Cuarta lectura: El tercer viaje de Simbad el marino

       “Sabed, ¡oh mis amigos! -¡Pero Alah sabe las cosas mejor que la criatura!- que con la deliciosa vida de que yo disfrutaba desde el regreso de mi segundo viaje, acabé por perder completamente, entre las riquezas y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los peligros que corrí, aburriéndome a la postre de la inacción monótona de mi existencia en Bagdad. Así es que mi alma deseó con ardor la mudanza y el espectáculo de las cosas de viaje. Y la misma afición al comercio, con su ganancia y su provecho, me tentó otra vez. En el fondo, siempre la ambición es causa de nuestras desdichas. En breve habría yo comprobarlo del modo más espantoso.
       Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después de proveerme de ricas mercancías del país, partí de Bagdad para Bassra. Allí me esperaba un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, todos gente de bien, honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle a uno, por lo que se podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es que no dudé en embarcarme en su compañía dentro de aquel navío; y no bien me encontré a bordo, nos hicimos a la vela con la bendición de Alah para nosotros y para nuestra travesía.
       Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra navegación. En todos los lugares que abordábamos hacíamos negocios excelentes, a la vez que nos paseábamos e instruíamos con todas las cosas nuevas que veíamos sin cesar. Y nada, verdaderamente, faltaba a nuestra dicha, y nos hallábamos en el límite del desahogo y la opulencia.
      Un día entre los días, estábamos en alta mar, muy lejos de los países musulmanes cuando de pronto vimos que el capitán del navío se golpeaba con fuerza el rostro, se mesaba los pelos de la barba, desgarraba sus vestiduras y tiraba al suelo su turbante, después de examinar durante largo tiempo el horizonte. Luego empezó a lamentarse; a gemir y a lanzar gritos de desesperación.
Al verlo, rodeamos todos al capitán, y le dijimos: “¿Qué pasa, ¡oh capitán!?” Contestó: “Sabed, ¡oh pasajeros de paz! que estamos a merced del viento contrario, y habiéndonos desviado de nuestra ruta, nos hemos lanzado a este mar siniestro. Y para colmar nuestra mala suerte, el Destino hace que toquemos en esa isla que veis delante de vosotros, y de la cual jamás pudo salir con vida nadie que arribara a ella. ¡Esa isla es la Isla de los Monos! ¡Me da el corazón que estamos perdidos sin remedio!
     Todavía no había acabado de explicarse el capitán, cuando vimos que rodeaba al navío una multitud de seres velludos cual monos, y más innumerables que una nube de langostas, en tanto que desde la playa de la isla otros monos, en cantidad incalculable, lanzaba chillidos que nos helaron de estupor. Y no osamos maltratar, atacar, ni siquiera espantar a ninguno de ellos, por miedo a que se abalanzaran todos sobre nosotros y nos matasen hasta el último, vista su superioridad numérica; porque no cabe duda de que la certidumbre de esta superioridad numérica aumenta el valor de quienes la poseen. No quisimos, pues, hacer ningún movimiento, aunque por todos lados nos invadían, aquellos monos, que empezaban a apoderarse ya de cuanto nos pertenecía. Eran muy feos. Eran incluso más feos que las cosas más feas que he visto hasta este día de mi vida. ¡Eran peludos y velludos con ojos amarillos en sus caras negras; tenían poquísima estatura, apenas cuatro palmos y sus muecas y sus gritos, resultaban más horribles que cuanto a tal respecto pudiera imaginarse! Por lo que afecta a su lenguaje, en vano nos hablaban y nos insultaban chocando las mandíbulas, ya que no lográbamos comprenderles, a pesar de la atención que a tal fin poníamos. No tardamos por desgracia, en verlos ejecutar el más funesto de los proyectos. Treparon por los palos, desplegaron las velas, cortaron con los dientes todas las amarras y acabaron por apoderarse del timón. Entonces, impulsado por el viento, marchó el navío contra la costa, donde encalló. Y los monos apoderáronse de todos nosotros, nos hicieron desembarcar sucesivamente, nos dejaron en la playa, y sin ocuparse más de nosotros para nada, embarcaron de nuevo en el navío, al cual consiguieron poner a flote, y desaparecieron todos con él a lo lejos del mar.
      Entonces, en el límite de la perplejidad, juzgamos inútil permanecer de tal modo en la playa contemplando el mar, y avanzamos por la isla, donde al fin descubrimos algunos árboles frutales y agua corriente, lo que nos permitió reponer un tanto nuestras fuerzas a fin de retardar lo más posible una muerte que todos creíamos segura.
      Mientras seguíamos en aquel estado, nos pareció ver entre los árboles un edificio muy grande que se diría abandonado. Sentimos la tentación de acercarnos a él, y, cuando llegamos a alcanzarlo, advertimos que era un palacio de mucha altura, cuadrado, rodeado por sólidas murallas y que tenía una gran puerta de ébano de dos hojas. Como esta puerta estaba abierta y ningún portero la guardaba, la franqueamos y penetramos en seguida en una inmensa sala tan grande como un patio. Tenía por todo mobiliario la tal sala enormes utensilios, de cocina y asadores de una longitud desmesurada; el suelo, por toda alfombra montones de huesos, ya calcinados unos, otros sin quemar aún. Dentro reinaba un olor que perturbó en extremo nuestro olfato. Pero como estábamos extenuados de fatigo y miedo, nos dejamos caer cuan largos éramos y nos dormimos profundamente.
       Ya se había puesto el sol, cuando nos sobresaltó un ruido estruendoso, despertándonos de repente; y vimos descender ante nosotros desde el techo a un ser negro con rostro humano, tan alto como una palmera, y cuyo aspecto era más horrible que el de todos los monos reunidos. Tenía los ojos rojos como dos tizones inflamados los dientes largos y salientes como los colmillos de un cerdo, una boca enorme, tan grande como el brocal de un pozo, labios que le colgaban sobre el pecho, orejas movibles como las del elefante y que le cubrían los hombros, y uñas ganchudas cual las garras del león.
       A su vista, nos llenamos de terror, y después nos quedamos rígidos como muertos. Pero él fue a sentarse en un banco alto adosado a la pared, y desde allí comenzó a examinarnos en silencio y con toda atención uno a uno. Después, se adelantó hacia nosotros, fue derecho a mí, prefiriéndome a los demás mercaderes, tendió la mano y me cogió de la nuca. Me dio vueltas y vueltas en todas direcciones, palpándome como palparía un carnicero cualquier cabeza de carnero. Pero sin duda no debió encontrarme de su gusto, liquidado por el terror como yo estaba y con la grasa de mi piel disuelta por las fatigas del viaje y la pena. Entonces me dejó, echándome a rodar por el suelo, y se apoderó de mi vecino más próximo y lo manoseó, como me había manoseado a mí, para rechazarle luego y apoderarse del siguiente. De este modo fue cogiendo uno tras de otro a todos los mercaderes, y le tocó ser el último en el turno al capitán del navío. 

