hunchouén —dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

     Aquellos eran invocados por los músicos y los cantores, por las gentes antiguas. También los invocaban los pintores y talladores en tiempos pasados. Pero fueron convertidos en animales y se volvieron monos porque se ensoberbecieron y maltrataron a sus hermanos.
     De esta manera sufrieron sus corazones; así fue su pérdida y fueron destruidos Hunbatz y Hunchouén y se volvieron animales. Habían vivido siempre en su casa; fueron músicos y cantores e hicieron también grandes cosas cuando vivían con la abuela y con su madre.

El hallazgo de la pelota

    Comenzaron entonces sus trabajos para ganar el respeto de su abuela y la admiración de su madre. Lo primero que harían era la milpa.

    —Vamos a sembrar la milpa, abuela y madre nuestra —dijeron. No se aflijan; aquí estamos nosotros en lugar de nuestros hermanos —dijeron ambos.

    En seguida tomaron sus hachas, sus piochas y sus azadas de palo y se fueron, llevando cada uno su cerbatana al hombro. Al salir de su casa, le encargaron a su abuela que les llevara su comida.

    —A mediodía nos llevas la comida, abuela —le dijeron.
    —Está bien, nietos míos —contestó la vieja.

    Poco después llegaron al lugar de la siembra. Y al hundir el azadón en la tierra, este la labraba. El azadón hacía el trabajo por sí solo. De la misma manera clavaban el hacha en el tronco de los árboles y en sus ramas y al punto caían y quedaban tendidos en el suelo todos los árboles y bejucos. Rápidamente caían los árboles, cortados de un solo hachazo.
    Lo que había arrancado el azadón era mucho también. No se podían contar las zarzas ni las espinas que habían cortado con un solo golpe del azadón. Tampoco era posible calcular lo que habían arrancado y derribado en todos los montes grandes y pequeños.
    Y habiendo aleccionado a un animal llamado Ixmucur, lo hicieron subir a la cima de un gran tronco y Hunahpú e Ixbalanqué le dijeron:

    —Observa cuando venga nuestra abuela a traernos la comida y al instante comienza a cantar y nosotros empuñaremos la azada y el hacha.
    —Está bien -contestó Ixmucur.

    En seguida se pusieron a tirar con la cerbatana; ciertamente no hacían ningún trabajo de labranza.
    Poco después cantó la paloma e inmediatamente corrió uno a coger la azada y el otro a coger el hacha. Y envolviéndose la cabeza, el uno se cubrió de tierra las manos intencionalmente y se ensució asimismo la cara como un verdadero labrador, y el otro, adrede, se echó astillas de madera sobre la cabeza como si efectivamente hubiera estado cortando los árboles.
    Así fueron vistos por su abuela. En seguida comieron, pero realmente no habían hecho trabajo de labranza y, sin merecerla, les dieron su comida. Luego se fueron a su casa.

   —Estamos verdaderamente cansados, abuela —dijeron al llegar— estirando sin motivo las piernas y los brazos ante su abuela.

   Regresaron al día siguiente, y al llegar al campo encontraron que se habían vuelto a levantar todos los árboles y bejucos y que todas las zarzas y espinas se habían vuelto a unir y enlazar entre sí.

   — ¿Quién nos ha hecho este engaño? —se preguntaron asombrados. Sin duda lo han hecho todos los animales pequeños y grandes, el león, el tigre, el venado, el conejo, el gato de monte, el coyote, el jabalí, el pizote, los pájaros chicos y los pájaros grandes; éstos fueron los que lo hicieron y en una sola noche lo ejecutaron.

   En seguida comenzaron de nuevo a preparar el campo y a arreglar la tierra y los árboles cortados. Luego discurrieron acerca de lo que habían de hacer con los palos cortados y las hierbas arrancadas.

   —Ahora velaremos nuestra milpa; tal vez podamos sorprender al que viene a hacer todo este daño —dijeron discurriendo entre sí. Y a continuación regresaron a la casa.
   — ¿Qué te parece, abuela, que se han burlado de nosotros? Nuestro campo que habíamos labrado se ha vuelto un gran pajonal y bosque espeso. Así lo hallamos cuando llegamos hace un rato, abuela —le dijeron a su abuela y a su madre—. Pero volveremos allá y velaremos, porque no es justo que nos hagan tales cosas —dijeron.

   Luego se vistieron y en seguida se fueron de nuevo a su campo de árboles cortados y allí se escondieron, recatándose en la sombra.
   Se reunieron, entonces, todos los animales, uno de cada especie se juntó con todos los demás animales chicos y animales grandes. Y era media noche en punto cuando llegaron hablando todos y diciendo así en sus lenguas: “¡Levantaos, árboles! ¡Levantaos, bejucos!”.
    Esto decían cuando llegaron y se agruparon bajo los árboles y bajo los bejucos y fueron acercándose hasta manifestarse ante los ojos de Hunahpú e Ixbalanqué.
   Eran los primeros el león y el tigre, y quisieron cogerlos, pero no se dejaron. Luego se acercaron al venado y al conejo y sólo les pudieron coger las colas, solamente se las arrancaron. La cola del venado les quedó entre las manos y por esta razón el venado y el conejo llevan cortas las colas.
   El gato de monte, el coyote, el jabalí y el pizote tampoco se entregaron. Todos los animales pasaron frente a Hunahpú e Ixbalanqué cuyos corazones ardían de cólera, porque no los podían coger.
   Pero, por último, llegó otro dando saltos, y a este, que era el ratón, al instante lo atraparon y lo envolvieron en un paño. Y luego que lo cogieron, le apretaron la cabeza y lo quisieron ahogar, y le quemaron la cola en el fuego, de donde viene que la cola del ratón no tiene pelo; y así también le quisieron pegar en los ojos los dos muchachos Hunahpú e Ixbalanqué.
   Y dijo el ratón:

    —Yo no debo morir a vuestras manos. Y vuestro oficio tampoco es el de sembrar milpa.
    — ¿Qué nos cuentas tú ahora? —le dijeron los muchachos al ratón.
    —Soltadme un poco, que en mi pecho tengo algo que deciros y os lo diré en seguida, pero antes dadme algo de comer —dijo el ratón.
    —Después te daremos tu comida, pero habla primero —le contestaron.
  —Está bien. Sabréis, pues, que los bienes de vuestros padres Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, así llamados, aquellos que murieron en Xibalbá, o sea los instrumentos con que jugaban, han quedado y están allí colgados en el techo de la casa: el anillo, los guantes y la pelota. Sin embargo, vuestra abuela no os los quiere enseñar porque a causa de ellos murieron vuestros padres.
   — ¿Lo sabes con certeza? —le preguntaron con asombro los muchachos al ratón. Y sus corazones se alegraron grandemente cuando oyeron la noticia de la pelota de goma. Y como ya había hablado el ratón, le señalaron su comida al ratón.
    —Esta será la comida: el maíz, las pepitas de chile, el fríjol, el pataxte, el cacao. Todo esto te pertenece, y si hay algo que esté guardado u olvidado, tuyo será también, ¡cómelo! —le fue dicho al ratón por ambos hermanos.
     —Magnífico, muchachos —agradeció aquél— pero ¿qué le diré a vuestra abuela si me ve?
   —No tengas pena, porque nosotros estamos aquí y sabremos lo que hay que decirle a nuestra abuela. ¡Vamos!, lleguemos pronto a donde están esas cosas colgadas; nosotros estaremos mirando al desván de la casa y atendiendo únicamente a nuestra comida —le dijeron al ratón.