       Aconteció que el capitán era un hombre gordo y lleno de carne, y naturalmente, era el más robusto y sólido de todos los hombres del navío. Así es que el espantoso gigante no dudó en fijarse en él al elegir: le cogió entre sus manos cual un carnicero cogería un cordero, le derribó en tierra, le puso un pie en el cuello y le desnucó con un solo golpe. Empuñó entonces uno de los inmensos asadores en cuestión y se lo introdujo por la boca. Entonces encendió mucha leña en el hogar que había en la sala, puso entre las llamas al capitán ensartado, y comenzó a darle vueltas lentamente hasta que estuvo en sazón. Le retiró del fuego entonces y empezó a trincharle en pedazos, como si se tratara de un pollo, sirviéndose para el caso de sus uñas. Hecho aquello le devoró en un abrir y cerrar de ojos. Tras de lo cual chupó los huesos, vaciándolos de la médula, y los arrojó en medio del montón que se alzaba en la sala.
      Concluida esta comida, el espantoso gigante fue a tenderse en el banco para digerir, y no tardó en dormirse, roncando exactamente igual que un búfalo a quien se degollara o como un asno a quien se incitara a rebuznar. Y así permaneció dormido hasta por la mañana. Le vimos entonces levantarse y alejarse como había llegado, mientras permanecemos inmóviles de espanto.
Cuando tuvimos la certeza de que había desaparecido, salimos del silencio que guardamos toda la noche, y nos comunicamos mutuamente nuestras reflexiones y empezamos a sollozar y gemir pensando en la suerte que nos esperaba.
       Y con tristeza nos decíamos: “Mejor hubiera sido perecer en el mar ahogados o comidos por los monos, que ser asados en las brasas. ¡Por Alah, que se trata de una muerte destestable! Pero ¿qué hacer? ¡Ha de ocurrir lo que Alah disponga! ¡No hay recurso más que confiar en Alah el Todopoderoso!” Abandonamos entonces aquella casa y vagamos por toda la isla en busca de algún escondrijo donde resguardarnos; pero fue en vano, porque la isla era llana y no había en ella cavernas ni nada que nos permitiese sustraernos a la persecución. Así es que, como caía la tarde, nos pareció más prudente volver al palacio.