    Y habiéndolo dispuesto así durante la noche, después de consultarlo entre sí, Hunahpú e Ixbalanqué llegaron a mediodía. Cuando llegaron, llevaban consigo al ratón, pero no lo enseñaban; uno de ellos entró directamente a la casa y el otro se acercó a la esquina y de allí hizo subir al instante al ratón.
      En seguida pidieron su comida a la abuela:

     —Prepara nuestra comida, queremos un chimol, abuela nuestra —dijeron.

     Y al punto les prepararon la comida y les pusieron delante un plato de caldo.
     Pero esto era sólo para engañar a su abuela y a su madre. Y habiendo hecho que se consumiera el agua que había en la tinaja:

     —Verdaderamente nos estamos muriendo de sed; id a traernos de beber —le dijeron a su abuela.
     —Bueno —contestó ella y se fue.

     Entonces, se pusieron a comer, pero la verdad es que no tenían hambre, solo era un engaño lo que hacían. Vieron entonces en su plato de chile cómo el ratón se dirigía rápidamente hacia la pelota que estaba colgada del techo de la casa. Al ver esto en su chimol, despacharon a cierto animal llamado Xan, que es como un mosquito, el cual fue al río y perforó la pared del cántaro de la abuela, y aunque ella trató de contener el agua que se salía, no pudo cerrar la picadura hecha en el cántaro.

     — ¿Qué le pasa a nuestra abuela? Tenemos la boca seca por falta de agua, nos estamos muriendo de sed —le reclamaron a su madre, y la mandaron fuera.

     En seguida fue el ratón a cortar la cuerda que sostenía la pelota, la cual cayó del techo de la casa junto con el anillo, los guantes y los cueros. Se apoderaron de ellos los muchachos y corrieron al instante a esconderlos en el camino que conducía al juego de la pelota.
   Después de esto se encaminaron al río, a reunirse con su abuela y su madre, que estaban atareadas tratando de tapar el agujero del cántaro. Y llegando cada uno con su cerbatana, dijeron cuando llegaron al río:

     — ¿Qué están haciendo? Nos cansamos de esperar y nos vinimos —les dijeron.
    —Miren el agujero de mi cántaro que no se puede tapar —dijo la abuela. Al instante lo taparon y juntos regresaron, marchando ellos delante de su abuela.
      Y así fue el hallazgo de la pelota.

La invitación a Xibalbá

    Muy contentos se fueron a jugar al patio del juego de pelota; limpiaron primero el patio donde jugaban sus padres y luego, estuvieron jugando solos largo tiempo.
Y oyéndolos, los Señores de Xibalbá dijeron:

   — ¿Quiénes son esos que vuelven a jugar sobre nuestras cabezas y que nos molestan con el tropel que hacen? ¿Acaso no murieron Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, aquellos que se quisieron engrandecer ante nosotros? ¡Id a llamarlos al instante!

    Así dijeron Hun-Camé, Vucub-Camé y todos los Señores. Y enviándolos a llamar dijeron a sus mensajeros:

   —Id y decidles cuando lleguéis allá: “Que vengan, han dicho los Señores; aquí deseamos jugar a la pelota con ellos, dentro de siete días queremos jugar; así dijeron los Señores, decidles cuando lleguéis” —fue la orden que dieron a los mensajeros.

    Y éstos vinieron entonces por el camino ancho de los muchachos que conducía directamente a su casa; por él llegaron los mensajeros directamente ante la abuela de aquéllos. Comiendo estaba cuando llegaron los mensajeros de Xibalbá.

    — “Que vengan” con seguridad, dicen los Señores —dijeron los mensajeros de Xibalbá. Y señalaron el día los mensajeros de Xibalbá

    —Dentro de siete días los esperan —le dijeron a Ixmucané.
    —Está bien, mensajeros, ellos llegarán —respondió la vieja. Y los mensajeros se fueron de regreso.

     Entonces se llenó de angustia el corazón de la vieja.

    — ¿A quién mandaré que vaya a llamar a mis nietos? ¿No fue de esta misma manera como vinieron los mensajeros de Xibalbá en ocasión pasada, cuando vinieron a llevarse a sus padres? –dijo su abuela, entrando sola y afligida a su casa.

    Y en seguida le cayó un piojo en la falda. Lo cogió y se lo puso en la palma de la mano, y el piojo se meneó y echó a andar.

    —Hijo mío, ¿te gustaría que te mandara a que fueras a llamar a mis nietos al juego de pelota? —le dijo al piojo. “Han llegado mensajeros ante vuestra abuela” —dirás: “que vengan dentro de siete días, que vengan, dicen los mensajeros de Xibalbá; así lo manda decir vuestra abuela” —le encomendó ella al piojo.

    Al punto se fue el piojo contoneándose. Y estaba sentado en el camino alguien llamado Tamazul, o sea el sapo.

    — ¿A dónde vas? —le dijo el sapo al piojo.
    —Llevo un mandado en mi vientre, voy a buscar a los muchachos —le contestó el piojo al Tamazul.
    —Está bien, pero veo que no te das prisa —le dijo el sapo al piojo. ¿No quieres que te trague? Ya verás cómo corro yo, y así llegaremos rápidamente.
    —Muy bien —le contestó el piojo al sapo.

     En seguida se lo tragó el sapo. Y el sapo caminó mucho tiempo, pero sin apresurarse. Luego encontró a su vez una gran culebra, que se llamaba Zaquicaz.

     — ¿A dónde vas, joven Tamazul? —díjole al sapo Zaquicaz.
     —Voy de mensajero, llevo un mandado en mi vientre —le respondió el sapo a la culebra.
   —Veo que no caminas aprisa. ¿No llegaré yo más pronto? —le preguntó la culebra al sapo— ¡Ven acá! —contestó. En seguida Zaquicaz se tragó al sapo. Y desde entonces fue esta la comida de las culebras, que todavía hoy se tragan a los sapos.

    Iba andando aprisa la culebra y habiéndola encontrado el Vac, que es un pájaro grande, al instante se tragó el gavilán a la culebra. Desde entonces fue ésta la comida de los gavilanes, que devoran a las culebras en los campos. Poco después llegó al juego de pelota
   Y al llegar el gavilán, se paró sobre la cornisa del juego de pelota, donde Hunahpú e Ixbalanqué se divertían jugando a la pelota. Al llegar, el gavilán se puso a gritar “¡Vac-có! ¡Vac-có! ¡Aquí está el gavilán! —decía en su graznido— ¡Aquí está el gavilán!”

    — ¿Quién está gritando? ¡Vengan nuestras cerbatanas! —exclamaron. Y disparándole en seguida al gavilán, le acertaron en un ojo, y dando vueltas se vino al suelo. Corrieron a recogerlo y le preguntaron:
    — ¿Qué vienes a hacer aquí? —le dijeron al gavilán.
    —Traigo un mensaje en mi vientre. Curadme primero el ojo y después os lo diré —contestó el gavilán.
    —Muy bien —dijeron ellos, y sacando un poco de la goma de la pelota con que jugaban, se la pusieron en el ojo al gavilán. Lotzquic le llamaron ellos y al instante quedó curada perfectamente por ellos la vista del gavilán.
    —Habla, pues —dijeron al gavilán. Y en seguida vomitó una gran culebra.
    —Habla tú —le dijeron a la culebra.
    —Bueno —dijo ésta y vomitó al sapo.
    — ¿Dónde está tu mandado que anunciabas? —le dijeron al sapo.
   —Aquí está el mandado en mi vientre —contestó el sapo. Y en seguida hizo esfuerzos, pero no pudo vomitar; solamente se le llenaba la boca como de baba, y no le venía el vómito. Los muchachos ya querían pegarle.
    —Eres un mentiroso —lo acusaron, dándole de puntapiés en el trasero, y el hueso del anca le bajó a las piernas.

    Probó de nuevo, pero sólo la baba le llenaba la boca. Entonces le abrieron la boca al sapo los muchachos y una vez abierta, buscaron dentro de la boca. El piojo estaba pegado a los dientes del sapo; en la boca se había quedado, no lo había tragado. Así quedó burlado el sapo, y no se conoce la clase de comida que le dan; no puede correr y se volvió comida de culebras.

    — ¡Habla! —le dijeron al piojo, y entonces dijo el mandado:
    —Ha dicho vuestra abuela, muchachos: “Anda a llamarlos; han venido mensajeros de Hun-Camé y Vucub-Camé para que vayan a Xibalbá, diciendo: ‘Que vengan acá dentro de siete días para jugar a la pelota con nosotros, que traigan también sus instrumentos de juego, la pelota, los anillos, los guantes, los cueros, para que se diviertan aquí’ —dicen los Señores”. “De veras han venido” —dice vuestra abuela. Por eso he venido yo. Porque de verdad dice esto ella y llora y se lamenta. Por eso he venido.
   — ¿Será cierto? —se preguntaron dubitativos los muchachos para sus adentros, cuando oyeron esto. Y yéndose al instante llegaron al lado de su abuela; sólo fueron a despedirse de ella.
   —Nos vamos, abuela, solamente venimos a despedirnos. Pero ahí queda la señal que dejamos de nuestra suerte: cada uno de nosotros sembraremos una caña, en medio de nuestra casa la sembraremos: si se secan, esa será la señal de nuestra muerte. ¡Muertos son!, diréis, si llegan a secarse. Pero si retoñan: ¡Están vivos, diréis!, ¡oh abuela nuestra! Y vos, madre, no lloréis, que ahí os dejamos la señal de nuestra suerte —dijeron.

    Y antes de irse, sembró una caña Hunahpú y otra Ixbalanqué; las sembraron en la casa y no en el campo, ni tampoco en tierra húmeda, sino en tierra seca; en medio de su casa las dejaron sembradas.
Marcharon entonces, llevando cada uno su cerbatana, y fueron bajando en dirección a Xibalbá. Bajaron rápidamente los escalones y pasaron entre varios ríos y barrancas. Pasaron entre unos pájaros y estos pájaros llamábanse Molay.
    Pasaron también por un río de podre y por un río de sangre, donde debían ser destruidos según pensaban los de Xibalbá; pero no los tocaron con sus pies, sino que los atravesaron sobre sus cerbatanas.
Salieron de allí y llegaron a una encrucijada de cuatro caminos. Ellos sabían muy bien cuáles eran los caminos de Xibalbá, porque habían heredado el conocimiento de su padre: el camino negro, el camino blanco, el camino rojo y el camino verde. Así, pues, despacharon a un animal llamado Xan. Éste debía ir a recoger las noticias que lo enviaban a buscar.

    —Pícalos uno por uno; primero pica al que está sentado en primer término y acaba picándolos a todos, pues ésa es la parte que te corresponde, chupar la sangre de los hombres en los caminos —le dijeron al mosquito.
     —Muy bien, contestó el mosquito.

    Y en seguida se internó por el camino negro y se fue directamente hacia los muñecos de palo que estaban sentados primero y cubiertos de adornos. Picó al primero, pero éste no habló; luego picó al otro, picó al segundo que estaba sentado, pero éste tampoco habló.
    Picó después al tercero; el tercero de los que estaban sentados era Hun-Camé.

   — ¡Ay! —dijo cuando lo picaron.
   — ¿Qué es eso, Hun-Camé? ¿Qué es lo que os ha picado? ¿No sabéis quién os ha picado? —preguntó el cuarto de los Señores que estaban sentados.
   — ¿Qué hay, Vucub-Camé? ¿Qué os ha picado? —inquirió el quinto sentado.
   — ¡Ay! ¡Ay! —exclamó entonces Xiquiripat. Y Vucub-Camé le preguntó:
   — ¿Qué hay Xiquiripat? ¿Qué os ha picado? Y soltó cuando lo picaron, el sexto que estaba sentado:
   — ¡Ay!
   — ¿Qué es eso, Cuchumaquic? —le interrogó Ahalpuh. ¿Qué es lo que os ha picado? Y profirió el séptimo sentado cuando lo picaron:
   — ¡Ay!
   — ¿Qué hay, Ahalpuh? — quiso saber Ahalcaná. ¿Qué os ha picado? Y chilló, cuando lo picaron, el octavo de los sentados:
   — ¡Ay!
   — ¿Qué hay Ahalcaná? —le preguntó curioso Chamiabac. ¿Qué os ha picado? Y protestó, cuando lo picaron, el noveno de los sentados:
   — ¡Ay!
   — ¿Qué es eso, Chamiabac?, interrogó Ahalcaná. ¿Qué os ha picado? Y protestó también, cuando lo picaron, el décimo de los sentados: — ¡Ay!
   — ¿Qué pasa, Chamiaholom?, intentó saber Chamiabac. ¿Qué os ha picado? Y se quejó el undécimo sentado cuando lo picaron:
   — ¡Ay!
  — ¿Qué sucede? —le preguntó Chamiaholom. ¿Qué os ha picado? Y gritó el duodécimo de los sentados cuando lo picaron:
    — ¡Ay!
   — ¿Qué es eso, Patán? —le preguntaron. ¿Qué os ha picado? Y protestó el decimotercero de los sentados cuando lo picaron:
    — ¡Ay!
   — ¿Qué pasa, Quicxic? —le preguntó Patán. ¿Qué os ha picado? Y soltó el decimocuarto de los sentados cuando a su vez lo picaron:
    — ¡Ay!
    — ¿Qué os ha picado, Quicrixcac? —le interrogó Quiere.