      Pero, apenas llegamos hizo su aparición en medio del ruido atronador el horrible hombre negro, y después del palpamiento y el manoseo, se apoderó de uno de mis compañeros mercaderes, ensartándole en seguida, asándolo y haciéndole pasar a su vientre, para tenderse luego en el banco y roncar hasta la mañana como un bruto degollado. Despertóse entonces y se desperezó, gruñendo ferozmente, y se marchó sin ocuparse de nosotros y cual si no nos viera.

       Cuando partió, como habíamos tenido tiempo de reflexionar sobre nuestra triste situación, exclamamos todos a la vez: “Vamos a tirarnos al mar para morir ahogados, mejor que perecer asados y devorados. ¡Porque debe ser una muerte terrible!” Al ir a ejecutar este proyecto, se levantó uno de nosotros y dijo: “¡Escuchadme compañeros! ¿No creéis que vale quizá más matar al hombre negro antes de que nos extermine?”  sería preciso antes comenzar por utilizar los trozos de madera de que esta cubierta la playa, con objeto de construimos una balsa en la cual podamos huir de esta isla maldita después de librar a la Creación de tan bárbaro comedor de musulmanes! ¡Bordearemos entonces cualquier isla donde esperaremos la clemencia del Destino, que nos enviará algún navío para regresar a nuestro país! De todos modos, aunque naufrague la balsa y nos ahoguemos, habremos evitado que nos asen y no habremos cometido la mala acción de matarnos voluntariamente. ¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá en cuenta el día de la Retribución!” Entonces exclamaron los mercaderes: “¡Por Alah! ¡Es una idea excelente y una acción razonable!”
       Al momento nos dirigimos a la playa y construimos la balsa en cuestión, en la cual tuvimos cuidado de poner algunas provisiones, tales como frutas y hierbas comestibles; luego volvimos al palacio para esperar, temblando, la llegada del hombre negro.
       Llegó precedido de un ruido atronador, y creíamos ver entrar a un enorme perro rabioso. Todavía tuvimos necesidad de presenciar sin un murmullo cómo ensartaba y asaba a uno de nuestros compañeros, a quien escogió por su grasa y buen aspecto, tras del palpamiento y manoseo. Pero cuando el espantoso bruto se durmió y comenzó a roncar de un modo estrepitoso, pensamos en aprovecharnos de su sueño con objeto de hacerle inofensivo para siempre.
       Cogimos a tal fin dos de los inmensos asadores de hierro, y los calentamos al fuego hasta que estuvieron al rojo blanco; luego los empuñamos fuertemente por el extremo frío, y como eran muy pesados, llevamos, entre varios cada uno. Nos acercamos a él quedamente, y entre todos hundimos a la vez ambos asadores en ambos ojos del horrible hombre negro que dormía, y apretamos con todas nuestras fuerzas para que los cegase en absoluto.