   Así fue la declaración de sus nombres, que fueron diciéndose todos los unos a los otros; así se dieron a conocer al declarar sus nombres, llamándose uno a uno cada jefe. Y de esta manera dijo su nombre cada uno de los que estaban sentados en su rincón.
   Ni uno solo de los nombres se perdió. Todos acabaron de decir su nombre cuando los picó y fue a oír los nombres de todos de parte de Hunahpú e Ixbalanqué.
    Continuaron su camino los muchachos y llegaron a donde estaban los de Xibalbá.

    — Saludad al Señor, al que está sentado —les dijo uno para engañarlos.
   —Ese no es Señor, no es más que un muñeco de palo —dijeron, y siguieron adelante. En seguida comenzaron a saludar:
   — ¡Salud, Hun-Camé! ¡Salud, Vucub-Camé! ¡Salud, Xiquiripat! ¡Salud, Cuchumaquic! ¡Salud, Ahalph! ¡Salud, Ahalcaná! ¡Salud, Chamiabac! ¡Salud, Chamiaholom! ¡Salud, Patán! ¡Salud, Quicxic! ¡Salud, Quiere! ¡Salud, Quicrixcac! —dijeron llegando ante ellos.

    Y enseñando todas sus caras les dijeron sus nombres a todos, sin que se les escapara el nombre de ninguno. Pero lo que estos deseaban era que no descubrieran sus nombres.

    —Sentaos aquí —ofrecieron amablemente, esperando que se sentaran en el asiento que les indicaban.
  —Este no es asiento para nosotros, es sólo una piedra ardiente —respondieron sabiondos Hunahpú e Ixbalanqué, y no pudieron vencerlos.
   —Está bien, id a aquella casa —les dijeron. Y a continuación entraron en la Casa Oscura. Y allí tampoco fueron vencidos.

Las pruebas en Xibalbá

    Esta era la primera prueba de Xibalbá. Al entrar allí los muchachos, pensaban los de Xibalbá que sería el principio de su derrota. Entraron, desde luego, en la Casa Oscura; en seguida fueron a llevarles sus rajas de pino encendidas y los mensajeros de Hun-Camé le llevaron también a cada uno su cigarro.

    —Estas son sus rajas de pino —dijo el Señor— “que devuelvan este ocote mañana al amanecer junto con los cigarros, y que los traigan enteros” —dice el Señor. Así hablaron los mensajeros cuando llegaron.
    —Muy bien —contestaron ellos. Pero, en realidad, no encendieron la raja de ocote, sino que pusieron una cosa roja en su lugar, o sea unas plumas de la cola de la guacamaya, que a los veladores les pareció que era ocote encendido. Y en cuanto a los cigarros, les pusieron luciérnagas en la punta a los cigarros.
     Toda la noche los dieron por vencidos.

    —Perdidos son —decían los guardianes mofándose. Pero el ocote no se había acabado y tenía la misma apariencia, y los cigarros no los habían encendido y tenían el mismo aspecto.

    Fueron a dar parte a los Señores.

    — ¿Cómo ha sido esto? ¿De dónde han venido? ¿Quién los engendró? ¿Quién los dio a luz? En verdad hacen arder de ira nuestros corazones, porque no está bien lo que nos hacen. Sus caras son extrañas y extraña su manera de conducirse -decían ellos entre sí.

     Luego los mandaron a llamar todos los Señores.

    — ¡Ea! ¡Vamos a jugar a la pelota, muchachos! —les dijeron. Al mismo tiempo fueron interrogados por Hun-Camé y Vucub-Camé.
    — ¿De dónde venís? ¡Contadnos, muchachos! —les dijeron los de Xibalbá.
    — ¡Quién sabe de dónde venimos! Nosotros lo ignoramos —dijeron únicamente, y no hablaron más.
    —Está bien. Vamos a jugar a la pelota, muchachos —insistieron los de Xibalbá.
    —Bueno —contestaron.
    —Usaremos esta, nuestra pelota —dijeron los de Xibalbá.
    —De ninguna manera usaréis esa, sino la nuestra —contestaron los muchachos.
    —Esa no, sino la nuestra será la que usaremos —replicaron los de Xibalbá.
    —Está bien —respondieron tranquilamente los muchachos.
    —Vaya por un gusano chil —dijeron los de Xibalbá.
    —Eso no, sino que hablará la cabeza del león —dijeron los muchachos.
    —Eso no —dijeron molestos los de Xibalbá por tanto cuestionamiento.
    —Está bien —dijo sin preocuparse Hunahpú.

    Entonces los de Xibalbá arrojaron la pelota, la lanzaron directamente al anillo de Hunahpú. En seguida, mientras los de Xibalbá echaban mano del cuchillo de pedernal, la pelota rebotó y se fue saltando por todo el suelo del juego de pelota.

  — ¿Qué es esto? -exclamaron Hunahpú e Ixbalanqué. ¿Nos queréis dar la muerte? ¿Acaso no nos mandasteis llamar? ¿Y no vinieron vuestros propios mensajeros? En verdad, ¡desgraciados de nosotros! Nos marcharemos al punto —les dijeron mostrándose ofendidos los muchachos.

    Eso era precisamente lo que querían que les pasara a los muchachos, que murieran inmediatamente y allí mismo en el juego de pelota y que así fueran vencidos.
Pero no fue así, y fueron los de Xibalbá los que salieron vencidos por los muchachos.

   —No os marchéis, muchachos, sigamos jugando a la pelota, pero usaremos la vuestra —les dijeron a los muchachos.
   —Está bien —contestaron. Y entonces metieron la pelota en el anillo de Xibalbá, con lo cual terminó la partida.

    Y lastimados por sus derrotas dijeron en seguida los de Xibalbá:

    — ¿Cómo haremos para vencerlos?

    Y dirigiéndose a los muchachos les dijeron:

    —Id a juntar y a traernos temprano cuatro jícaras de flores—. Así dijeron los de Xibalbá a los muchachos.
    —Muy bien. ¿Y qué clase de flores? —les preguntaron los muchachos a los de Xibalbá.
   —Un ramo de chipilín colorado, un ramo de chipilín blanco, un ramo de chipilín amarillo y un ramo de Carinimac —respondieron los de Xibalbá.
   —Está bien —contestaron los muchachos.

    Así terminó la plática; igualmente fuertes y enérgicas eran las palabras de los muchachos. Y sus corazones estaban tranquilos cuando se entregaron los muchachos para que los vencieran.
    Los de Xibalbá estaban felices pensando que ya los habían vencido.

    —Esto nos ha salido bien. Primero tienen que cortarlas —dijeron los de Xibalbá.
    — ¿A dónde irán a traer las flores? –se decían en sus adentros.
  —Con seguridad nos daréis mañana temprano nuestras flores; id, pues, a cortarlas —les ordenaron a Hunahpú e Ixbalanqué los de Xibalbá.
    —Está bien –contestaron— de madrugada jugaremos de nuevo a la pelota —dijeron y se despidieron.

    Y en seguida entraron los muchachos en la Casa de las Navajas, el segundo lugar de tormento de Xibalbá. Y lo que deseaban los Señores era que fuesen despedazados por las navajas, y fueran muertos rápidamente; así lo deseaban sus corazones.
    Pero no murieron.
    Les hablaron en seguida a las navajas y les advirtieron:

    —Vuestras serán las carnes de todos los animales —les dijeron a los cuchillos. Y no se movieron más, sino que estuvieron quietas todas las navajas.

    Así pasaron la noche en la Casa de las Navajas, y llamando a todas las hormigas, les dijeron:

    —Hormigas cortadoras, zompopos, ¡venid e inmediatamente id todas a traernos todas las clases de flores que hay que cortar para los Señores!
    —Muy bien —dijeron ellas, y se fueron todas las hormigas a traer las flores de los jardines de Hun-Camé y Vucub-Camé.

     Previamente les habían advertido los Señores a los guardianes de las flores de Xibalbá:

   —Tened cuidado con nuestras flores, no os las dejéis robar por los muchachos que las irán a cortar. Aunque ¿cómo podrían ser vistas y cortadas por ellos? De ninguna manera. ¡Velad, pues, toda la noche!
     —Está bien —dijeron.

    Pero nada sintieron los guardianes del jardín. Inútilmente lanzaban sus gritos subidos en las ramas de los árboles del jardín. Allí estuvieron toda la noche, repitiendo sus mismos gritos y cantos.

   — ¡Ixpuqduvec! Ixpwpuvec! —vociferaba el uno en su grito.
   — ¡Puhuyú! ¡Puhuyú! —exclamaba en su grito el llamado Puhuyú.

    Dos eran los guardianes del jardín de Hun-Camé y Vucub-Camé. Pero no sentían a las hormigas que les robaban lo que estaban cuidando, dando vueltas, moviéndose, cortando las flores, subiendo sobre los árboles a cortar las flores y recogiéndolas del suelo al pie de los árboles.
    Entre tanto los guardias seguían dando gritos, y no sentían los dientes que les cortaban las colas y las alas.
    Y así acarreaban entre los dientes las flores que bajaban, y recogiéndolas se marchaban llevándolas con los dientes.
    Pronto llenaron las cuatro jícaras de flores, y estaban húmedas (de rocío) cuando amaneció. En seguida llegaron los mensajeros para recogerlas.

    —Que vengan, ha dicho el Señor, y que traigan acá al instante lo que han cortado —les dijeron a los muchachos.
     —Muy bien -contestaron.

    Y llevando las flores en las cuatro jícaras, se fueron, y cuando llegaron a presencia del Señor y los demás Señores, daba gusto ver las flores que traían. Y de esta manera fueron vencidos los de Xibalbá.
Sólo a las hormigas habían enviado los muchachos a cortar las flores, y en una noche las hormigas las cogieron y las pusieron en las jícaras.
    Al punto palidecieron todos los de Xibalbá y se les pusieron lívidas las caras a causa de las flores. Luego mandaron llamar a los guardianes de sus flores.
   — ¿Por qué os habéis dejado robar nuestras flores? Estas que aquí vemos son nuestras flores —les reclamaron a los guardianes.
     —No sentimos nada, Señor. Nuestras colas también han sufrido —contestaron. Y luego les rasgaron la boca en castigo de haberse dejado robar lo que estaba bajo su custodia.

    Así fueron vencidos Hun-Camé y Vucub-Camé por Hunahpú e Ixbalanqué. Y éste fue el principio de sus obras.
    Desde entonces trae partida la boca el mochuelo, y así hendida la tiene hoy.
  En seguida bajaron a jugar a la pelota y jugaron también tantos iguales. Luego acabaron de jugar y quedaron convenidos para la madrugada siguiente.
    Así dijeron los de Xibalbá.

     —Está bien —concedieron los muchachos al terminar.

    Entraron después en la Casa del Frío. No es posible describir el frío que hacía. La casa estaba llena de granizo, era la mansión del frío. Pronto, sin embargo, se quitó el frío porque con troncos viejos lo hicieron desaparecer los muchachos.
Así es que no murieron; estaban vivos cuando amaneció. Ciertamente lo que querían los de Xibalbá era que murieran; pero no fue así, sino que cuando amaneció estaban llenos de salud, y salieron de nuevo cuando los fueron a buscar los mensajeros.

     — ¿Cómo es eso? ¿No han muerto todavía? —exclamó el Señor de Xibalbá. Admirábanse de ver las obras de Hunahpú e Ixbalanqué.

     En seguida entraron en la Casa de los Tigres. La casa estaba llena de tigres. — ¡No nos mordáis! Aquí está lo que os pertenece —les dijeron a los tigres. Y en seguida les arrojaron unos huesos a los animales. Y éstos se precipitaron sobre los huesos.

     — ¡Ahora sí se acabaron! Ya les comieron las entrañas. Al fin se han entregado. Ahora les están triturando los huesos —así decían los guardas, alegres todos por este motivo.

     Pero no murieron. Igualmente, salieron de la Casa de los Tigres buenos y sanos.

     — ¿De qué raza son éstos? ¿De dónde han venido? —se maravillaban todos los de Xibalbá.

     Luego entraron en medio del fuego a una Casa de Fuego, donde solo fuego había, pero no se quemaron. Solo ardían las brasas y la leña. Y asimismo estaban sanos cuando amaneció. Pero lo que querían los de Xibalbá era que murieran allí dentro, donde habían pasado. Sin embargo, no sucedió así, con lo cual se descorazonaron los de Xibalbá.

     Pusiéronlos entonces en la Casa de los Murciélagos. No había más que murciélagos dentro de esta casa, la casa de Camazotz, un gran animal cuyos instrumentos de matar eran como una punta seca; y al instante perecían los que llegaban a su presencia.
     Estaban, pues, allí dentro, pero durmieron dentro de sus cerbatanas. Y no fueron mordidos por los que estaban en la casa. Sin embargo, uno de ellos tuvo que rendirse a causa de otro Camazotz que vino del cielo y por el cual tuvo que hacer su aparición.
     Estuvieron apiñados y en consejo toda la noche los murciélagos y revoloteando: Quilitz, quüitz, decían; así estuvieron diciendo toda la noche. Pararon un poco, sin embargo, y ya no se movieron los murciélagos y se estuvieron pegados a la punta de una de las cerbatanas.
     Dijo entonces Ixbalanqué a Hunahpú:

     — ¿Comenzará ya a amanecer? —mira tú.
     —Tal vez sí, voy a ver —contestó éste.

    Y como tenía muchas ganas de ver afuera de la boca de la cerbatana, y quería ver si había amanecido, al instante le cortó la cabeza Camazotz y el cuerpo de Hunahpú quedó decapitado.
    Nuevamente preguntó Ixbalanqué:

     — ¿No ha amanecido todavía?

      Pero Hunahpú no se movía.

     — ¿A dónde se ha ido Hunahpú? ¿Qué es lo que has hecho? —Pero no se movía, y permanecía callado.

     Entonces se sintió avergonzado Ixbalanqué y exclamó:

    — ¡Desgraciados de nosotros! Estamos completamente vencidos.

     Fueron en seguida a colgar la cabeza sobre el juego de pelota por orden expresa de Hun-Camé y Vucub-Camé, y todos los de Xibalbá se regocijaron por lo que había sucedido a la cabeza de Hunahpú.
   En seguida llamó Ixbalanqué a todos los animales, al pizote, al jabalí, a todos los animales pequeños y grandes, durante la noche, y a la madrugada les preguntó cuál era su comida.