       Debió sentir seguramente un dolor extremado, porque el grito que lanzó fue tan espantoso, que al oírlo rodamos por el suelo a una distancia respetable. Y saltó él a ciegas, y aullando y corriendo en todos sentidos, intentó coger a alguno de nosotros. Pero habíamos tenido tiempo de evitarlo y tirarnos al suelo de bruces a su derecha y a su izquierda, de manera que a cada vez sólo se encontraba con el vacío. Así es que, que no podía realizar su propósito, acabó por dirigirse a tientas a la puerta y salió dando gritos espantosos.
Entonces, convencidos de que el gigante ciego moriría por fin en su suplicio, comenzamos a tranquilizarnos, y nos dirigimos al mar con paso lento. Arreglamos un poco mejor la balsa, nos embarcamos en ella, la desamarramos de la orilla, y ya íbamos a remar para alejamos, cuando vimos al horrible gigante ciego que llegaba corriendo, guiado por una hembra gigante todavía más horrible y antipática que él. Llegados que fueron a la playa, lanzaron gritos amedrentadores al ver que nos alejamos, después cada uno de ellos comenzó a apedreamos, arrojando a la balsa trozos de peñasco. Por aquel procedimiento consiguieron alcanzarnos con sus proyectiles y ahogar a todos mis compañeros, excepto dos. En cuanto a los tres que salimos con vida, pudimos al fin alejamos y ponemos fuera del alcance de los peñascos que lanzaban.

Actividades

39. Leé o escuchá la “Quinta lectura: el tercer viaje de Simbad el marino”
40. ¿Qué elementos de la cuarta lectura se pueden encontrar en la quinta lectura?
41. ¿Cómo es el personaje que devora a los tripulantes en comparación con el Polifemo de la novela ilustrada?
42. ¿Cuáles son los hábitos sociales del gigante en relación con los del resto de las personas? 

43. ¿Qué rasgo mantienen respecto del mundo humano todos los cíclopes y personajes gigantes de los textos literarios?
44. Buscá en Internet, información relacionada con el término “Cilopía”. ¿Qué relación puede tener la explicación ofrecida allí con la explicación que ofrece la Primera lectura con respecto al origen de los cíclopes?
45. ¿Qué relación puede tener esto con el propósito de las cosmogonías o relatos cosmogónicos.
46. ¿Qué explicación ofrece la cultura moderna para los personajes cilópeos más modernos de las películas o historietas?
46. Realizá un cuadro comparativo en el que puedas expresar los argumentos que explican la existencia de cíclopes tanto en el mundo real como en el mundo literario o cinematográfico.

¿QUIÉN ES SIMBAD?

Simbad el Marino (también escrito Sindbad, en árabe, سندباد البحري Sindibad al-Bahri), es el nombre de un cuento tradicional árabe originario de Medio Oriente y el de su protagonista, un marinero de Bagdad que vive durante el Califato abasí, en el que se narran los viajes del mismo por el Océano Índico. Es un relato conocido en todo el mundo debido a Las mil y una noches, obra a la que no pertenecía en origen pero a la que se incorporó entre los siglos XVII y XVIII.

Las historias se basan en parte en experiencias reales de los marineros en todo el Océano Índico, en parte por la antigua poesía (incluyendo la Odisea de Homero y el Panchatantra de Visnú Sharma), y en parte en las colecciones indias y persas de mirabilia. Estas cuentan la fantástica aventura de Simbad durante sus viajes por todo el mar al este de África y el sur de Asia.

 

¿DÓNDE QUEDA EL OCÉANO ÍNDICO?

El océano Índico es la parte del océano mundial de la Tierra que baña las costas de África del Este, Oriente Medio, Asia del Sur y Australia. Es el tercer océano más grande por superficie y cubre aproximadamente el 20 % de la superficie del planeta. Delimita con el océano Atlántico por el meridiano 20º este (cabo de las Agujas), con el Pacífico por el meridiano 147º este y con el Antártico por el paralelo 60º sur. El punto más al norte del océano Índico está aproximadamente a 30º norte de latitud en el golfo Pérsico. El océano mide aproximadamente 10 000 km de ancho entre las puntas sur de África y Australia; su área es 68 556 000 km², incluyendo el mar Rojo y el golfo Pérsico. El volumen del océano se estima en 292 131 000 km³. Pequeñas islas salpican los bordes continentales.