    — ¿Cuál es la comida de cada uno de vosotros?, pues yo os he llamado para que escojáis vuestra comida —les dijo Ixbalanqué.
     —Muy bien —contestaron.

    Y en seguida se fueron a tomar cada uno lo suyo, y se marcharon todos juntos. Unos fueron a tomar las cosas podridas; otros fueron a coger hierbas; otros fueron a recoger piedras. Otros fueron a recoger tierra. Variadas eran las comidas de los animales pequeños y de los animales grandes.
     Detrás de ellos se había quedado la tortuga, la cual llegó contoneándose a tomar su comida. Y llegando al extremo del cuerpo tomó la forma de la cabeza de Hunahpú, y al instante le fueron labrados los ojos.
    Muchos sabios vinieron entonces del cielo. El Corazón del Cielo, Huracán, vinieron a cernerse sobre la Casa de los Murciélagos.
    Y no fue fácil acabar de hacerle la cara, pero salió muy buena; la cabellera también tenía una hermosa apariencia, y así mismo pudo hablar. Pero como ya quería amanecer y el horizonte se teñía de rojo:

    — ¡Oscurece de nuevo, viejo! —le fue dicho al zopilote.
   —Está bien —contestó el viejo, y al instante oscureció el viejo. “Ya oscureció el zopilote” —dice ahora la gente.

     Y así, durante la frescura del amanecer, comenzó su existencia.

    — ¿Estará bien? —dijeron— ¿Saldrá parecido a Hunahpú?
    — Está muy bien —contestaron los animales.

     Y efectivamente, parecía de hueso la cabeza, se había transformado en una cabeza verdadera. Luego hablaron entre sí y se pusieron de acuerdo:

     —No juegues tú a la pelota; haz únicamente como que juegas; yo solo lo haré todo —le dijo Ixbalanqué.

     En seguida le dio sus órdenes a un conejo:

    —Anda a colocarte sobre el juego de pelota; quédate allí entre el encinal —le fue dicho al conejo por Ixbalanqué —cuando te llegue la pelota sal corriendo inmediatamente, y yo haré lo demás —le fue dicho al conejo cuando se le dieron estas instrucciones durante la noche.

     En seguida amaneció y los dos muchachos estaban buenos y sanos. Luego bajaron a jugar a la pelota. La cabeza de Hunahpú estaba colgada sobre el juego de pelota.

  — ¡Hemos triunfado! ¡Habéis labrado vuestra propia ruina; os habéis entregado! —les gritaban burlonamente. De esta manera intentaban provocar a Hunahpú.
    —Pégale a la cabeza con la pelota —le gritaban con maldad. Pero no lo molestaban con esto, él no se daba por entendido.

    Luego arrojaron la pelota los Señores de Xibalbá. Ixbalanqué le salió al encuentro; la pelota iba derecho al anillo, pero se detuvo, rebotando, pasó rápidamente por encima del juego de pelota y de un salto se dirigió hasta el encinal.   
     El conejo salió al instante y se fue saltando; y los de Xibalbá corrían persiguiéndolo. Iban haciendo ruido y gritando tras el conejo. Acabaron por irse todos los de Xibalbá.
     En seguida se apoderó Ixbalanqué de la cabeza de Hunahpú; se llevó de nuevo la tortuga y fue a colocarla sobre el juego de pelota. Y aquella cabeza parecía verdaderamente la cabeza de Hunahpú y los dos muchachos se pusieron muy contentos.
     Corrieron, pues, los de Xibalbá a buscar la pelota y habiéndola encontrado entre las encinas, los llamaron, diciendo:

     —Venid acá. Aquí está la pelota, nosotros la encontramos —dijeron, y la tenían colgando.

     Cuando regresaron los de Xibalbá exclamaron:

     — ¿Qué es lo que vemos?

     Luego, comenzaron nuevamente a jugar. Tantos iguales hicieron por ambas partes. En seguida, Ixbalanqué le lanzó una piedra a la tortuga; ésta se vino al suelo y cayó en el patio del juego de pelota hecha mil pedazos como pepitas, delante de los Señores.

     — ¿Quién de vosotros irá a buscarla? ¿Dónde está el que irá a traerla? —dijeron los de Xibalbá.

    Y así fueron vencidos los Señores de Xibalbá por Hunahpú e Ixbalanqué. Grandes trabajos pasaron éstos, pero no murieron, a pesar de todo lo que les hicieron.    

Derrota y ascenso

   Habiendo sido prevenidos de todos los sufrimientos que les querían imponer, no murieron de los tormentos de Xibalbá, ni fueron vencidos por todos los animales feroces que había en Xibalbá.
Mandaron llamar después los vencedores a dos adivinos, Xulú y Pacam, que eran sabios, como profetas, y les dijeron:

  —Se os preguntará por los Señores de Xibalbá acerca de nuestra muerte, que están concertando y preparando por el hecho de que no hemos muerto, ni nos han podido vencer, ni hemos perecido en sus tormentos, ni nos han atacado los animales. Tenemos el presentimiento en nuestro corazón de que usarán la hoguera para darnos muerte. Todos los de Xibalbá se han reunido, pero la verdad es que no moriremos. He aquí, pues, nuestras instrucciones sobre lo que debéis decir. Si os vinieren a consultar acerca de nuestra muerte y que seamos sacrificados, ¿qué diréis entonces vosotros, Xulú y Pacam? Si os dijeren: “¿No será bueno arrojar sus huesos en el barranco?” “¡No conviene —diréis— porque resucitarán después!” Si os dijeren: “¿No será bueno que los colguemos de los árboles?”, contestaréis: “De ninguna manera conviene, porque entonces también les volveréis a ver las caras”. Y cuando por tercera vez os digan: “¿Será bueno que arrojemos sus huesos al río?”; si así os fuere dicho por ellos: “Así conviene que mueran —diréis—; luego conviene moler sus huesos en la piedra, como se muele la harina de maíz; que cada uno sea molido por separado; en seguida arrojados al río, allí donde brota la fuente, para que se vayan por todos los cerros pequeños y grandes”.
   Así les responderéis cuando pongáis en práctica el plan que os hemos aconsejado —dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

   Y cuando se despidieron de ellos, ya tenían conocimiento de su muerte. Hicieron entonces una gran hoguera, una especie de horno hicieron los de Xibalbá y lo llenaron de ramas gruesas. Luego llegaron los mensajeros que habían de acompañarlos, los mensajeros de Hun-Camé y de Vucub-Camé.

   — ¡Que vengan! Id a buscar a los muchachos, id allá para que sepan que los vamos a quemar. Esto dijeron los Señores —exclamaron los mensajeros.
   —Está bien —contestaron. Y poniéndose rápidamente en camino, llegaron junto a la hoguera. Allí quisieron obligarlos a divertirse con ellos.
   — ¡Tomemos nuestra chicha y volemos cuatro veces cada uno encima de la hoguera, muchachos! —les fue dicho por Hun-Camé.
  —No tratéis de engañarnos —contestaron secamente—. ¿Acaso no tenemos conocimiento de nuestra muerte, ¡oh Señores!, y de que eso es lo que aquí nos espera?