 

EL CALIFATO ABASÍ 
(750-1259), llamado también califato abásida (o abasida), fue una dinastía califal fundada en 750 por Abu l-Abbás, descendiente de Abbás, tío de Mahoma, que se hizo con el poder tras eliminar a la dinastía omeya y trasladó la capital de Damasco a Bagdad. Esta se convirtió en uno de los principales centros de la civilización mundial durante el califato de Harún al-Rashid, personaje de Las mil y una noches.

 

¿A QUÉ SE LLAMA “PAÍSES MUSULMANES”?
Se llama así a todos aquellos países que tienen el Islam como religión mayoritaria. Son un grupo de países muy variados que van desde monarquías constitucionales como Marruecos y monarquías absolutistas como Arabia Saudita a repúblicas (democráticas y dictatoriales) como Turquía y Siria y regímenes teocráticos como Irán. Entre ellos existen países que tienen leyes de corte occidental inspiradas en el islam y países cuya única ley es la Sharia.
Incluye la mayoría de los países en los que se asentó el islam clásico durante la Edad Media y la Edad Moderna.

 

¿QUÉ SON LOS ADJETIVOS?
Son palabras que se usan para describir (alto, bajo) y caracterizar (triste, alegre). Son palabras que expresan cualidades (elegante, amorosa) y características (aromática, brillante).
Generalmente, se usan junto a un sustantivo. En este caso, describen al sustantivo:

hombre gordo
sustantivo + adjetivo

Para una descripción más detallada, los adjetivos pueden acumularse:
Hombre gordo, robusto y sólido
Los adjetivos tienen una característica fundamental: expresan género y número y suelen acomodarse al género y el número del sustantivo al que acompañan.
Tienen tres expresiones de género:

Masculino: gordo
Femenino: mucha
Ambigenérico: ingente

En general, se reconoce un adjetivo ambigenérico porque terminan en vocal “e” o en una consonante distinta de S.
Tienen dos expresiones de número:

Singular: gordo, mucha, ingente
Plural: gordos, muchas, gigantes

FORMACIÓN DE LOS ADJETIVOS:
Los adjetivos en español se crean así: primeramente, los adjetivos simples, formados por una sola palabra (gordo, mucha, gigante), los adjetivos complejos o derivados, que se forman con una palabra más un prefijo o sufijo (comidos – comer + idos) , finalmente, los adjetivos compuestos. Estos aparecen cuando dos palabras se unen para formar un nuevo adjetivo (Todopoderoso – todo + poderoso).
A veces, algunos adjetivos que son muy muy característicos, pasan a ocupar el lugar de los sustantivos, por ejemplo: “el ser gigante” se transforma en “el gigante”, por eso, muchas veces, encontraremos adjetivos funcionando como sustantivos.
El tercer procedimiento de formación se llama “parasíntesis” este procedimiento implica la fusión de los dos procedimientos anteriores (composición y derivación), por ejemplo:

Sietemesino
Siete + mes + in + o

Composición Derivación

En rigor, no puede sustraerse ninguno de los dos procedimientos y obtener una palabra aceptada en el español, pues mesino* y sietemes* no son palabras válidas en español.

 

ELEMENTOS DE LA COMPARACIÓN:
Verbos comparativos: parecerse en que, parecerse a, asemejarse, ser similar, parecer, igualarse, relacionarse con, ser igual que, ser distinto, ser diferente, distinguirse de, diferenciarse de, diferir de, caracterizarse por, oponerse a, contrastar con.
Conectores contrastivos: para mostrar una diferencia respecto de algo ya dicho en el discurso anteriormente o comparar ideas: No obstante (lo dicho), sin embargo, en oposición a, con todo, aun, aunque, aun cuando, contrariamente a, pero, si bien, en contraste con, empero, a pesar de, pese a (lo expuesto), en cambio, inversamente, al contrario.
Conectores modales: para mostrar la manera en que las ideas se relacionan: como, de modo similar, de manera similar, del mismo modo, de la misma manera, de igual modo, de igual manera, de diferente modo, de esta manera, inversamente.

 

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