    Y juntándose frente a frente, extendieron ambos los brazos, se inclinaron hacia el suelo y se precipitaron en la hoguera, y así murieron los dos juntos.

     Todos los de Xibalbá se llenaron de alegría y dando muchas voces y silbidos, exclamaban:

    — ¡Ahora sí los hemos vencido! ¡Por fin se han entregado!

   En seguida llamaron a Xulú y Pacam, a quienes los muchachos habían dejado advertidos, y les preguntaron qué debían hacer con sus huesos, tal como ellos les habían pronosticado. Los de Xibalbá molieron entonces sus huesos y fueron a arrojarlos al río. Pero éstos no fueron muy lejos, pues asentándose al punto en el fondo del agua, se convirtieron en hermosos muchachos. Y cuando de nuevo se manifestaron, tenían en verdad sus mismas caras.

   Al quinto día volvieron a aparecer y fueron vistos en el agua por la gente. Tenían ambos la apariencia de hombres —peces cuando los vieron los de Xibalbá, después de buscarlos por todo el río.
   Y al día siguiente se presentaron dos pobres de rostro avejentado y aspecto miserable, vestidos de harapos y cuya apariencia no los recomendaba. Así fueron vistos por los de Xibalbá.
   Y era poca cosa lo que hacían. Solamente se ocupaban en bailar el baile del Puhuy (lechuza o chotacabras), el baile del Cux (comadreja) y el del Iboy (armadillo), y bailaban también el Ixtzul (ciempiés) y el Chitic (el que anda sobre zancos).
   Además, obraban muchos prodigios. Quemaban las casas como si de veras ardieran y al punto las volvían a su estado anterior. Muchos de los de Xibalbá los contemplaban con admiración.

   Luego se despedazaban a sí mismos; se mataban el uno al otro; tendíase como muerto el primero a quien habían matado, y al instante lo resucitaba el otro. Los de Xibalbá miraban con asombro todo lo que hacían, y ellos lo ejecutaban como el principio de su triunfo sobre los de Xibalbá.
  Llegó en seguida la noticia de sus bailes a oídos de los Señores Hun-Camé y Vucub-Camé. Al oírla exclamaron:

   — ¿Quiénes son esos dos huérfanos? ¿Realmente os causan tanto placer?
   — Ciertamente son muy hermosos sus bailes y todo lo que hacen —contestó el que había llevado la noticia a los Señores.

    Contentos de oír esto, enviaron entonces a sus mensajeros a que los llamaran con halagos.

   —Que vengan acá, que vengan para que veamos lo que hacen, que los admiremos y nos maravillen. Esto dicen los Señores”. Así les diréis a ellos —les fue dicho a los mensajeros.

    Llegaron éstos en seguida ante los bailarines y les comunicaron la orden de los Señores.

   —No queremos -contestaron- porque francamente nos da vergüenza. ¿Cómo no nos ha de dar vergüenza presentarnos en la casa de los Señores con nuestra mala catadura, nuestros ojos tan grandes y nuestra pobre apariencia? ¿No estáis viendo que no somos más que unos pobres bailarines? ¿Qué les diremos a nuestros compañeros de pobreza que han venido con nosotros y desean ver nuestros bailes y divertirse con ellos? ¿Por ventura podríamos hacer lo mismo con los Señores? Así, pues, no queremos ir, mensajeros —dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

   Con el rostro abrumado de contrariedad y de pena se fueron al fin; pero por algún tiempo no querían caminar y los mensajeros tuvieron que pegarles varias veces en la cara cuando se dirigían a la residencia de los Señores.
  Llegaron, pues, ante los Señores, con aire encogido e inclinando la frente; llegaron prosternándose, haciendo reverencias y humillándose. Se veían extenuados, andrajosos, y su aspecto era realmente de vagabundos cuando llegaron.
   Les preguntaron, en seguida, por su patria y por su pueblo; les preguntaron también por su madre y su padre.

   — ¿De dónde venís? —les dijeron.
  —No lo sabemos, señor. No conocemos la cara de nuestra madre ni la de nuestro padre: éramos pequeños cuando murieron —contestaron, y no dijeron una palabra más.
  —Está bien. Ahora haced vuestros juegos para que os admiremos. ¿Qué deseáis? Os daremos vuestra recompensa —les dijeron.
   —No queremos nada; pero verdaderamente tenemos mucho miedo —le dijeron al Señor.
   —No os aflijáis, no tengáis miedo. ¡Bailad! Y haced primero la parte en que os matáis; quemad mi casa, haced todo lo que sabéis. Nosotros os admiraremos, pues eso es lo que desean nuestros corazones. Y para que os vayáis después, pobres gentes, os daremos vuestra recompensa —les dijeron.

   Entonces dieron principio a sus cantos y a sus bailes. Todos los de Xibalbá llegaron y se juntaron para verlos. Luego representaron el baile de Cux, bailaron el Puhuy y bailaron el Iboy.

    Y les dijo el Señor:

   —Despedazad a mi perro y que sea resucitado por vosotros —pidió.
   —Está bien —contestaron, y despedazaron al perro.

    En seguida lo resucitaron. Verdaderamente lleno de alegría estaba el perro cuando fue resucitado, y movía la cola cuando lo revivieron.
    El Señor les dijo entonces:

    — ¡Quemad ahora mi casa!

    Así les dijo. Al momento quemaron la casa del Señor, y aunque estaban juntos todos los Señores dentro de la casa, no se quemaron. Pronto volvió a quedar buena y ni un instante estuvo perdida la casa de Hun-Camé.
Maravillándose todos los Señores y asimismo sus bailes les causaban mucho placer. Luego les fue dicho por el Señor:

    —Matad ahora a un hombre, sacrificadlo, pero que no muera —dijeron.
  —Muy bien —contestaron. Y cogiendo a un hombre, lo sacrificaron en seguida, y levantando en alto el corazón de este hombre, lo suspendieron a la vista de los Señores.
     Maravilláronse de nuevo Hun-Camé y Vucub-Camé.
   Un instante después fue resucitado el hombre por los muchachos y su corazón se alegró grandemente cuando fue resucitado.
    Los Señores estaban asombrados.
 — ¡Sacrificaos ahora a vosotros mismos, que lo veamos nosotros! ¡Nuestros corazones desean verdaderamente vuestros bailes! —insistían los Señores.
  — Muy bien, Señor —contestaron. Y a continuación se sacrificaron. Hunahpú fue sacrificado por Ixbalanqué; uno por uno fueron cercenados sus brazos y sus piernas, fue separada su cabeza y llevada a distancia, su corazón arrancado del pecho y arrojado sobre la hierba. Todos los Señores de Xibalbá estaban fascinados.
    Miraban con admiración, y sólo uno estaba bailando, que era Ixbalanqué.

    —Levántate —dijo éste. Y al punto, volvió a la vida.

   Alegráronse mucho los jóvenes y los Señores se alegraron también. En verdad, lo que hacían alegraba el corazón de Hun-Camé y Vucub-Camé y éstos sentían como si ellos mismos estuvieran bailando. Sus corazones se llenaron en seguida de deseo y ansiedad por los bailes de Hunahpú e Ixbalanqué.
    Dieron finalmente sus órdenes Hun-Camé y Vucub-Camé.

   — ¡Haced lo mismo con nosotros! ¡Sacrificadnos! —dijeron— ¡Despedazados uno por uno! —les dijeron Hun-Camé y Vucub-Camé a Hunahpú e Ixbalanqué.
   —Está bien; después resucitaréis. ¿Acaso no nos habéis traído para que os divirtamos a vosotros, los Señores, y a vuestros hijos y vasallos? —les respondieron a los Señores.

    Y he aquí que primero sacrificaron al que era su jefe y Señor, el llamado Hun-Camé, rey de Xibalbá.
    Y muerto Hun-Camé, se apoderaron de Vucub-Camé. Pero no los resucitaron.

   Los de Xibalbá se pusieron en fuga al ver a los Señores muertos y sacrificados. En un instante fueron sacrificados los dos. Y esto se hizo para castigarlos. Rápidamente fue muerto el Señor Principal. Y no lo resucitaron.
   Y un Señor se humilló entonces, presentándose ante los bailarines. No lo habían descubierto, ni lo habían encontrado.

    – ¡Tened piedad de mí! —dijo cuando se dio a conocer.

    Huyeron todos los hijos y vasallos de Xibalbá a un gran barranco, y se metieron todos en un hondo precipicio. Allí estaban amontonados cuando llegaron innumerables hormigas que los descubrieron y los desalojaron del barranco. De esta manera los sacaron al camino y cuando llegaron se prosternaron y se entregaron todos, se humillaron y llegaron afligidos.
    Así fueron vencidos los Señores de Xibalbá. Solo por un prodigio y por su transformación pudieron hacerlo.

      En seguida dijeron sus nombres y se ensalzaron a sí mismos ante todos los de Xibalbá.

    —Oíd nuestros nombres. Os diremos también los nombres de nuestros padres. Nosotros somos Hunahpú e Ixbalanqué, éstos son nuestros nombres. Y nuestros padres son aquellos que matasteis y que se llamaban Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú. Nosotros, los que aquí veis, somos, pues, los vengadores de los dolores y sufrimientos de nuestros padres. Por eso nosotros sufrimos todos los males que les hicisteis. En consecuencia, os acabaremos a todos vosotros, os daremos muerte y ninguno escapará —les anunciaron.

    Al instante, cayeron de rodillas todos los de Xibalbá.

   — ¡Tened misericordia de nosotros, Hunahpú e Ixbalanqué! Es cierto que traicionamos a vuestros padres que decís y que están enterrados en Pucbal-Chah —dijeron.
   —Está bien. Esta es nuestra sentencia, la que os vamos a comunicar. Oídla todos vosotros los de Xibalbá: Puesto que ya no existe vuestro gran poder ni vuestra estirpe, y tampoco merecéis misericordia, será rebajada la condición de vuestra sangre. No será para vosotros el juego de pelota. Solamente os ocuparéis de hacer cacharros, apastes y piedras de moler maíz. Solo los hijos de las malezas y del desierto hablarán con vosotros. Los hijos esclarecidos, los vasallos civilizados no os pertenecerán y se alejarán de vuestra presencia. Los pecadores, los malos, los tristes, los desventurados, los que se entregan al vicio, ésos son los que os acogerán. Ya no os apoderaréis repentinamente de los hombres, y tened presente la humildad de vuestra sangre.

    Así les dijeron a todos los de Xibalbá.
  De esta manera comenzó su destrucción y comenzaron sus lamentos. No era mucho su poder antiguamente. Sólo les gustaba hacer el mal a los hombres en aquel tiempo. En verdad no tenían antaño la condición de dioses. Además, sus caras horribles causaban espanto.
    Eran los Enemigos, los Búhos. Incitaban al mal, al pecado y a la discordia. Eran también falsos de corazón, negros y blancos a la vez, envidiosos y tiranos, según contaban. Además, se pintaban y untaban la cara.
   Así fue, pues, la pérdida de su grandeza y la decadencia de su imperio.
   Y esto fue lo que hicieron Hunahpú e Ixbalanqué.

    Mientras tanto la abuela lloraba y se lamentaba frente a las cañas que ellos habían dejado sembradas.
   Las cañas retoñaron, luego se secaron cuando los quemaron en la hoguera; después retoñaron otra vez. Entonces la abuela encendió el fuego y quemó copal ante las cañas en memoria de sus nietos. Y el corazón de su abuela se llenó de alegría cuando por segunda vez retoñaron las cañas. Entonces fueron adoradas por la abuela y ésta las llamó el Centro de la Casa, Nicah (el centro) se llamaron.
    Cañas vivas en la tierra llana Cazam Ah Chatam Uleu fue su nombre. Y fueron llamadas el Centro de la Casa y el Centro, porque en medio de su casa sembraron ellos las cañas. Y se llamó Tierra Allanada, Cañas Vivas en la Tierra Llana, a las cañas que sembraron. Y también las llamó Cañas Vivas porque retoñaron. Este nombre les fue dado por Ixmucané a las que dejaron sembradas Hunahpú e Ixbalanqué para que fueran recordados por su abuela.
    Ahora bien, sus padres, los que murieron antiguamente, fueron Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú. Ellos vieron también las caras de sus padres allá en Xibalbá y sus padres hablaron con sus descendientes, los que vencieron a los de Xibalbá.
    Y he aquí cómo fueron honrados sus padres por ellos. Honraron a Vucub-Hunahpú; fueron a honrarlo al Sacrificadero del juego de pelota. Y asimismo quisieron hacerle la cara. Buscaron allí todo su ser, la boca, la nariz, los ojos. Encontraron su cuerpo, pero muy poco pudieron hacer. No pronunció su nombre el Hunahpú. Ni pudo decirlo su boca.
   Y he aquí cómo ensalzaron la memoria de sus padres, a quienes habían dejado y dejaron allá en el Sacrificadero del juego de pelota: “Vosotros seréis invocados” —les dijeron sus hijos, cuando se fortaleció su corazón— “Seréis los primeros en levantaros y seréis adorados los primeros por los hijos esclarecidos, por los vasallos civilizados. Vuestros nombres no se perderán. ¡Así será!” —dijeron a sus padres y se consoló su corazón—. Nosotros somos los vengadores de vuestra muerte, de las penas y dolores que os causaron”. Así fue su despedida, cuando ya habían vencido a todos los de Xibalbá.

     Luego subieron en medio de la luz y al instante se elevaron al cielo. Al uno le tocó el sol y al otro la luna.
Entonces se iluminó la bóveda del cielo y la faz de la tierra. Y ellos moran en el cielo.
Entonces subieron también los cuatrocientos muchachos a quienes mató Zipacná, y así se volvieron compañeros de aquéllos y se convirtieron en estrellas del cielo.

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